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5 de junio de 2012

La Europa federal, una necesidad

Por Toni Comín


¿Qué Europa para el 2051? Si respondiésemos a esta pregunta con espíritu idealista, simplemente explicaríamos la Europa que soñamos, más allá de su viabilidad –un ejercicio probablemente encomiable, pero de un interés bastante limitado. Y si nos limitamos a contestar desde el estricto realismo, acabaremos por hacer un mero ejercicio de prospectiva, como si fuésemos meros espectadores de la historia, como si el futuro no fuese con nosotros. Pero la historia la hacen los hombres y, en parte, la hacen gracias a sus sueños. Por esto, intentemos enfrentarnos a tan trascendental interrogante con suficiente realismo como para plantear una Europa posible, pero con suficiente idealismo como para dibujar una Europa deseada y necesaria.
 

¿Dónde estamos ahora mismo? Esta crisis nos ha confirmado aquello que algunos –ni muchos– ya advirtieron cuando Maastricht: que no hay moneda que dure cien años sin un gobierno que la respalde. El gobierno económico de la eurozona es una condición indispensable para la supervivencia de la moneda única y, en consecuencia, de la Unión Europea (UE) como proyecto político. No hay zona monetaria sostenible si los países que la integran articulan entre ellos una relación de competencia fiscal.
 

El mal llamado “pacto fiscal” hoy en proceso de ratificación –ése que Hollande quiere renegociar y que mejor habría que llamar “pacto presupuestario”– prohíbe a los Estados de la UE los déficit estructurales. Para asegurar su cumplimiento, le otorga a la Comisión Europea una función de vigilancia que, en la práctica, viene a ser un derecho de veto sobre los presupuestos estatales. Pues bien, ¿son estos nuevos poderes de la Comisión meramente “técnicos” o deberíamos reconocer que tienen un calado indiscutiblemente político? Si a un poder eminentemente técnico le ha correspondido, hasta hoy, una legitimidad indirecta, ¿un poder fundamentalmente político, no debería ir aparejado a una legitimidad directa? Y en democracia –no nos fuéramos a despistar– la legitimidad directa solo puede provenir del sufragio universal.
 

Para acabarlo de arreglar, las políticas fiscales siguen siendo de competencia nacional, lo cual, contra lo que parece, no es una garantía de soberanía fiscal sino todo lo contrario: una puerta abierta a que tu política fiscal dependa de la que hace tu vecino. La UE ha optado por coordinar los gastos, pero no los ingresos, al menos de momento: mala fórmula. Los gobiernos nacionales no deberían haber aceptado de ningún modo el corsé presupuestario sin avanzar simultáneamente en la armonización fiscal: solo deberían comprometerse a no gastar más de lo que ingresan si tienen un mínimo control sobre lo que ingresan.
 

Pero, de aceptarse una verdadera integración fiscal, ¿quién debería decidir sobre esta hipotética política fiscal común? ¿Qué institución tiene hoy en la UE suficiente legitimidad para hacerlo, si no nos olvidamos de la vieja proclama de la revolución norteamericana según la cual “no taxation without representation”?
 

Hoy, como la Comisión no puede ejercer de verdadero gobierno económico europeo –porque, repetimos, no dispone de suficiente legitimidad para ello– es el Consejo Europeo quien lo intenta. Pero allí unos mandan más que otros: Alemania hace las veces de “gobierno económico de todos”, aunque, lógicamente, lo hace pensando básicamente en Alemania, más que en los intereses de la UE en su conjunto.
 

Añadamos a todo esto que hoy la respuesta de la política ante los mercados financieros, tan dados al efecto contagio y a las dinámicas especulativas, requiere de una capacidad de reacción si no inmediata si muy veloz. Y la regla de la unanimidad que rige en muchos asuntos en el Consejo Europeo impide demasiado a menudo actuar con la diligencia requerida por parte de los gobiernos. Si poner de acuerdo a todos exige un tiempo del que, cuando arrecian las crisis financieras, no se puede disponer, entonces alguien tendría que decidir con suficiente celeridad aunque no se haya fraguado un consenso. Pero, de nuevo, acecha la misma pregunta: ¿Quién tiene hoy la legitimidad para decidir por encima de la voluntad de los Estados miembros?
 

Estas razones –y no son todas– justifican el título que encabeza estas líneas: el tránsito de una UE confederal como la que tenemos hoy a una UE federal ha dejado de ser ya el sueño más o menos bienintencionado de algunos europeístas, para convertirse en una necesidad perentoria si queremos que la Unión –y hasta el euro mismo– sigan adelante. Una Europa federal que, aproximadamente, quiere decir lo que sigue:
 

1. Que la Comisión devenga un verdadero gobierno europeo, elegido democráticamente por los ciudadanos de la Unión, ya sea por medio de un sistema presidencialista o, casi mejor, de un sistema parlamentario –como el que rige hoy en España, Italia o Alemania, por poner algunos ejemplos. Y que, por lo tanto, este órgano –una vez disponga de legitimidad democrática directa– concentre todo el poder ejecutivo, que hoy comparte con el Consejo Europeo.
 

2. Que el Consejo Europeo renuncie a todos sus poderes ejecutivos y se convierta en una Cámara legislativa: una Cámara Alta o Senado, entendida como una cámara de representación territorial –un poco a la manera del Bundesrat alemán-. Este Senado de los Estados co-legislaría junto al Parlamento europeo.
 

