Por Günter Krings
El Papa Benedicto XVI dio el año pasado un discurso impactante en el Bundestag, durante su visita a Alemania. Empezó relatando una historia preciosa del Antiguo Testamento, la del joven rey Salomón y su ascensión al trono. Dios le concedió un deseo, y Salomón no quiso bienestar, ni una vida longeva, tampoco la muerte para sus enemigos. Deseó conocimiento, poder juzgar a su pueblo con el corazón, y liderarlos con justicia.
Esta historia tal vez contenga las ideas fundamentales que asientan los cimientos de la política demócrata-cristiana en el siglo XXI. Primero, existe la idea de la humildad, el darse cuenta de que uno no sabe todo lo que se ha de saber sobre lo que es bueno para el otro –el rechazo de todas las ideologías con visiones rígidas sobre el mundo, ideologías que quisieran superponerse a la realidad. Además, la historia manifiesta un enfoque bastante pragmático, que ha sido siempre una de las características de las políticas de la Democracia Cristiana. Una práctica política que aspira a responder a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, y que debe ser capaz de adaptarse. Los políticos no deben conformarse con las respuestas que encontraron en el pasado, más bien deben reaccionar ante los nuevos problemas y encontrar nuevas soluciones. Esto es algo que estamos viendo ahora en la crisis del euro, donde las personas buscan orientación y esperan respuestas a sus legítimas preguntas.
A su vez, la práctica política de la Democracia Cristiana está esencialmente fundamentada en una visión cristiana de la humanidad, algo cada vez más importante en un tiempo en el que pocas áreas de la vida son capaces de resistir las fuertes presiones de los mercados económicos. Estoy seguro de que las políticas demócrata-cristianas aportan respuestas importantes ante el riesgo de que todo acabe determinado por las reglas económicas. Existen valores más allá de la economía. Y lo vemos en lo que se refiere a asuntos relacionados con la bioética, los derechos humanos, la política educativa, la protección de las celebraciones religiosas, o la familia, por mencionar solo unas pocas áreas.
Mantener el equilibrio entre libertad y responsabilidad es una parte esencial de lo que la “C” de Democracia Cristiana quiere significar. Todo individuo dentro del estado debe ser, en primera estancia, responsable de su propia vida. Y cada ciudadano debe tener garantizada la mayor libertad posible a la hora de ejercer esta responsabilidad. Una esfera privada que viene complementada por la familia, los amigos, o iniciativas privadas como clubs y asociaciones. El estado debe facilitar y promover estos esfuerzos. Pero además somos seres sociales, incapaces de sobrevivir aislados, y en términos concretos esto significa que la actividad emprendedora no debe estar encadenada con un exceso de normas, tasas o gravámenes. También significa que el objetivo de un estado cimentado en la asistencia social debe de estar al lado de aquellos que requieren su ayuda para lograr que recuperen su autonomía cuanto antes.
No podemos reducir la libertad a un mero concepto. Las condiciones sociales pueden significar a menudo que la libertad que en teoría existe, en la realidad no permita a las personas vivir su vida libremente. Por eso es oportuno e importante crear oportunidades para todos los ciudadanos. Oportunidades para obtener unos buenos resultados académicos y lograr un empleo. Así todos, en el marco de seguridad ofrecido por el estado, serán capaces de perseguir y lograr la felicidad. Lo que se requiere no es una completa igualdad en los ingresos, sino las mismas oportunidades para todos. Algunas personas nacen en la cima de la montaña, otras en el valle. Algunas personas tienen facilidad para progresar, mientras que otras necesitan de un mayor esfuerzo. Pero lo importante es conseguir que no existan obstáculos injustos que bloqueen el camino de la persona.
