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15 de noviembre de 2012

Pan blanco, tabaco rubio

Por José Martí Gómez 

Ya de adulto supe que en la posguerra el gobierno había inventado el yogur sin leche y una gasolina sin gasolina y avanzó al mundo que iba a lanzar los vestidos de paja porque, decía la propaganda oficial, en España se hacen las mejores pajas del mundo, frase que a los más lúdicos sugería acciones pecaminosas.  También supe que un buen médico cuando salía a la sala de consulta y sabiendo que los pacientes ya se habían hecho las confidencias sobre sus enfermedades, no decía “que pase el siguiente” sino que decía “que pase el que esté más jodido”, y los allí presentes se miraban y coincidían en decirle a uno “pase usted, pase usted”.

Antes de saber esas cosas yo fui un niño fascinado por mujeres de largos faldones que en la calle Bailén musitaba a los viandantes “pan blanco, tabaco rubio”. Mi padre hablaba alguna veces con ellas. Tras el breve intercambio de palabras las mujeres se metían en un portal y salían con un paquete envuelto papel de periódico. Era pan blanco porque el tabaco rubio mi padre no se lo podía pagar. Es mi recuerdo más nítido de lo que fueron los años del estraperlo, años de hambre, de restricciones de agua y de luz, con pisos alumbrados espectralmente con luces de quinqué. Años con higiene de puchero de agua calentado en la cocina económica cargada con carbón y, una vez cada quince días, un baño como Dios manda en los llamados Baños Populares. Inviernos oscuros y fríos pasados junto al brasero que no calentaba más allá de los faldones de la mesa camilla pero me permitió, refugiándome debajo mientras jugaba, ver los muslos y las bragas de todas las amigas de mi mamá.

Dura y larga posguerra española, con fútbol jugado con pelotas de trapo en campos montados en medio de la calle, con las carteras colegiales haciendo de porterías. Había estraperlo con las cartillas de racionamiento, los colmados fiaban a los clientes que no podían pagar, los tranvías eran desvencijados y siempre llevaban gente colgada de los estribos, los taxis circulaban arrastrando un extraño artilugio llamado gasógeno, los cines de barrio eran los fines de semana, con dos películas y variedades en el intermedio, la escapatoria de un mundo gris para familias que en el cine no pasaban frío y soñaban mientras por su barbilla resbalaba el potaje que sacaban de las fiambreras y la pequeña farmacia del barrio era como una policlínica: el farmacéutico hablaba paternalmente con su clientela, les aconsejaba quémedicina tomar, les ponía inyecciones, hacía recetas magistrales y cuando veía que la cosa se ponía realmente mal –no había todavía penicilina– aconsejaba al paciente que ya era prácticamente de la familia que fuese a visitarse al médico. Los médicos que tenían algunas funerarias eran buenos. Los privados eran caros pero en los barrios había médicos que tenían clientela fidelizada a base de lo que se denominaba iguala. Los niños padecíamos de sabañones y cuando nos resfriábamos sacábamos mocos verdes. 

En ese contexto tuve una infancia muy feliz. Puede ser un contrasentido con ese panorama pero a veces esas cosas pasan.

7 de noviembre de 2012

¿El Estado de bienestar se ha acabado?

Por Santiago Niño Becerra
 
Tal y como lo hemos conocido sí. La razón es simple: ya no es necesario. De entrada una puntualización: entiendo por Modelo de Protección Social (MPS) lo que coloquialmente se conoce como “Estado de bienestar”, ya que es un estado en el que la economía mundial entró tras la Depresión siendo aquel uno de los ingredientes y consecuencias de éste. Bien, decía que ya no es necesario: el MPS se puso en marcha por tres razones: 1) porque brindaba soportes a una clase obrera miserizada tras un siglo de revolución industrial, dos crisis sistémicas y tres guerras terribles a fin de evitar que escuchase propagandas que llegaban del otro lado; 2) porque si esa clase obrera se sentía protegida rendiría más y consumiría más en un entorno de productividad y producción creciente (el MPS ha ido asociado a la eclosión de la clase media y a su razón de ser: el pleno empleo), y; 3) porque el MPS ayudaba a generar PIB y por sí mismo lo generaba. 

Hoy ya no llegan propagandas del otro lado, fundamentalmente porque solo hay un lado. El objetivo ya no es producir más, sino lo que haga falta recurriendo a una tecnología que cada vez es más sofisticada, más barata y más fácil de utilizar lo que hace que la productividad sea el objetivo a lograr, una productividad que ahorra factores, entre ellos el trabajo, con lo que el desempleo estructural crece y la clase media pierde su razón de ser. Y, además, generar PIB por generarlo ya no tiene sentido: el PIB tiene que ser eficiente y conveniente.

Si el motivo de ser del MPS ya no es y sus consecuencias ya han dejado de ser, el MPS deja de ser necesario así como sus corolarios, por ejemplo la redistribución. Y claro, como el MPS se encuadra en el Estado de bienestar en el que el mundo entró, ello se ve reflejado en la situación de escasez en el que ahora y, pienso, durante mucho tiempo el planeta va a estar instalado. Lo que se halla vinculado con el balance entre población y recursos; pero eso es otra historia.

29 de octubre de 2012

Tirar la toalla

Por Luis Suñén
 
En uno de los mejores artículos que he leído en los últimos años –Un tiempo para resistir y otro para recordar– Félix de Azúa se refería, en El País, al pasado como consuelo, como explicación, como rescate de nosotros mismos y, con el valor moral que le caracteriza, acababa poniendo todo en relación con un presente que también será pasado en ese futuro que ya no será nuestro. El artículo vino a iluminar, también por la vía de superar una cierta estética del abandono, mi temor a pensar si no estaré llegando a ese momento en el que las almas poco generosas se plantean que no vale la pena seguir preocupándose por las cosas que han de suceder tras nosotros. Lo hablaba también con la profesora Navarro Durán hace unos días a cuento de cuán diferente ha de ser en ese punto la vida y el empeño del científico que busca aliviar un dolor que persistirá tras él en comparación al de quienes pensamos en la música o en los libros y hacemos de la melancolía una suerte de infeliz consolación, incapaz siquiera, casi siempre, de acabar en un par de líneas bien escritas. Y eso  mientras sabemos que también por omisión se deja de cumplir con lo que un día creíamos iba a ser nuestra parte en una suerte de hombre rebelde, como diría Camus, siquiera compartido con otros más decididos que nosotros.
 

El dejar de pensar en el futuro, el acomodarse, el abandonar la idea, esa de los cristianos o del marxista de buen corazón, de una suerte de cuerpo místico que allá o todavía aquí recibirá nuestro esfuerzo sin futuro aparente es quizá un inconveniente de la edad pero viene también seguramente de la falta de horizonte ético de la sociedad en la que somos. Cuando alguien como la abogada defensora de José Antonio Roca, principal implicado en el “caso Malaya”, afirma durante una vista del mismo que su cliente “obtuvo beneficios indecentes pero legales”, aprieta la tuerca de ese pesimismo que nos ahoga en este tiempo. Y más cuando las urnas redimen a quien es algo más que un chorizo. Es cierto que aceptar esa provocación hacia este nihilismo barato y sin política dice bien poco de nuestra madurez y es, en todo caso –ya mayores y bien educados–, responsabilidad nuestra, pero ahí está como una tentación nada atractiva pero cuyo imán posee  una fuerza probablemente demoledora. El deshielo de los polos, la deforestación nos quedan lejos, lo sufrirán nuestros nietos. Con algo de buena suerte, tal vez ni ellos, quizá sus hijos. Si aguantamos hasta la muerte con algo de dinero y una aceptable reputación, tal vez podamos resistir hasta ese final burgués y merecido en el que, con algo de suerte, no suframos demasiado. Aunque también fuera el de Goethe –que daba por descontada la inmortalidad–, ¿es ese nuestro horizonte?
 