3. Que el Parlamento adquiera plenas funciones legislativas, es decir, que su intervención sea determinante para la probación de las leyes que rigen el conjunto de la UE. Para ello, necesitamos partidos europeos, elecciones al Parlamento verdaderamente transnacionales, con listas electorales paneuropeas, lideradas por candidatos comunes, que optarían –siguiendo la lógica de los regímenes parlamentarios– a la presidencia de la Comisión.
 

Este es el cambio fundamental que, a nuestro parecer, Europa necesita para mucho antes del año 2051. Luego hay otros capítulos de trascendental importancia: cómo debería y podría ser la Unión en lo que concierne a la organización de su plurinacionalidad y pluriculturalidad interna: la Europa federal será plurinacional o no será; en su política exterior y de defensa: como agente de paz internacional; su papel en los organismos económicos y sociales internacionales: como agente de cooperación y de gobernanza de la economía global; y en la esfera ambiental: como vanguardia en el desarrollo de las energías renovables. Capítulos, todos ellos, sobre los que discurriremos en el futuro.

28 de marzo de 2012

La dictadura que viene

Por J. A. González Casanova

Decía el mes pasado que la crisis económica actual tiene una finalidad política: que la mafia del capitalismo financiero internacional recupere plenamente el poder político que tenía antes de 1936 para poder competir con los países emergentes, India y Brasil, pero, en especial, la nueva China capitalista. Decía que en España se cumplía ya esta finalidad casi a la perfección, pues contaba con el partido apolítico y populista que se necesita para arrinconar la democracia y sustituirla por una dictadura sostenida en una masa desinformada y atemorizada. Este partido, tras ganar las elecciones de los ayuntamientos más importantes y de la inmensa mayoría de las comunidades autónomas, ganó las generales el 20 de noviembre pasado, aniversario de la muerte y de la resurrección del general Franco. Para mayor inri, esta fecha tan simbólica la decidió el presidente del Gobierno socialista .


Para el capitalismo financiero es una joya un partido como este: conservador; neoliberal en lo económico y, por tanto, dictatorial en lo político; que domina las técnicas de manipulación de los neocons americanos y los once principios de propaganda de Goebbels; que tiene como “sector duro” a la extrema derecha franquista, con su xenofobia, racismo y fundamentalismo reaccionario episcopal (vamos, una especie de cazalla party a la preibérica); que tiene una tradición de mesocracia urbana y burguesía rural en las que predomina, más que el espíritu productivo, el afán especulador, la picaresca ociosa y la apropiación indebida con la mejor sonrisa.


Las herencias recibidas por este partido son inmejorables: el gobierno Zapatero le ha desbrozado el camino del trabajo sucio de recortes y reformas regresivas. Ha heredado la importante convicción ciudadana de que nuestra democracia se ha evaporado por los dictados de los mercaderes y sus agentes políticos de la derecha europea. Incluso los indignados coinciden con el caudillo Franco cuando denuncian a los partidos políticos y dicen que no representan la voluntad popular. Tampoco creen en los parlamentarios ni en la política, igual que el dictador. Por eso el sudodicho partido se considera apolítico, muy popular y muy español. Y se frota las manos porque ya está consiguiendo (gracias al desconcierto, la confusión y el temor de la gente a más IVA, menos sanidad, menos educación, menos libertades, más censura, más pobreza, más deshaucios, etc.) lo que sin prisa y sin pausa ha ido provocando desde que su nuevo caudillo (tras Franco y Fraga) exigiera en 1996 “¡Márchese, señor González!”.


En estos tres lustros, en el Gobierno o en la oposición, el cazalla party ha ido colocando a sus peones en todas las instituciones del Estado, en especial en la judicatura, donde se ha enfrentado a los jueces anticorrupción y a los que protegían a las víctimas de crímenes de lesa humanidad. Ha ido trasladando empresas públicas a grupos privados de su influencia; ha logrado que prácticamente casi todos los órganos de opinión estén bajo su control (ya se llevará la crisis a los más libres, pobres y molestos).Una oportuna Ley del Suelo, no sólo permitió el gran negocio de la burbuja inmobiliaria, sino que convirtió las costas en un vergel económico que sufragó los gastos de tanto funcionario público que exigía su parte en el negocio, y al estallar, supuso el magnifico porcentaje de parados que el país necesita para que los empresarios leales puedan seleccionar una elite obrera agradecida y que diga amén a todo.


En fin, como ya logró la Thatcher, los sindicatos han perdido toda su capacidad de resistencia, la clase trabajadora no espera nada de ellos y una posible huelga general hace sonreír al mas franquista (por su talante galaico, su astucia, parsimonia y silencios ) de los dirigentes “conserva-duros”.


Cuando todo lo anterior esté “atado y bien atado”,el partido de marras intentará reformar la Constitución o mediante el dominio sobre el Tribunal Constitucional dictar normas que devuelvan al Gobierno central las competencias que le interese retener. La excusa será la crisis, el déficit, el control del gasto y “¡la unidad de España!” Cuenta con los gobiernos de casi todas las comunidades. Y Cataluña aceptará lo que sea pues gobierna un partido muy similar al tantas veces citado. ¿Y Euskadi? Se mantendrá el temor a una vuelta de ETA y en paz.


Realmente este partido es una joya para la oligarquía financiera mundial. Debería valorarla más.