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16 de julio de 2012
Qué ha sucedido con la Democracia Cristiana
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7 de marzo de 2012
Lecciones de (mala) vida
Por Luis Suñén
Da un poco de vértigo este principio de legislatura en el que cada quien echa su cuarto a espadas a ver qué pasa, a ver cómo se reciben sus ideas más o menos de bombero. Si no acaba de temblar del todo el misterio lo repetirá más tarde y poco a poco –siempre sin considerar la opinión ajena– lo irá imponiendo como algo inevitable e impepinable, las dos cosas. En Madrid lo estamos viendo con la privatización del Canal de Isabel II que empezó despacio pero ha de acelerarse para dejar sitio a la que vendrá después –se nos dice que no, por lo que debiéramos empezar a temblar–, que es la del metro. De esta forma y poco a poco lo que era nuestro dejará de serlo para ser de otros que, se nos calma, son también nosotros mismos, nuestros congéneres, querrán decir, o sea, otra cosa. Las razones nunca son convincentes, la teoría no las abona pero la práctica demuestra la maldad del método. Basta haber abierto el grifo o viajado en tren en el Reino Unido para comprobar la verdad de las privatizaciones del agua y de los trenes que emprendió Margareth Thatcher, el ídolo de nuestra presidente regional. Si se dice que son medidas que el tiempo ha demostrado ineficaces se nos contesta, por ejemplo, que ineficaz es la socialdemocracia, como todo el mundo sabe. Y se fuman ese gran puro simbólico que parecen encender con las papeletas de voto.
A la Iglesia no se le vota pues no es una institución democrática. Por eso sus autoridades deciden por su cuenta y riesgo –¿qué riesgo, las penas del infierno tal vez?– lo que vale y lo que no. Y ahora vale que los llamados kikos –como ese aperitivo de maíz tan popular– pueden tener su propia liturgia al margen de la común de la Iglesia. Son muchos, claro está, y no parece que sea cuestión de que se acojan a una especie de expediente de regulación de empleo en forma de cisma moderno, pero tampoco parece que Benedicto XVI esté demasiado dispuesto a echarle agallas a un asunto que se le va de las manos.
Se leen estos días muchas cosas sobre el poder de una curia inculta y ambiciosa, como hecha de malos políticos, como los de casi todas partes, a la altura, pues, de los tiempos que corren. ¿Qué hacemos los que no queremos a esa Iglesia? ¿Dónde vamos los hombres y las mujeres de poca fe si cuando llamamos a la puerta se nos dice que hace tiempo que se cerró para nosotros, que esperemos a ver qué pasa en la otra vida si la hubiere?
Gentes como los tales kikos, que estarán muy bien para los que creen de oficio y están encantados de haberse conocido en el gremialismo común, nos arrojan a los demás allá donde, menos mal, hay más llanto que crujir de dientes. Volviendo a la estética, una lástima. Creo que son gente, ya digo, endogámica y sus celebraciones son para su coleto. Menos mal, aunque si hay que imponerlas más allá supongo que lo conseguirían, basta con esperar a un próximo Papa no ya cercano a ellos sino que salga de ellos mismos. ¿Por qué no? ¿Nos hubiera extrañado tras Juan Pablo II un Papa surgido de los Legionarios de Cristo? ¿Por qué no un Papa kiko para sustituir a quien se dejó comer por ellos? Piensen un poco, busquen a un nuevo cardenal Martini, por ejemplo, que pueda llegar a Sumo Pontífice desde la inteligencia, la cultura y la honestidad moral. Apliquen la lámpara a la procesión púrpura y díganme dónde está porque quiero verlo.
Tan difícil como creer en la honradez de algunos.
Fíjense, mientras escribo esta carta, el presidente del Partido Popular de Castellón, Carlos Fabra, ha depositado una fianza de cinco millones de euros en bienes embargables, es decir, una cantidad de pisos y similares que ni ustedes ni yo veríamos en unas cuantas vidas que viviéramos, porque le imputan en un asunto bien sucio, que todo el mundo conoce. Este sujeto afirmaba, como Francisco Camps, que las urnas avalaban su conducta. Y lo peor de todo es que en el fondo tienen razón: ellos han hecho del pícaro un modelo a seguir, del listo un ejemplo, del que sabe una lección de vida. Claro que para lección la del jurado que dictaminó la inocencia de Camps en el asunto bochornoso de los trajes. Decían los partidarios acérrimos del sistema que son gajes de su falta de rodaje y que cuando la gente se acostumbre a la justicia todo irá sobre ruedas. Lo dudo.
Dicen de Camps que es un cadáver político hasta para los de su propio partido. Probablemente lo sea. Pero hemos perdido la ocasión de decirle a sus pares que no vamos a pasar una, que ya está bien, que la muerte política no amortiza la desvergüenza. ¿O será que no tenemos remedio, que sí, que sabemos vivir, que somos muy positivos en muchas cosas pero que al fin esa misma vida se nos queda, encantados de habernos conocido, en una botella de buen vino al sol del verano?
