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7 de noviembre de 2012

¿El Estado de bienestar se ha acabado?

Por Santiago Niño Becerra
 
Tal y como lo hemos conocido sí. La razón es simple: ya no es necesario. De entrada una puntualización: entiendo por Modelo de Protección Social (MPS) lo que coloquialmente se conoce como “Estado de bienestar”, ya que es un estado en el que la economía mundial entró tras la Depresión siendo aquel uno de los ingredientes y consecuencias de éste. Bien, decía que ya no es necesario: el MPS se puso en marcha por tres razones: 1) porque brindaba soportes a una clase obrera miserizada tras un siglo de revolución industrial, dos crisis sistémicas y tres guerras terribles a fin de evitar que escuchase propagandas que llegaban del otro lado; 2) porque si esa clase obrera se sentía protegida rendiría más y consumiría más en un entorno de productividad y producción creciente (el MPS ha ido asociado a la eclosión de la clase media y a su razón de ser: el pleno empleo), y; 3) porque el MPS ayudaba a generar PIB y por sí mismo lo generaba. 

Hoy ya no llegan propagandas del otro lado, fundamentalmente porque solo hay un lado. El objetivo ya no es producir más, sino lo que haga falta recurriendo a una tecnología que cada vez es más sofisticada, más barata y más fácil de utilizar lo que hace que la productividad sea el objetivo a lograr, una productividad que ahorra factores, entre ellos el trabajo, con lo que el desempleo estructural crece y la clase media pierde su razón de ser. Y, además, generar PIB por generarlo ya no tiene sentido: el PIB tiene que ser eficiente y conveniente.

Si el motivo de ser del MPS ya no es y sus consecuencias ya han dejado de ser, el MPS deja de ser necesario así como sus corolarios, por ejemplo la redistribución. Y claro, como el MPS se encuadra en el Estado de bienestar en el que el mundo entró, ello se ve reflejado en la situación de escasez en el que ahora y, pienso, durante mucho tiempo el planeta va a estar instalado. Lo que se halla vinculado con el balance entre población y recursos; pero eso es otra historia.

2 de octubre de 2012

Prato, en la Toscana

Por Pere Escorsa
 
La región Toscana es famosa por ser una de las principales cunas del Renacimiento. Cuenta con ciudades bellísimas como Florencia, Pisa o Siena. En Toscana trabajaron genios como Leonardo da Vinci y Miguel Ángel. No lejos de Florencia se halla la ciudad de Prato, poco turística, con unos 200.000 habitantes, que desde hace siglos ha sido la capital de la industria textil italiana, especialmente en el sector lanero. Tradicionalmente Prato era conocida por su habilidad en el aprovechamiento de  retales de lana.
 

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las principales empresas de Prato fueron destruidas por los alemanes o quebraron. Entonces, una multitud de trabajadores del ramo crearon pequeñas empresas, la mayoría con menos de diez obreros, que pronto se especializaron en una fase o subfase del proceso productivo (hilatura, tejido, confección) dando origen a un entramado de empresas que conjuntamente abarcaban todo el ciclo productivo. Esta concentración de empresas del mismo sector en un territorio se denomina distrito industrial –distretto– posteriormente llamado también cluster. En otros sectores italianos, como el calzado, la madera y el mueble, la cerámica o la joyería, aparecieron distretti similares. Emilia Romagna es otra región que cuenta con numerosos distritos.  Hace años trabajé como experto de la Comisión Europea en un proyecto de coordinación de las empresas de la provincia de Pisa. Recuerdo todavía acaloradas discusiones con los empresarios del distrito del mueble de Cascina, cerca de Pisa. 
 

Durante el período 1950-1980, el distrito vivió una gran prosperidad. En Prato se contabilizaban 15.000 telares. La calidad de los tejidos fue aumentando gradualmente, con un mayor contenido de lana virgen. Algunas empresas producían productos sofisticados de cachemira, alpaca o mohair. Se exportaba a los mercados ricos de Alemania, Inglaterra, Francia o Estados Unidos. En 1982 Prato exportó el 75 por ciento de su producción.
 

Pero en los años 90 del pasado siglo comenzaron a observarse señales de que el distrito pratense se estaba desintegrando. Algunas de sus empresas comenzaron a deslocalizarse al exterior (Europa del este, sudeste asiático). Otras utilizaron proveedores de países de mano de obra barata, en lugar de sus tradicionales suministradores locales. Algunas grandes multinacionales comenzaron a comprar empresas del distrito. Aparecieron discretamente pequeñas empresas chinas dedicadas a la confección. Aumentó el uso de servicios prestados por empresas exteriares a Prato, tales como diseño, calidad, estudios de mercado, informática, etc.
 