Vidas ejemplares
 

Repasaba el otro día Luke Johnson en The Financial Times las autobiografías que diversos emprendedores han escrito –con mayor o menor ayuda, supongo– para darnos una lección y a la vez satisfacer su ego. La lista es apasionante: Ray Kroc, el fundador de la cadena de hamburgueserías McDonald’s; David Ogilvy, el publicitario en el que muchos piensan cuando ven Mad Men;  James Dyson, magnate de los electrodomésticos; David Packard, cofundador de HP y supongo que una de las almas de su pésimo servicio postventa; Lord Thompson of Fleet, gigante de la comunicación y pionero en la inversión petrolífera en el Mar del Norte; y así sucesivamente. Seguro que todo muy aleccionador, aunque falten banqueros. Por cierto, me acabo de acordar de una anécdota que cuentan del poeta Joan Brossa. Lo sentaron un día en una cena junto a otro señor que se le presentó diciendo que era el presidente de un banco. Brossa le respondió: “¿Y no le da vergüenza?”

23 de octubre de 2012

Joan Llopis, evangelio rehumanizador

Por Juan José Tamayo
 
La vida del teólogo Joan Llopis, nacido en 1932 en el barrio de Gracia, de Barcelona, llegó a su final el 25 de junio del presente año. Su fallecimiento ha privado a la cultura catalana, a la teología posconciliar y al cristianismo en diálogo con la modernidad de una de sus voces más creativas y representativas. Cuatro fueron los campos en los que hizo aportaciones significativas: la liturgia, la teología, la traducción y los medios de comunicación.
 

La liturgia fue el terreno que más cultivó y en el que adquirió relevancia especial, hasta convertirse en uno de los pioneros de su reforma y de la aplicación del Vaticano II a la realidad catalana. Ejerció la docencia de esta disciplina en la Facultad de Teología de Barcelona, la Universidad Pontificia de Salamanca y el Instituto Superior de Liturgia.
 

Obra pionera fue La inútil liturgia (Barcelona, 1972), donde critica los aspectos mágicos que perviven en no pocas manifestaciones de la liturgia cristiana. Llopis pone en el primer plano de la liturgia el carácter celebrativo, festivo, ético, gratuito, solidario y simbólico frente al meramente ritual, destaca su función crítica y, más allá de su dimensión sacrificial, subraya la experiencia del compartir.
 

Para que la proclamación de la palabra en la liturgia conserve su dinamismo liberador, Llopis cree necesario que se den las siguientes condiciones: a) que no se haga de forma mítica al modo de los relatos de mitos eternos e inmutables, sino que mantenga una vinculación con la historia; b) que no se haga de forma ideológica, entendiendo por tal un sistema absoluto de verdades que se impone por sí mismo, sino que se haga como memoria de acontecimientos humanos en los que intervienen los diferentes factores sociales, políticos y culturales; c) que cuestione las realizaciones históricas defectuosas y contribuya a avanzar los procesos de liberación; d) que se ofrezca como promesa de un futuro histórico mejor.
 

Su teología se sitúa en el horizonte crítico de la modernidad, en el espíritu renovador del Concilio Vaticano II, en la perspectiva humanista del cristianismo originario. Llopis establece un vínculo inseparable entre fe y humanidad. Un enfoque que se encuentra ejemplarmente desarrollado en su obra El Evangelio (re)humanziador, que recibió el premio Joan Maragall. En este libro presenta el Evangelio como factor de humanización. Teólogo del Vaticano II, Llopis cree que hay cosas en dicho concilio que son irreversibles: la participación del pueblo, la interpretación de la Sagrada Escritura, la idea de pueblo de Dios y la autoridad como servicio.
 

Nada desdeñable fue su trabajo como traductor. Tradujo al castellano la magna obra Historia de la teología cristiana, tres volúmenes, de Evangelista Vilanova (Herder, Barcelona, 1987-1993). Mención especial merece su versión al catalán de la obra profética del teólogo italiano Antonio Rosmini Las cinco llagas de la santa Iglesia (Edicions Prou, Barcelona, 1990), cuyo destino fue el Índice de Libros prohibidos. Hoy su autor va camino de los altares.
 

Merece la pena recordar su intensa actividad en los medios de comunicación. Fue responsable de información religiosa, junto con Joaquim Gomis, del diario Avui. Colaboró asiduamente en las revistas Foc Nou, Serra d’Or y Questions de Vida Cristiana, las dos últimas de la Abadía de Montserrat, y contribuyó de manera muy positiva a la integración del cristianismo en la cultura catalana.    
 

La tristeza que produce en los familiares, colegas, amigos y amigas la muerte de Joan se ve compensada con la coherencia de su vida y la lectura de sus libros, que abren horizontes nuevos en la manera de pensar el cristianismo y de vivir la fe en un mundo secularizado. Gracias, Joan.

16 de octubre de 2012

¿Mi cuento infantil preferido? El viaje de las cigüeñas

Por Cristina Peri Rossi
 
Todo hacía suponer que los niños eran traídos de París por las cigüeñas, en sus largos picos. Si yo no había visto nunca tal acontecimiento se debía a que viajaban de noche, mientras dormía. ¿Y de día? ¿Dónde estaban las cigüeñas de día? Estaban en París. El argumento parecía concluyente: los padres escribían una carta a las cigüeñas y al cabo de un tiempo, éstas traían un hermoso bebé al hogar. ¿No se caían por el camino? ¿Ningún bebé se zafaba del pico y aterrizaba penosamente en el suelo? No. El pico de las cigüeñas era firme. ¿Y si era tan firme, no les hacía daño? No, porque sabían muy bien lo que hacían. Era su trabajo: traer hijos de París a Montevideo y luego, volverse. No tenía la más remota idea de dónde quedaba París, pero me habían dicho que era una ciudad europea elegante y culta que los desalmados nazis habían invadido. Entonces, cuando París fue invadido, ¿las cigüeñas siguieron funcionando? Sí, porque volaban alto y ni los nazis las veían. ¿Las cigüeñas sabían leer las cartas? Sí, como yo había aprendido –sola– a leer en largas tardes de verano. ¿Dónde estaba Europa? Mi madre me dijo que muy lejos, como dos meses de barco, y mi padre afirmaba que Europa no existía, era un invento de los diarios, porque si hubiera existido alguna vez, no llevarían cincuenta años peleándose.  

Cuando le conté a mi primo Eduardo –un año menor– que los niños venían de París en el pico de las cigüeñas, horrorizado, me preguntó: ¿y cuándo se los tragan? Me pareció una pregunta razonable. A los niños no les gustan las preguntas sin respuestas, y a mí, menos, así que le dije: se los tragan a la cena, y después, vuelan por encima de los nazis hasta Montevideo. Le pareció una respuesta muy adecuada. A mí también.

8 de octubre de 2012

La era de la retromanía

Por Céline Gesret

"Los grupos de rock de ahora tienen su propio sonido, pero no inventan nada nuevo, de hecho, no creo que se haya inventado una corriente musical nueva desde el dubstep".

La cita es de Dominique A, cabeza de fila del rock independiente francés desde hace veinte años. Él mismo es un cantante “víctima” o parte integra del fenómeno de la retromanía, descrito por el periodista anglosajón Simon Reynolds como la vuelta al sonido de los 80-90 por los grupos actuales. El rock-pop se mueve como un pez que se muerde la cola. Estancado hasta que salga algo nuevo. Aunque la repetición y la copia parecen ser partes integrantes del rock a lo largo de su historia. Desde sus principios, desde Elvis y Dylan, el rock se nutre del pasado, retrocede para reinvertarse.
 

En los inicios del rock, en los 50, los grandes hits se hicieron a base del folk o del gospel de principios de siglo xx o del siglo anterior. En 1954, Ray Charles inicia su carrera con el título I got a woman, que será la versión blues rock del gospel It must be Jesus de Bob King. En1964, The Animals saltan a la fama con la canción The house of the rising sun. Es una canción tradicional escrita en la Nueva Orleans del siglo xix y grabada por primera vez en 1934. Pero es en 1950 cuando se hace canción comercial con la versión de Moody Gothrie.
 

En los 60, los Beatles, los Rolling Stones, Dylan, llenaron las caras B de sus discos de covers. En 1970 Georges Harrison saca My sweet lord, a base de la canción He’s so fine de The Chiffons. El ex Beatles perderá el juicio por plagio poco después. Los 60 fueron los años de más covers, mientras la canción Hey Joe es la más retomada de la historia del rock. A principios de los 70, aparecen discos enteros de covers. David Bowie en el álbum Pin ups se inspirará mucho de The Merseys. Brian Ferry empezará su carrera en solitario con discos de covers.
 