Da un poco de vértigo este principio de legislatura en el que cada quien echa su cuarto a espadas a ver qué pasa, a ver cómo se reciben sus ideas más o menos de bombero. Si no acaba de temblar del todo el misterio lo repetirá más tarde y poco a poco –siempre sin considerar la opinión ajena– lo irá imponiendo como algo inevitable e impepinable, las dos cosas. En Madrid lo estamos viendo con la privatización del Canal de Isabel II que empezó despacio pero ha de acelerarse para dejar sitio a la que vendrá después –se nos dice que no, por lo que debiéramos empezar a temblar–, que es la del metro. De esta forma y poco a poco lo que era nuestro dejará de serlo para ser de otros que, se nos calma, son también nosotros mismos, nuestros congéneres, querrán decir, o sea, otra cosa. Las razones nunca son convincentes, la teoría no las abona pero la práctica demuestra la maldad del método. Basta haber abierto el grifo o viajado en tren en el Reino Unido para comprobar la verdad de las privatizaciones del agua y de los trenes que emprendió Margareth Thatcher, el ídolo de nuestra presidente regional. Si se dice que son medidas que el tiempo ha demostrado ineficaces se nos contesta, por ejemplo, que ineficaz es la socialdemocracia, como todo el mundo sabe. Y se fuman ese gran puro simbólico que parecen encender con las papeletas de voto.
A la Iglesia no se le vota pues no es una institución democrática. Por eso sus autoridades deciden por su cuenta y riesgo –¿qué riesgo, las penas del infierno tal vez?– lo que vale y lo que no. Y ahora vale que los llamados kikos –como ese aperitivo de maíz tan popular– pueden tener su propia liturgia al margen de la común de la Iglesia. Son muchos, claro está, y no parece que sea cuestión de que se acojan a una especie de expediente de regulación de empleo en forma de cisma moderno, pero tampoco parece que Benedicto XVI esté demasiado dispuesto a echarle agallas a un asunto que se le va de las manos.Se leen estos días muchas cosas sobre el poder de una curia inculta y ambiciosa, como hecha de malos políticos, como los de casi todas partes, a la altura, pues, de los tiempos que corren. ¿Qué hacemos los que no queremos a esa Iglesia? ¿Dónde vamos los hombres y las mujeres de poca fe si cuando llamamos a la puerta se nos dice que hace tiempo que se cerró para nosotros, que esperemos a ver qué pasa en la otra vida si la hubiere?
Gentes como los tales kikos, que estarán muy bien para los que creen de oficio y están encantados de haberse conocido en el gremialismo común, nos arrojan a los demás allá donde, menos mal, hay más llanto que crujir de dientes. Volviendo a la estética, una lástima. Creo que son gente, ya digo, endogámica y sus celebraciones son para su coleto. Menos mal, aunque si hay que imponerlas más allá supongo que lo conseguirían, basta con esperar a un próximo Papa no ya cercano a ellos sino que salga de ellos mismos. ¿Por qué no? ¿Nos hubiera extrañado tras Juan Pablo II un Papa surgido de los Legionarios de Cristo? ¿Por qué no un Papa kiko para sustituir a quien se dejó comer por ellos? Piensen un poco, busquen a un nuevo cardenal Martini, por ejemplo, que pueda llegar a Sumo Pontífice desde la inteligencia, la cultura y la honestidad moral. Apliquen la lámpara a la procesión púrpura y díganme dónde está porque quiero verlo.
Tan difícil como creer en la honradez de algunos.
Fíjense, mientras escribo esta carta, el presidente del Partido Popular de Castellón, Carlos Fabra, ha depositado una fianza de cinco millones de euros en bienes embargables, es decir, una cantidad de pisos y similares que ni ustedes ni yo veríamos en unas cuantas vidas que viviéramos, porque le imputan en un asunto bien sucio, que todo el mundo conoce. Este sujeto afirmaba, como Francisco Camps, que las urnas avalaban su conducta. Y lo peor de todo es que en el fondo tienen razón: ellos han hecho del pícaro un modelo a seguir, del listo un ejemplo, del que sabe una lección de vida. Claro que para lección la del jurado que dictaminó la inocencia de Camps en el asunto bochornoso de los trajes. Decían los partidarios acérrimos del sistema que son gajes de su falta de rodaje y que cuando la gente se acostumbre a la justicia todo irá sobre ruedas. Lo dudo.
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