El distrito fue perdiendo su carácter autosuficiente.
 

En la primera década de este siglo se evidenció algo más grave. Las ventas en los mercados tradicionales exteriores comenzaron a disminuir, incluso en Alemania, debido a la presencia creciente de competidores asiáticos que vendían productos de menor calidad  pero a un precio mucho más bajo. En los años 90 China había entrado en la Organización Mundial del Comercio y se permitió que sus productos invadieran Occidente. Muchas empresas de Prato quebraron.
 

Edoardo Nesi, empresario de tercera generación que tuvo que cerrar su empresa, relata la experiencia en su libro La historia de mi gente (Salamandra, 2012). Muchos telares fueron vendidos a precios de saldo y acabarán en India o Pakistán. Los locales que dejaron las empresas quebradas fueron ocupadas progresivamente por inmigrantes clandestinos chinos que confeccionan prendas con tejidos importados de China y las etiquetan como Made in Italy. Los trabajadores duermen en los propios talleres, al pie de las máquinas de coser, en un ambiente de gran suciedad. Cobran poco, pero mucho más que en la China profunda de donde proceden, en que ganaban unos ocho dólares al mes. No hablan ni una palabra de italiano. De vez en cuando las redadas policiales expulsan a inmigrantes indocumentados, que son sustituidos inmediatamente.
 

Alguien debería escribir lo que sucede en los distritos españoles del calzado en Elche y Elda, de las alfombras en Crevillente, del mueble en La Sènia, de la cerámica en Onda, Villareal, l’Alcora o Nules, y en muchos otros.
 

Son las consecuencias de la globalización.

16 de julio de 2012

Qué ha sucedido con la Democracia Cristiana

Por Günter Krings

El Papa Benedicto XVI dio el año pasado un discurso impactante en el Bundestag, durante su visita a Alemania. Empezó relatando una historia preciosa del Antiguo Testamento, la del joven rey Salomón y su ascensión al trono. Dios le concedió un deseo, y Salomón no quiso bienestar, ni una vida longeva, tampoco la muerte para sus enemigos. Deseó conocimiento, poder juzgar a su pueblo con el corazón, y liderarlos con justicia.

Esta historia tal vez contenga las ideas fundamentales que asientan los cimientos de la política demócrata-cristiana en el siglo XXI. Primero, existe la idea de la humildad, el darse cuenta de que uno no sabe todo lo que se ha de saber sobre lo que es bueno para el otro –el rechazo de todas las ideologías con visiones rígidas sobre el mundo, ideologías que quisieran superponerse a la realidad. Además, la historia manifiesta un enfoque bastante pragmático, que ha sido siempre una de las características de las políticas de la Democracia Cristiana. Una práctica política que aspira a responder a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, y que debe ser capaz de adaptarse. Los políticos no deben conformarse con las respuestas que encontraron en el pasado, más bien deben reaccionar ante los nuevos problemas y encontrar nuevas soluciones. Esto es algo que estamos viendo ahora en la crisis del euro, donde las personas buscan orientación y esperan respuestas a sus legítimas preguntas.

A su vez, la práctica política de la Democracia Cristiana está esencialmente fundamentada en una visión cristiana de la humanidad, algo cada vez más importante en un tiempo en el que pocas áreas de la vida son capaces de resistir las fuertes presiones de los mercados económicos. Estoy seguro de que las políticas demócrata-cristianas aportan respuestas importantes ante el riesgo de que todo acabe determinado por las reglas económicas. Existen valores más allá de la economía. Y lo vemos en lo que se refiere a asuntos relacionados con la bioética, los derechos humanos, la política educativa, la protección de las celebraciones religiosas, o la familia, por mencionar solo unas pocas áreas. 


Mantener el equilibrio entre libertad y responsabilidad es una parte esencial de lo que la “C” de Democracia Cristiana quiere significar. Todo individuo dentro del estado debe ser, en primera estancia, responsable de su propia vida. Y cada ciudadano debe tener garantizada la mayor libertad posible a la hora de ejercer esta responsabilidad. Una esfera privada que viene complementada por la familia, los amigos, o iniciativas privadas como clubs y asociaciones. El estado debe facilitar y promover estos esfuerzos. Pero además somos seres sociales, incapaces de sobrevivir aislados, y en términos concretos esto significa que la actividad emprendedora no debe estar encadenada con un exceso de normas, tasas o gravámenes. También significa que el objetivo de un estado cimentado en la asistencia social debe de estar al lado de aquellos que requieren su ayuda para lograr que recuperen su autonomía cuanto antes.