“El rock murió en 1966”, alegaron los miembros punks de The Cramps en 1978. El grupo usará sin problemas dos canciones para construir su éxito Surfin’ birds: Papa Oom mow mow de The Rivingtons y Surfin’ birds de The Trashmen. Es un primer sample. Mientras, otros tantos grupos de punk se divierten: Devo destruye la canción Satisfaction de los Rolling Stones, The Damned saca el primer disco de punk, antes de los Pistols, con una cover de los Beatles, Help. Los Ramones se encariñan del twist de Chris Montez, Let’s dance (1962), y The Clash retoman la canción de Junior Marvin, Police and Thieves.
 

La llegada de las grabadoras electrónicas en los 80 y 90 ayudará a reivindicar y legitimar las copias y samples de canciones del pasado. Los grupos de Dj’s de Bristol como Portishead, Massive Attack y su cantante Tricky se harán expertos en samples. Glory Box, la canción más famosa de Portishead, producida en el álbum Dummy en 1994, está hecha a base de un bucle del álbum de Isaac Hayes, Black Moses, con la canción Ike’s Rap II. Tricky lo incluirá también en Hell is around the corner. Copiando pero a pinceladas. Otros no hicieron lo mismo y sus álbumes fueron prohibidos por su productora. Es el caso de The Grey Album de Danger Mouse en 2004. El músico mezcló dos albums: el White Album de los Beatles y el Black Album de Jay Z. Tuvo un gran éxito y Paul McCartney y Jay Z se lo tomaron como un gran homenaje a ambos. No fue la opinión de la productora EMI, que prohibió el disco.
 

El periodista Simon Reynolds explica en la introducción de su libro Retromanía que los años 2000 han producido una música acorde con su época. Estamos acostumbrados a archivar cosas en discos duros o en Internet y eso hace que miremos más hacia el pasado. Según él, la retroguardia reemplaza la vanguardia. Dice Reynolds: “No vale decir que no ha pasado nada en la música de los 2000. En muchos sentidos, hubo una vorágine de microtendencias, subgéneros y estilos recombinados. No solo nunca hubo antes una sociedad tan obsesionada con los artefactos culturales de su pasado inmediato; tampoco hubo nunca antes una sociedad que pudiera acceder al pasado inmediato con tanta facilidad y abundancia”.
 

Puede que la música del futuro venga de otros horizontes. Así lo predice Dominique A: “No creo que los nuevos sonidos vengan ahora de los países anglosajones, tal vez salgan de Asia, de Taiwan, ¿quien sabe?”

2 de octubre de 2012

Prato, en la Toscana

Por Pere Escorsa
 
La región Toscana es famosa por ser una de las principales cunas del Renacimiento. Cuenta con ciudades bellísimas como Florencia, Pisa o Siena. En Toscana trabajaron genios como Leonardo da Vinci y Miguel Ángel. No lejos de Florencia se halla la ciudad de Prato, poco turística, con unos 200.000 habitantes, que desde hace siglos ha sido la capital de la industria textil italiana, especialmente en el sector lanero. Tradicionalmente Prato era conocida por su habilidad en el aprovechamiento de  retales de lana.
 

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las principales empresas de Prato fueron destruidas por los alemanes o quebraron. Entonces, una multitud de trabajadores del ramo crearon pequeñas empresas, la mayoría con menos de diez obreros, que pronto se especializaron en una fase o subfase del proceso productivo (hilatura, tejido, confección) dando origen a un entramado de empresas que conjuntamente abarcaban todo el ciclo productivo. Esta concentración de empresas del mismo sector en un territorio se denomina distrito industrial –distretto– posteriormente llamado también cluster. En otros sectores italianos, como el calzado, la madera y el mueble, la cerámica o la joyería, aparecieron distretti similares. Emilia Romagna es otra región que cuenta con numerosos distritos.  Hace años trabajé como experto de la Comisión Europea en un proyecto de coordinación de las empresas de la provincia de Pisa. Recuerdo todavía acaloradas discusiones con los empresarios del distrito del mueble de Cascina, cerca de Pisa. 
 

Durante el período 1950-1980, el distrito vivió una gran prosperidad. En Prato se contabilizaban 15.000 telares. La calidad de los tejidos fue aumentando gradualmente, con un mayor contenido de lana virgen. Algunas empresas producían productos sofisticados de cachemira, alpaca o mohair. Se exportaba a los mercados ricos de Alemania, Inglaterra, Francia o Estados Unidos. En 1982 Prato exportó el 75 por ciento de su producción.
 

Pero en los años 90 del pasado siglo comenzaron a observarse señales de que el distrito pratense se estaba desintegrando. Algunas de sus empresas comenzaron a deslocalizarse al exterior (Europa del este, sudeste asiático). Otras utilizaron proveedores de países de mano de obra barata, en lugar de sus tradicionales suministradores locales. Algunas grandes multinacionales comenzaron a comprar empresas del distrito. Aparecieron discretamente pequeñas empresas chinas dedicadas a la confección. Aumentó el uso de servicios prestados por empresas exteriares a Prato, tales como diseño, calidad, estudios de mercado, informática, etc.
 

El distrito fue perdiendo su carácter autosuficiente.
 

En la primera década de este siglo se evidenció algo más grave. Las ventas en los mercados tradicionales exteriores comenzaron a disminuir, incluso en Alemania, debido a la presencia creciente de competidores asiáticos que vendían productos de menor calidad  pero a un precio mucho más bajo. En los años 90 China había entrado en la Organización Mundial del Comercio y se permitió que sus productos invadieran Occidente. Muchas empresas de Prato quebraron.
 

Edoardo Nesi, empresario de tercera generación que tuvo que cerrar su empresa, relata la experiencia en su libro La historia de mi gente (Salamandra, 2012). Muchos telares fueron vendidos a precios de saldo y acabarán en India o Pakistán. Los locales que dejaron las empresas quebradas fueron ocupadas progresivamente por inmigrantes clandestinos chinos que confeccionan prendas con tejidos importados de China y las etiquetan como Made in Italy. Los trabajadores duermen en los propios talleres, al pie de las máquinas de coser, en un ambiente de gran suciedad. Cobran poco, pero mucho más que en la China profunda de donde proceden, en que ganaban unos ocho dólares al mes. No hablan ni una palabra de italiano. De vez en cuando las redadas policiales expulsan a inmigrantes indocumentados, que son sustituidos inmediatamente.
 

Alguien debería escribir lo que sucede en los distritos españoles del calzado en Elche y Elda, de las alfombras en Crevillente, del mueble en La Sènia, de la cerámica en Onda, Villareal, l’Alcora o Nules, y en muchos otros.
 

Son las consecuencias de la globalización.

25 de septiembre de 2012

Una historia del Concilio Vaticano II para jóvenes

Por Joaquim Gomis
 
La pregunta es evidente: ¿qué sabe la mayoría del personal sobre el Vaticano II? Los mayores hablamos de él simplemente como “el Concilio” y damos por supuesto que fue el acontecimiento más importante en la historia de la Iglesia contemporánea. Pero celebrar ahora el cincuentenario de su inicio equivale a reconocer que solo los ya ancianos lo vivimos y que si las generaciones mayores experimentaron aún su influencia, en cambio para una amplia mayoría que podríamos situar de los 50 años para abajo, hablar del Concilio significa hacerlo de algo que apenas se conoce. ¿No sería bueno aprovechar el cincuentenario para darlo a conocer?
 

Me ofrezco para hacer de maestro, pensando sobre todo en las generaciones jóvenes. Me sabe mal que algo que uno aprecia y valora sea tan poco conocido. Y se hable de él dando demasiado por supuesto mucho de lo que es esencial. Me gustaría recordar que según el libro de los Hechos de los Apóstoles (capítulo 15) ya la Iglesia naciente supo encontrar en la práctica conciliar la solución a su mayor problema: pasar de ser una secta judía a una comunión de creyentes abierta a todos. Lo curioso es que en aquel llamado concilio de Jerusalén ya se hallen las características básicas conciliares: reunión para resolver un problema grave que afecta a todos, presencia de diversas tendencias, función de Pedro como mediador, opción mayoritaria por la apertura pero con concesiones menores para la minoría conservadora (concesiones que pronto se desvanecieron).
 

Podría trazarse una historia de la Iglesia en paralelo con la de los concilios. Los grandes concilios del primer milenio centrados sobre todo en el cristianismo del próximo oriente, que formulan los “credos” que siguen proclamando todas las Iglesias (y que podrían ser la base de unión entre todas ellas). Tras la división entre oriente y occidente, tras el rechazo del Papa por unos y su creciente exaltación por otros, hay un bajón conciliar hasta el gran intento del Concilio de Trento (siglo xvi) como pretensión de respuesta a la reforma protestante que implica una “contra” reforma. Fracasó en su intento de someter a los considerados herejes, triunfó en implantar unas formas de creencia y comportamiento que han durado hasta el siglo xx, hasta el Vaticano II. Confirmadas por el breve Concilio Vaticano I, en 1869, al proclamar la infabilidad del Papa (una infabilidad que doctrinalmente apenas significa nada pero que fue el disparadero de una creciente inflación del centralismo romano). 

Sueño para una  nueva época
 

Me excuso por tan prolija introducción. Pero me parece el único modo de explicar la importancia del Vaticano II. Que no es tanto lo que dijo, sino el intento de pasar página. Quizá sin ser siempre consciente de ello, el propósito es terminar no solo con la etapa iniciada en el Concilio de Trento, sino incluso de volver a tiempos anteriores. Resumen en dos palabras: el ressourcement, es decir, la vuelta a las fuentes, a los orígenes cristianos, al Evangelio, y el aggiornamento, es decir, apertura, abandonar la concepción de la Iglesia como baluarte opuesto a la modernidad y renovarla para que sea como fuente de agua viva en la plaza del pueblo.
 

Habían ido apareciendo durante la primera mitad del siglo xx movimientos de renovación en la Iglesia. Pero también de cerrazón, de cruzada tanto antimoderna en lo intelectual como anticomunista en lo social. La gran figura del aristócrata Pío XII culminaba el creciente centralismo eclesial. Un profesor en la principal universidad romana acababa de explicar que con la proclamación de la infabilidad papal eran inútiles –habían terminado– los concilios. Pero a la muerte de Pío XII los cardenales eligieron como Papa de transición, en tiempos de espera, un cristiano anciano y sencillo, sin fama ni relieve: Juan XXIII.
 

No solo resultó una sorpresa porque gustaba a la gente sino porque él mismo supo llegar al fondo de la cuestión: hemos de cambiar, yo solo no sé cómo, convocaré un Concilio. Que vengan los obispos, aporten su experiencia, busquen nuevos caminos. Y que así también nos sintamos más cercanos a los cristianos de las otras Iglesias y caminemos hacia la unión. Y aún más: que la Iglesia se sienta más cercana a todos los hombres, sea más servidora, no identificada con ningún bando.
 

Este era el intento de Juan XXIII. Despertó expectativas, incluso entusiasmo, pero también escepticismo, oposición. La mayoría de quienes debían preparar los textos para el debate conciliar no creían en el sueño de Roncalli. Los miembros de la curia romana que dominaban la sala de máquinas, imaginaban que los obispos aprobarían sin dificultad unos textos que repetían las enseñanzas de los últimos papas. La teología anquilosada, la posición atrincherada ante todo lo que oliera a modernidad. Incluso con el añadido de alguna nueva condena (¿no era tradicional que los concilios terminaran fulminando con anatemas a los supuestos  enemigos de la Iglesia?). De nueva época, nada de nada. 

La rebelión de los obispos
 

El 11 de octubre de 1962 una larga y tediosa ceremonia inauguró el Concilio. Pero al final, cuando bastantes obispos ya bostezaban, Juan XXIII, que hasta entonces apenas había intervenido en la preparación –era un creyente de la libertad–, sorprende a todos con una rotunda afirmación de lo que debe ser el Vaticano II. Primero, una visión positiva y optimista (lejos de “los profetas de calamidades”); segundo, un paso adelante en la presentación de la fe (para repetir lo mismo no hacía falta un concilio); tercero, nada de condenas sino misericordia y bondad para todos; cuarto, unidad de todos los cristianos en favor de la unidad entre todos los hombres. Muchos apenas captaron la importancia de lo que decía aquel anciano, pero era el anuncio de un concilio distinto. Él no lo viviría ya que murió meses después, pero aún hoy sus palabras siguen siendo decisivas porque señalan el camino de una nueva época en la Iglesia.
 

Al discurso siguió un par de días después lo que la prensa italiana calificó de la ribellione dei vescovi o incluso il tempo del demonio al Concilio. La curia romana había preparado unas comisiones de miembros adictos para redactar los textos conciliares. Pensaban que todo estaba atado y bien atado. Pero contra todo lo previsto, el cardenal francés Liénart y el alemán Frings se levantaron en la asamblea para protestar y pedir tiempo para que los obispos pudieran elaborar libremente unas comisiones nuevas.
 

Fue el fin del intento del sector conservador por dominar el Concilio. Nacía lo que luego se denominó mayoría renovadora que fue determinante en el Vaticano II. Inicialmente inspirada por los episcopados centroeuropeos, incorporó luego muchos obispos de otros continentes. La curia romana, episcopados como el italiano y el español, quedaron en una minoría conservadora con escaso vigor. Y la mayor parte de los documentos que habían preparado llenaron papeleras (o como dicen que dijo Juan XXIII, fueron “Tíber abajo”). Mientras no pocos teólogos que en los años anteriores habían sido prohibidos pasaban a convertirse en redactores de los textos conciliares (Congar, Chenu, Schillebeeckx, Rahner, e incluso Ratzinger, pueden ser ejemplos).
 

La liturgia salva y cambia
 

Lo que se anunciaba como un Concilio soso se convierte en conflictivo. El Papa y la mayoría sensata deciden aparcar los temas polémicos y empezar por algo que parece inocuo: la liturgia (que además es el documento mejor preparado). Pero los días pasan y las discusiones se eternizan. Los obispos carecen de práctica parlamentaria y se repiten inútilmente. El episcopado norteamericano encarga a una empresa que calcule el futuro conciliar y el resultado es que a este ritmo el Vaticano II duraría 240 años.
 

Pero surge la paradoja: el empeño de la minoría conservadora por oponerse a cualquier reforma refuerza la mayoría renovadora a la que se van incorporando los episcopados latinoamericanos, africanos, asiáticos. También la liturgia resulta conflictiva y algunos defienden el latín como si fuera dogma de fe. Pero se levanta Malula, un joven obispo africano y les desafía a que vayan a celebrar en latín a su país. Se pasa a la votación y el resultado es contundente: el 97 por ciento votan a favor de la reforma litúrgica. El obispo Lefebvre se queda solo aunque cincuenta años después sus seguidores sigan defendiendo –incluso con la bendición del Papa– lo que rechazó el Concilio.
 

La liturgia salvó el Concilio porque quedó claro que la gran mayoría de obispos quería lo que Juan XXIII había proclamado en su discurso inaugural: acercar la Iglesia al pueblo. Y cambió la Iglesia porque fue lo que pronto, cuando empezó a aplicarse la reforma, percibió la gente: el cura dejó de darle la espalda y la misa, los sacramentos, ya se celebraban en la lengua que entendían. Hoy parece lo más normal, entonces significó el cambio. ¿Se imagina alguien volver a la práctica preconciliar?  

Intento inútil de conciliación
 

El 3 de junio de 1963 falleció el papa Roncalli. Se ha dicho que fue el momento de máximo “crédito” de la Iglesia en la historia contemporánea. Acababa de publicar la encíclica Pacem in terris, dirigida a todos los hombres de buena voluntad sobre “la paz entre todos fundada en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”. Sin duda, el texto más leído en los veinte siglos de producción papal. Ya en el lecho de muerte llamó a sus colaboradores más cercanos y les resumió sin miedo su mensaje: “No es que cambie el Evangelio, es que nosotros empezamos a comprenderlo mejor”.
 