No podemos reducir la libertad a un mero concepto. Las condiciones sociales pueden significar a menudo que la libertad que en teoría existe, en la realidad no permita a las personas vivir su vida libremente. Por eso es oportuno e importante crear oportunidades para todos los ciudadanos. Oportunidades para obtener unos buenos resultados académicos y lograr un empleo. Así todos, en el marco de seguridad ofrecido por el estado, serán capaces de perseguir y lograr la felicidad. Lo que se requiere no es una completa igualdad en los ingresos, sino las mismas oportunidades para todos. Algunas personas nacen en la cima de la montaña, otras en el valle. Algunas personas tienen facilidad para progresar, mientras que otras necesitan de un mayor esfuerzo. Pero lo importante es conseguir que no existan obstáculos injustos que bloqueen el camino de la persona.

10 de abril de 2012

El día que Jesús salió del metro

Por Pedro Miguel Lamet

Cuando salió de la estación del metro, la plaza estaba abarrotada por una gran multitud que quería verle y escucharle. Se subían a las farolas y encima de los coches. En su mayoría eran parados, inmigrantes y marginados de toda clase, edad y condición, que se abalanzaban sobre él con súplicas y lamentos.
 

–¡Mira, Maestro, cómo estamos, ni uno de la familia tiene trabajo!
–Ayúdame, Jesús. Estoy sin papeles –le gritó un joven negro.
–¡Te necesito! –exclamó una mujer de la calle.
 

Los discípulos tenían que apartar a la gente y abrirle camino hasta un parque cercano, donde mandó a todos sentarse en el suelo.
 

Y les habló de esta manera:
 

“Venid a mí todos los que estáis angustiados y sobrecargados con la crisis, soledad y falta de sentido en la vida, porque yo os aliviaré, que soy manso y humilde de corazón. No temáis, porque en mi reino los últimos son los primeros y los primeros últimos. No hagáis como los políticos que os engañan como encantadores de serpientes, mienten para ganar las elecciones, os prometen quitaros los impuestos, y en cuanto están en el poder recortan vuestros sueldo y os cargan con pesos insoportables.
 

”Tampoco os fieis de tantos predicadores que dicen hablar en mi nombre y no cumplen lo que proclaman o convierten sus iglesias en guetos exclusivos, reducen la religión a un montón de normas, y se olvidan del corazón del hombre, mi verdadero templo. No hagáis como los banqueros que especulan con el dinero de los pobres y, después de haberles cobrado por un piso durante toda la vida, cuando vienen las vacas flacas y les es imposible seguir pagando, se quedan con lo cobrado y con el piso. Ni como los corruptos de la Administración que, después de elegidos para servir al pueblo, se apropian del dinero público en propio beneficio.
 

”Vosotros no pongáis vuestro corazón en el dinero, ni en la cuenta corriente, ni en los bonos del Estado o vuestro plan de pensiones, sino en ese tesoro escondido y la piedra preciosa que nadie os puede arrancar ni robar. Amad a vuestros enemigos y luchad por la paz y la justicia en el mundo.
 

Ser auténticos hoy día supone llevar una gran cruz. Pero no os preocupéis, que yo la he vivido primero y camino codo con codo a vuestro lado. Luchad por la conservación de este planeta que mi Padre sembró de ríos, mares, montañas, frutos y animales. Y ahora lo estáis convirtiendo en un lodazal. Repartíos y multiplicad equitativamente los bienes de esta Tierra como yo hice con los panes y los peces. Cambiad vuestro conceptos de ‘realización’ o ‘felicidad’, que está no en el poder, la fama y el éxito, sino en el despertar por dentro, en el “ser” y no en el poseer. No aplastéis a las mujeres ni explotéis a los niños, pues yo me rodeé de ellos. Amaos los unos a los otros y buscad el reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura.”
 

Así dijo. La gente empezó a aplaudir y cantar. Pero de pronto se presentaron los antidisturbios alegando que aquella manifestación era ilegal, y porque alguien había soplado que era una concentración de inmigrantes sin papeles. Cuando iban a detenerle, Jesús se escabulló entre la multitud. Alguien comentó:
 

–Habla como quien tiene autoridad.