La gran incógnita es qué hará el nuevo Papa con un concilio que simplemente está en sus inicios y cuando no falta en las alturas vaticanas quien quiere aplazarlo sine die. El escogido, Pablo VI, puede considerarse el cardenal más inteligente y culto, el que mejor conoce los problemas de la Iglesia. Acaba de proclamar que “la herencia de Juan XXIII no puede quedar encerrada en su sepulcro”, pero no se parecen en nada. Montini ha trabajado casi toda su vida en la curia romana pero la curia no le quiere porque le teme. “Es un furbo (astuto), si sale me ne vado”, nos dijo un tipiquísimo monseñor romano a Joan Llopis y a mí el día antes. Salió Montini, lo primero que afirmó es que continuaría el Concilio, pero aquel monseñor no se fue y siguió su carrera en la Curia.
 

Se ha dicho que la gran preocupación de Pablo VI fue conseguir un Concilio de todos, sin victoria de la mayoría renovadora sobre la minoría conservadora. Intervino como no lo había hecho Juan XXIII para contener a los renovadores y contentar a los conservadores. Aunque uno lo imagina más cercano a las grandes figuras conciliares progresistas como los cardenales el jesuita alemán Bea, el belga Suenens, el holandés Alfrink, el austríaco König, incluso el italiano Lercaro, que no a los integristas Ottaviani, Siri, Rufini, todos italianos. Su intento de conciliación creo que fue un fracaso: maniobraba la derecha en las comisiones, conseguía que Pablo VI propusiera fórmulas más matizadas, pero a la hora de las votaciones la mayoría renovadora –con el asentimiento del centro– vencía casi apabulladoramente.
 

Por eso un servidor discrepa del tópico que hoy muchos repiten sobre el Concilio como un sí pero no. Es decir, como un predominio de afirmaciones renovadoras pero seguidas de matizaciones conservadoras que quitan vigor a los textos y los dejan en la mediocridad propia de las opciones centristas. Es verdad que eso se da en ocasiones, pero como intento fracasado. La minoría –con el apoyo de Pablo VI– consiguió meter algún gol para salvar el honor, pero la victoria fue clara de los renovadores. Como escribió el profesor Giuseppe Alberigo, el mejor historiador del Vaticano II, fue más un acontecimiento que no una colección de textos. El acontecimiento significa el fin de una etapa y el inicio de otra. Que, pese a quien pese, se concreta en un cambio sin vuelta atrás. 

Adquisiciones y fracasos
 

Ya hemos hablado de la renovación litúrgica. En las tres sesiones que presidió Pablo VI se podría resumir –esquemáticamente– el Vaticano II en las siguientes adquisiciones. La primera, decisiva, el retorno al Evangelio. Que implica desde la presencia de la lectura de la Biblia en toda celebración hasta la admisión de todo el esfuerzo de investigación sobre el sentido de la Escritura. Más a fondo, es priorizar la fe en Jesucristo sobre los añadidos de las diversas épocas. Lo cual, evidentemente, es el gran paso hacia el reencuentro con las otras Iglesias cristianas.
 

La afirmación conciliar de que “hay una jerarquía en las verdades de la fe” es fundamental en dos aspectos: abre el camino para encontrarse en el núcleo cristiano con todos los creyentes en Jesús (y relativizar lo secundario propio de cada tradición) y abre también el camino para progresar con libertad en nuevos planteamientos de un futuro cristiano. La fe no es un listado de dogmas sino la adhesión a una persona en quien Dios se comunica.
 

La segunda gran adquisición es que la Iglesia no es una institución, una sociedad que compite con las otras –con las políticas– sino un pueblo, una comunidad. Es lo que mostró el cambio de orden en la Constitución que el Vaticano II preparó como la más importante: la dedicada a explicar qué es la Iglesia. El proyecto empezaba hablando del Papa y los obispos. Pero fueron los mismos obispos quienes decidieron cambiar el orden: primero debía hablarse del común de los cristianos porque la Iglesia –palabra griega que significa Asamblea– es ante todo pueblo, comunidad. Papa y obispos son servidores. Probablemente es lo que menos del Concilio ha pasado a la realidad. No es fácil que quien tiene el poder renuncie a él. Todo tinglado jerárquico tiende a reproducirse. Incluso el intento del Vaticano II por reducir el centralismo romano, el poder del Papa, situándolo en una colegialidad que potenciara más el papel de los obispos en el conjunto de la Iglesia, ha quedado reducido a casi nada (unos sínodos episcopales sin poder mientras la curia romana mantiene con más pena que gloria el suyo). Es sin duda el mayor fracaso del postconcilio porque así, desde el poder, puede impedirse que muchas semillas conciliares, que han arraigado en el pueblo cristiano, puedan desarrollarse.
 

El Vaticano II proclamó la libertad religiosa –aunque la mayoría de obispos españoles, azuzados por el régimen franquista, se opusieran– y la mayor parte del común de los católicos se ha acostumbado a pensar y actuar libremente. Esta realidad es signo de que el Concilio causó un cambio de época en el colectivo católico. Pero se mantienen las resistencias, muchas de ellas incoherentes con las grandes afirmaciones conciliares. Basta leer el último gran documento del Vaticano II, la “Constitución sobre la Iglesia en el mundo”, para constatar la dicotomía: bastante de lo que se predica sobre el mundo y la sociedad, la autoridad eclesiástica no lo aplica en la Iglesia (por ejemplo, lo referente a la mujer). Al parecer, 50 años no han sido aún suficientes para convertir a la superioridad eclesiástica. Ya dicen los historiadores que los grandes concilios suelen tener una aplicación lenta.

16 de julio de 2012

Qué ha sucedido con la Democracia Cristiana

Por Günter Krings

El Papa Benedicto XVI dio el año pasado un discurso impactante en el Bundestag, durante su visita a Alemania. Empezó relatando una historia preciosa del Antiguo Testamento, la del joven rey Salomón y su ascensión al trono. Dios le concedió un deseo, y Salomón no quiso bienestar, ni una vida longeva, tampoco la muerte para sus enemigos. Deseó conocimiento, poder juzgar a su pueblo con el corazón, y liderarlos con justicia.

Esta historia tal vez contenga las ideas fundamentales que asientan los cimientos de la política demócrata-cristiana en el siglo XXI. Primero, existe la idea de la humildad, el darse cuenta de que uno no sabe todo lo que se ha de saber sobre lo que es bueno para el otro –el rechazo de todas las ideologías con visiones rígidas sobre el mundo, ideologías que quisieran superponerse a la realidad. Además, la historia manifiesta un enfoque bastante pragmático, que ha sido siempre una de las características de las políticas de la Democracia Cristiana. Una práctica política que aspira a responder a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, y que debe ser capaz de adaptarse. Los políticos no deben conformarse con las respuestas que encontraron en el pasado, más bien deben reaccionar ante los nuevos problemas y encontrar nuevas soluciones. Esto es algo que estamos viendo ahora en la crisis del euro, donde las personas buscan orientación y esperan respuestas a sus legítimas preguntas.

A su vez, la práctica política de la Democracia Cristiana está esencialmente fundamentada en una visión cristiana de la humanidad, algo cada vez más importante en un tiempo en el que pocas áreas de la vida son capaces de resistir las fuertes presiones de los mercados económicos. Estoy seguro de que las políticas demócrata-cristianas aportan respuestas importantes ante el riesgo de que todo acabe determinado por las reglas económicas. Existen valores más allá de la economía. Y lo vemos en lo que se refiere a asuntos relacionados con la bioética, los derechos humanos, la política educativa, la protección de las celebraciones religiosas, o la familia, por mencionar solo unas pocas áreas. 


Mantener el equilibrio entre libertad y responsabilidad es una parte esencial de lo que la “C” de Democracia Cristiana quiere significar. Todo individuo dentro del estado debe ser, en primera estancia, responsable de su propia vida. Y cada ciudadano debe tener garantizada la mayor libertad posible a la hora de ejercer esta responsabilidad. Una esfera privada que viene complementada por la familia, los amigos, o iniciativas privadas como clubs y asociaciones. El estado debe facilitar y promover estos esfuerzos. Pero además somos seres sociales, incapaces de sobrevivir aislados, y en términos concretos esto significa que la actividad emprendedora no debe estar encadenada con un exceso de normas, tasas o gravámenes. También significa que el objetivo de un estado cimentado en la asistencia social debe de estar al lado de aquellos que requieren su ayuda para lograr que recuperen su autonomía cuanto antes.


No podemos reducir la libertad a un mero concepto. Las condiciones sociales pueden significar a menudo que la libertad que en teoría existe, en la realidad no permita a las personas vivir su vida libremente. Por eso es oportuno e importante crear oportunidades para todos los ciudadanos. Oportunidades para obtener unos buenos resultados académicos y lograr un empleo. Así todos, en el marco de seguridad ofrecido por el estado, serán capaces de perseguir y lograr la felicidad. Lo que se requiere no es una completa igualdad en los ingresos, sino las mismas oportunidades para todos. Algunas personas nacen en la cima de la montaña, otras en el valle. Algunas personas tienen facilidad para progresar, mientras que otras necesitan de un mayor esfuerzo. Pero lo importante es conseguir que no existan obstáculos injustos que bloqueen el camino de la persona.

2 de julio de 2012

En defensa de la política

Por Jordi Pérez Colomé

La penúltima etapa de la crisis económica de España ha sido el rescate bancario. El dinero europeo ha ido en el caso español –de momento– a los bancos. Después de los rescates de los gobiernos de Grecia, Irlanda y Portugal, en España la administración ya había hecho algunos deberes e impuesto medidas –más o menos acertadas– para paliar daños futuros. Es difícil saber ahora qué pasará. Cuando escribo no lo parece, pero la situación por supuesto puede aún empeorar y que todo esto no sirva para nada. Por ahora es indudable que los directivos de varios bancos gestionaron mal sus empresas y ahora necesitan más ayuda que el gobierno. Los bancos son más importantes para un país que sus fabricantes de coches, por ejemplo. Algunos banqueros creyeron que jugaban con red y sus errores deben ahora arreglarlos otros.

No sé qué responsabilidad deben asumir los directivos de las entidades que arriesgaron más de la cuenta. Pero sí me parece que el trabajo de los políticos está peor pagado y es más difícil. Políticos y banqueros coinciden en algo: ninguno de los dos gestiona su dinero. Los descalabros son así menos dolorosos. Pero el político debe salir a menudo a explicar por qué ha hecho algo. Como es lógico, intentará disimular y decir medias verdades para que creamos sus argumentos y demos menos importancia a sus errores. Pero podrá disimular solo un rato. Al final los hechos se imponen.


No todos los políticos son honestos, pero su labor de representación política es indispensable en una democracia. Como en otros oficios, para ser político hay que tener un carácter particular. Así que es de agradecer que se dediquen a esto quienes tienen capacidad de servicio público, ganas de notoriedad y convicción fuerte para defender unas ideas. Ya he contado aquí otras veces que el modo de seleccionar políticos que tienen los partidos no es el mejor. Cuenta aún demasiado el trabajo y las amistades en pasillos para subir. Los partidos españoles no son plataformas para que los individuos que quieran entren en la vida pública, son más bien empresas públicas que escogen a sus jefes con criterios confusos. Pero la apertura de los partidos es otro debate.


Los ciudadanos tienen todo el derecho a criticar a los políticos porque les pagan; son sus jefes. Pero los políticos merecen el respeto de alguien que hace un trabajo que todos podrían escoger, pero por lo que sea han preferido otro camino. En mi caso, el periodismo se adapta mejor a mi manera de ser. He sentido pocas veces la pasión necesaria por una idea como para debatir en público en su favor. Hace años charlaba sobre un conocido que empezaba a meterse en política con Lorenzo Gomis, fundador y director de esta revista durante medio siglo. Hablábamos de sus méritos y motivos. Había algo que hizo concluir a Lorenzo que “ni tú ni yo nos dedicaremos nunca a la política”. Él cumplió y yo voy por el camino.


La política es el arte necesario para mantener el poder. Cuando no hay política, el poder se reparte con otros medios: la violencia es el más común. Algunos dictadores defienden su labor como los que han acabado con la “lacra” de los políticos y sus trampas y corruptelas. Estoy ahora unos días en Egipto para ver de cerca la transición. No hay mejor laboratorio para ver la rudeza de la política que un país que debe ensuciarse en los pasillos de la política tras una revolución llena de pureza. Tras la salida de Hosni Mubarak, los pilares del antiguo régimen se han recolocado para mantener el poder. Pero ya no están solos: el islam político y los jóvenes revolucionarios tratan de comerles el terreno. Es el turno de la política y es mejor que lo que había antes. En Egipto la democracia es endeble porque la tradición es débil y el modo de lograr votos roza lo ilegal. En España en la transición hubo momentos similares.


He hablado estos días con un joven egipcio metido en un partido político. Lamentaba lo difícil que es cambiar una sociedad como la egipcia. Tenía prisa por mejorar el país: eliminar subsidios, mejorar la educación, montar una base fiscal sólida, castigar el acoso a las mujeres. Todas sus medidas eran razonables. Me preguntó por qué había surgido un movimiento como el 15M en España. Le dije que hay mucha gente descontenta con el modo de hacer política, aunque no luchaban por una petición única como en la revolución egipcia contra Mubarak. “¿Entonces cambiar las cosas en democracia también es tan lento y difícil, solo puedes votar cada cuatro años?” Parece que sí.


A pesar de todo esto, la política y sus fallos es la mejor alternativa que tenemos. Es el modo más eficaz de ver que una sociedad está formada por gente distinta y que todos tienen en algún momento sus opciones de mandar. Habrá mejores alternativas quizá en el futuro, pero mejor no soñar mucho. Las mejores democracias del mundo –Reino Unido, Estados Unidos, Escandinavia, Suiza– no son lugares ideales. Es bonito esforzarse en mejorar el sistema que nos gobierna, pero es útil no olvidar que es lo más delicado que hemos creado.

26 de junio de 2012

El polar y los bandidos

Por Manuel Quinto


La novela y el cine negro franceses, ambos conocidos como polar, surgen después de la Segunda Guerra Mundial por la influencia del hard boiled americano de Hammett y Chandler, del ambiente de la música de jazz y del cine hollywoodiense realista de los 40. Sin embargo, la cultura francesa tenía ya sus propias raíces en los folletines de Dumas, Sue y Féval, las famosas Memorias de Vidocq, el Monsieur Lecocq de Emile Gaboriau y, en cuanto al cine, el realismo lírico de Carné-Prévert-Gabin y films como Pépé, le Moko de Duvivier o El crimen de monsieur Lange, de Jean Renoir. La nouvelle vague, heredera de la política de autores y de las reivindicaciones de la revista Cahiers du Cinéma, demostró una gran pasión por el género, palpable en algunas destacadas realizaciones de sus jefes de fila Godard, Truffaut y, sobre todo, Claude Chabrol, mientras que se popularizaban las cintas diríamos de serie B protagonizadas por Eddie Constantine. A partir de los años 60, con el estrellato rutilante de Delon, Ventura, Belmondo y Montand, el cine francés nos ofrece obras que hoy en día son clásicos incontestables de la mano de Jean Pierre Melville, Jean Pierre Mocky, Jacques Becker o Bertrand Tavernier.
 

Si la crónica gangsteril americana se fundamenta en la época de la Ley Seca, luego en la Depresión y finalmente en el auge del narcotráfico, la correspondiente a Francia tiene sus raíces en el anarquismo de principios de siglo, las consecuencias de la colaboración con el régimen nazi y más tarde con la deriva de los pied-noirs y los harkis tras la guerra de Argelia. Películas que se han basado en la biografía de famosos fuera de la ley en el país galo han sido, a guisa de ejemplos, La bande a Bonnot (1968), de Philippe Fourastié, sobre Jules Bonnot, atracador anarquista muerto por la policía en Choisy-le-Roi en abril de 1912; la pareja de bandidos formada por Abel Danos y Raymond Naldi, que sirvieron de modelo en A todo riesgo (1960), primer film de Claude Sautet, con Lino Ventura y Jean Paul Belmondo; los elegantes Paul Carbone y François Spirito ilustraron la demasiado mitificadota Borsalino (1970), de Jacques Deray, que volvió para cuidar, esta vez con descarnado realismo, de las andanzas criminales de Emile Buisson, acusado de 30 asesinatos y 100 atracos y guillotinado en 1956, en Flic Story (1975), según el libro de Roger Borniche, el joven inspector de la Sureté que logró detenerlo.
 

Siguiendo esta elección de materiales, se ha estrenado ahora Les Lyonnais de Oliver Marchal, un director que fue él mismo policía, que se desligó del cuerpo para ser actor y guionista de la televisión y que luego se ha dedicado abiertamente a fundir sus experiencias en el campo del “polar”. Sus películas anteriores vistas en España fueron Asuntos pendientes (2004), nueva versión de Quai des Orfèvres, que Henri Georges Cluzot rodó en 1947, y MR 73 (2008), historia de un policía marsellés traumatizado por la muerte de su esposa e hija, que debe enfrentarse a un asesino en serie, además de a sus propios demonios.
 

Les Lyonnais cuenta en dos tiempos, pasado y presente, la historia del gitano Edmond Vidal, conocido por Momon, que junto con su inseparable compañero Serge Suttel lideraron una banda que perpetró numerosos atracos en la región lionesa a principios de los 70. El presente de Momon es el de un hombre en la sesentena, padre y abuelo, que se ha retirado de los affaires y pretende vivir una existencia tranquila con su familia y fieles amigos. La irrupción de Serge en sus planes despierta su sentido de la amistad y la solidaridad, lo que le lleva a preparar la fuga de su antiguo compañero de fechorías, que ha seguido fuera de la ley y que ha mantenido nuevos lazos con peligrosos individuos con los que tiene deudas que pagar. El pasado, servido en rápidos flash-backs con textura fotográfica diferente, nos permite ver la trayectoria juvenil de Vidal y Suttel, desde que fueron a la cárcel por un robo de cerezas, hasta sus más osados golpes en establecimientos bancarios. La combinación de estas dos intersecciones temporales traza las líneas maestras de la evolución de uno y otro, hasta propiciar un desenlace de fuerza shakesperiana.
 

Marchal logra una buena película, porque no olvida las enseñanzas de los clásicos. Es trágico como Coppola, crepuscular como Peckimpah, otorga primacía al destino como Lang y, bajando un escalón, se ambienta en los ecos de José Giovanni, novelista y director, que fue condenado a muerte y amnistiado y del que podemos señalar un precedente en su Le Gitan (1975), protagonizado por Alain Delon.

5 de junio de 2012

La Europa federal, una necesidad

Por Toni Comín


¿Qué Europa para el 2051? Si respondiésemos a esta pregunta con espíritu idealista, simplemente explicaríamos la Europa que soñamos, más allá de su viabilidad –un ejercicio probablemente encomiable, pero de un interés bastante limitado. Y si nos limitamos a contestar desde el estricto realismo, acabaremos por hacer un mero ejercicio de prospectiva, como si fuésemos meros espectadores de la historia, como si el futuro no fuese con nosotros. Pero la historia la hacen los hombres y, en parte, la hacen gracias a sus sueños. Por esto, intentemos enfrentarnos a tan trascendental interrogante con suficiente realismo como para plantear una Europa posible, pero con suficiente idealismo como para dibujar una Europa deseada y necesaria.
 

¿Dónde estamos ahora mismo? Esta crisis nos ha confirmado aquello que algunos –ni muchos– ya advirtieron cuando Maastricht: que no hay moneda que dure cien años sin un gobierno que la respalde. El gobierno económico de la eurozona es una condición indispensable para la supervivencia de la moneda única y, en consecuencia, de la Unión Europea (UE) como proyecto político. No hay zona monetaria sostenible si los países que la integran articulan entre ellos una relación de competencia fiscal.
 

El mal llamado “pacto fiscal” hoy en proceso de ratificación –ése que Hollande quiere renegociar y que mejor habría que llamar “pacto presupuestario”– prohíbe a los Estados de la UE los déficit estructurales. Para asegurar su cumplimiento, le otorga a la Comisión Europea una función de vigilancia que, en la práctica, viene a ser un derecho de veto sobre los presupuestos estatales. Pues bien, ¿son estos nuevos poderes de la Comisión meramente “técnicos” o deberíamos reconocer que tienen un calado indiscutiblemente político? Si a un poder eminentemente técnico le ha correspondido, hasta hoy, una legitimidad indirecta, ¿un poder fundamentalmente político, no debería ir aparejado a una legitimidad directa? Y en democracia –no nos fuéramos a despistar– la legitimidad directa solo puede provenir del sufragio universal.
 

Para acabarlo de arreglar, las políticas fiscales siguen siendo de competencia nacional, lo cual, contra lo que parece, no es una garantía de soberanía fiscal sino todo lo contrario: una puerta abierta a que tu política fiscal dependa de la que hace tu vecino. La UE ha optado por coordinar los gastos, pero no los ingresos, al menos de momento: mala fórmula. Los gobiernos nacionales no deberían haber aceptado de ningún modo el corsé presupuestario sin avanzar simultáneamente en la armonización fiscal: solo deberían comprometerse a no gastar más de lo que ingresan si tienen un mínimo control sobre lo que ingresan.
 

Pero, de aceptarse una verdadera integración fiscal, ¿quién debería decidir sobre esta hipotética política fiscal común? ¿Qué institución tiene hoy en la UE suficiente legitimidad para hacerlo, si no nos olvidamos de la vieja proclama de la revolución norteamericana según la cual “no taxation without representation”?
 

Hoy, como la Comisión no puede ejercer de verdadero gobierno económico europeo –porque, repetimos, no dispone de suficiente legitimidad para ello– es el Consejo Europeo quien lo intenta. Pero allí unos mandan más que otros: Alemania hace las veces de “gobierno económico de todos”, aunque, lógicamente, lo hace pensando básicamente en Alemania, más que en los intereses de la UE en su conjunto.
 

Añadamos a todo esto que hoy la respuesta de la política ante los mercados financieros, tan dados al efecto contagio y a las dinámicas especulativas, requiere de una capacidad de reacción si no inmediata si muy veloz. Y la regla de la unanimidad que rige en muchos asuntos en el Consejo Europeo impide demasiado a menudo actuar con la diligencia requerida por parte de los gobiernos. Si poner de acuerdo a todos exige un tiempo del que, cuando arrecian las crisis financieras, no se puede disponer, entonces alguien tendría que decidir con suficiente celeridad aunque no se haya fraguado un consenso. Pero, de nuevo, acecha la misma pregunta: ¿Quién tiene hoy la legitimidad para decidir por encima de la voluntad de los Estados miembros?
 

Estas razones –y no son todas– justifican el título que encabeza estas líneas: el tránsito de una UE confederal como la que tenemos hoy a una UE federal ha dejado de ser ya el sueño más o menos bienintencionado de algunos europeístas, para convertirse en una necesidad perentoria si queremos que la Unión –y hasta el euro mismo– sigan adelante. Una Europa federal que, aproximadamente, quiere decir lo que sigue:
 

1. Que la Comisión devenga un verdadero gobierno europeo, elegido democráticamente por los ciudadanos de la Unión, ya sea por medio de un sistema presidencialista o, casi mejor, de un sistema parlamentario –como el que rige hoy en España, Italia o Alemania, por poner algunos ejemplos. Y que, por lo tanto, este órgano –una vez disponga de legitimidad democrática directa– concentre todo el poder ejecutivo, que hoy comparte con el Consejo Europeo.
 

2. Que el Consejo Europeo renuncie a todos sus poderes ejecutivos y se convierta en una Cámara legislativa: una Cámara Alta o Senado, entendida como una cámara de representación territorial –un poco a la manera del Bundesrat alemán-. Este Senado de los Estados co-legislaría junto al Parlamento europeo.
 

3. Que el Parlamento adquiera plenas funciones legislativas, es decir, que su intervención sea determinante para la probación de las leyes que rigen el conjunto de la UE. Para ello, necesitamos partidos europeos, elecciones al Parlamento verdaderamente transnacionales, con listas electorales paneuropeas, lideradas por candidatos comunes, que optarían –siguiendo la lógica de los regímenes parlamentarios– a la presidencia de la Comisión.
 

Este es el cambio fundamental que, a nuestro parecer, Europa necesita para mucho antes del año 2051. Luego hay otros capítulos de trascendental importancia: cómo debería y podría ser la Unión en lo que concierne a la organización de su plurinacionalidad y pluriculturalidad interna: la Europa federal será plurinacional o no será; en su política exterior y de defensa: como agente de paz internacional; su papel en los organismos económicos y sociales internacionales: como agente de cooperación y de gobernanza de la economía global; y en la esfera ambiental: como vanguardia en el desarrollo de las energías renovables. Capítulos, todos ellos, sobre los que discurriremos en el futuro.

21 de marzo de 2012

Acerca del genocidio armenio

Por Carlos Eymar 


“Moi je suis de ce peuple
qui dort sans sépulture
que a choisi de mourir
sans abdiquer sa foi”

(Charles Aznavour, Ils sont tombés)



Muchos franceses de origen armenio, como Aznavour, han venido empujando en la misma dirección. Pero la reciente aprobación por el Senado francés de un proyecto de ley que penaliza la negación del genocidio armenio en 1915, a manos del imperio otomano, ha desencadenado un verdadero conflicto diplomático. Turquía ha calificado el hecho de irresponsable y racista, ha negado su autorización para el sobrevuelo de aviones militares franceses en su espacio aéreo, y ha amenazado con retirar a su embajador en París y romper acuerdos comerciales y de cooperación con Francia. Muchos turcos se ejercitan en una especie de videojuego, colgado en la red, consistente en abofetear la imagen de Sarkozy. Los armenios, de Armenia o de la diáspora, que han visto reconocida una vieja aspiración, están eufóricos y han comenzado a bautizar a sus hijos con el nombre del presidente francés. 

A las críticas de los turcos hay que añadir las de algunos historiadores que han rechazado la posibilidad de que un Estado democrático pueda proclamar verdades oficiales en cuestiones históricas que se consideran problemáticas. Por otra parte, algunos han puesto de manifiesto que Francia no puede dar lecciones a nadie en materia de genocidio y, en este sentido, hablan de un genocidio en Argelia o resucitan las masacres cometidas por los revolucionarios franceses en La Vendée, en 1794.

Por lo que yo sé, confiando en algunos historiadores como Yves Ternon, lo visto en algunos documentales y el testimonio verosímil de algunos armenios de la diáspora, no tengo duda de que los hechos ocurridos en la península de Anatolia, a partir del 24 de abril de 1915, se ajustan perfectamente a lo definido en la Convención de 1948 sobre la represión del delito de genocidio. Las notas diplomáticas de embajadores y cónsules están ahí para dar cuenta de aquella situación de masacres y de sometimiento de los armenios a condiciones extremas de existencia orientadas a su exterminio. Tan solo, debido a la ausencia o inexactitud de los censos, hay divergencias en cuanto a la cuantía de las víctimas, oscilando desde las 300.000, reconocidas por los propios turcos, hasta los dos millones.

Más preocupante que la ley francesa es la ley turca que condena a quien afirme la existencia del genocidio armenio y ahí está la figura de Orhan Pamuk para testimoniar que esa ley es algo más que papel mojado.

La negación del genocidio implica, en el fondo, un sentimiento de continuidad, de herencia espiritual, con respecto a aquellos Jóvenes Turcos que, a partir de 1910, adoptaron una actitud nacionalista e islámica que se cebó en los armenios. Pues, la principal seña de identidad de éstos era la de ser portadores de uno de los más viejos cristianismos del mundo, que algunos hacen remontar a San Bartolomé y que cuenta con una valiosa tradición espiritual en la que se incluyen místicos universalmente reconocidos como Gregorio de Nareck, en el siglo x. El actual recrudecimiento de la persecución a cristianos en países islámicos, como Nigeria o Pakistán, suele acompañarse de la complaciente banalización de conductas atribuidas a “grupos incontrolados”, que es, por otra parte, uno de los argumentos utilizados para negar el genocidio armenio. Por eso, reconocer su existencia, aunque sea en la islámicamente moderada Turquía, es no solo un acto de respeto a los muertos, sino una forma de reivindicar la tradición del racionalismo musulmán capaz de integrarse en Europa.

En cuanto al valor de la ley francesa comparto el criterio de Bernard-Henry Lévy acerca de que no se puede mezclar todo y de que se trata de legislar solo sobre genocidio y de sancionar a quienes, negándolo, amplifican y perpetúan el gesto genocida. Porque genocidios (macrogenocidios) solo ha habido cuatro en el siglo xx: el de los armenios, el de los judíos, el de los camboyanos y el de los tutsis.

13 de marzo de 2012

Aunque la banca se vista de seda

Por Carlos Sánchez*

El negocio bancario consiste en reunir dinero de unos para prestárselo a otros. Mientras lo tengo y no lo presto trato de obtener el máximo beneficio, invirtiéndolo en productos financieros rentables y seguros. Es una actividad tan antigua como el hombre pues antes de que existiera el dinero físico ya se llevaba a cabo en especie.



Los bancos no nos caen demasiado bien. La sociedad en general los suele ver –no digo que lo sean– como una especie de usureros con corbata, que jamás pierden, ni arriesgan y que siempre ganan. La percepción de que hacen un uso desmesurado de su enorme poder y la desproporción entre sus derechos y los de un ciudadano de a pie, no ayuda a que se valore su utilidad. De hecho, sus beneficios continúan siendo una inmoralidad en el marasmo de escasez que nos rodea. Además, suelen ser fríos, calculadores, deshumanizados e implacables. Especialmente –aunque no únicamente– ante quienes no pueden devolverles sus préstamos. Ellos lo compensan con muchas sonrisas y con una imagen televisiva que trata de representarlos como algo próximo a la gente de a pie. Por lo demás, son un auténtico lobby y mandan mucho más que la mayoría de políticos de primer nivel. Hoy en día, dicha supremacía está fuera de toda duda, incluso para los más acérrimos defensores del sistema bancario.

El desastre económico en el que nos hallamos inmersos fue desencadenado por la banca. Y como la banca está por encima de la política y de los gobiernos, ha recibido ayudas vergonzosas de fondos que, a su vez, salen de los impuestos de los ciudadanos que se han quedado sin los créditos que la banca otorga. O sea, que la burla hacia la sociedad no puede ser mayor. La banca la ha humillado por este motivo y también por utilizar parte de estos fondos, en demasiadas ocasiones, enriqueciendo (de nuevo sin ningún rubor ni moral) a sus directivos, tal y como se ha ido sabiendo en decenas de ocasiones a través de la prensa. 

¿Podríamos decir que todo este negocio bancario es una inmoralidad? Bueno, no sé si es la palabra exacta pero a primera vista no parece un negocio muy equilibrado y ético. Por lo menos, una parte de él. Su actividad es legal, por descontado, pero no siempre justa a los ojos de la sociedad. Ni por asomo. 

Entonces, ¿qué es la “banca ética”? Pues exactamente lo mismo que se acaba de explicar. 

La diferencia estriba en que esa banca se compromete a no invertir fondos en armamento, tráfico de personas, drogas, ni actividades que maltraten nuestro entorno natural. ¡Ah! ¡Bueno! ¡Menos mal! Ciertamente es una buena noticia. Y el mundo es mejor si algunos bancos se comprometen a esto (y lo cumplen). 

Hablo de bancos; no de oenegés que tratan de humanizar la actividad financiera. Que las hay. 

Pero yo no sé qué pinta un banco que ejerce de banco a todos los efectos, que hace el mismo negocio, que es igual de implacable y frío, que tiene las mismas regulaciones que el resto de bancos (controladas por el mismo Banco de España), que debe tomar las mismas medidas que los demás en materia de seguridad y exigencia ante sus riesgos y que debe obtener el máximo beneficio cada año; no sé qué pinta, insisto, en medio de este escenario diciendo: “¡Eh! Que yo soy diferente. Yo no invierto en armas… Yo soy ético”. ¡Sólo faltaría! la ética es muchísimo más. 

Para empezar, la propia definición convierte en “no éticos” al resto de bancos. Mal vamos. En realidad, tal vez lo que esté equivocado sea el nombre y a esta clase de bancos se les debería llamar “banca menos inmoral”. No se puede jugar dentro del sistema y con sus armas, argumentando que se está “un poco fuera del sistema” y dejando entrever, como argumento comercial, que el resto de los de tu sector son menos éticos que tú: seguimos yendo mal. Francamente desalentador.

*Pseudónimo de un director de ong. Pidió el anonimato para no perjudicar a su entidad.