Por Cristina Peri Rossi
Todo hacía suponer que los niños eran traídos de París por las cigüeñas, en sus largos picos. Si yo no había visto nunca tal acontecimiento se debía a que viajaban de noche, mientras dormía. ¿Y de día? ¿Dónde estaban las cigüeñas de día? Estaban en París. El argumento parecía concluyente: los padres escribían una carta a las cigüeñas y al cabo de un tiempo, éstas traían un hermoso bebé al hogar. ¿No se caían por el camino? ¿Ningún bebé se zafaba del pico y aterrizaba penosamente en el suelo? No. El pico de las cigüeñas era firme. ¿Y si era tan firme, no les hacía daño? No, porque sabían muy bien lo que hacían. Era su trabajo: traer hijos de París a Montevideo y luego, volverse. No tenía la más remota idea de dónde quedaba París, pero me habían dicho que era una ciudad europea elegante y culta que los desalmados nazis habían invadido. Entonces, cuando París fue invadido, ¿las cigüeñas siguieron funcionando? Sí, porque volaban alto y ni los nazis las veían. ¿Las cigüeñas sabían leer las cartas? Sí, como yo había aprendido –sola– a leer en largas tardes de verano. ¿Dónde estaba Europa? Mi madre me dijo que muy lejos, como dos meses de barco, y mi padre afirmaba que Europa no existía, era un invento de los diarios, porque si hubiera existido alguna vez, no llevarían cincuenta años peleándose.
Cuando le conté a mi primo Eduardo –un año menor– que los niños venían de París en el pico de las cigüeñas, horrorizado, me preguntó: ¿y cuándo se los tragan? Me pareció una pregunta razonable. A los niños no les gustan las preguntas sin respuestas, y a mí, menos, así que le dije: se los tragan a la cena, y después, vuelan por encima de los nazis hasta Montevideo. Le pareció una respuesta muy adecuada. A mí también.
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16 de octubre de 2012
5 de junio de 2012
La Europa federal, una necesidad
Por Toni Comín
¿Qué Europa para el 2051? Si respondiésemos a esta pregunta con espíritu idealista, simplemente explicaríamos la Europa que soñamos, más allá de su viabilidad –un ejercicio probablemente encomiable, pero de un interés bastante limitado. Y si nos limitamos a contestar desde el estricto realismo, acabaremos por hacer un mero ejercicio de prospectiva, como si fuésemos meros espectadores de la historia, como si el futuro no fuese con nosotros. Pero la historia la hacen los hombres y, en parte, la hacen gracias a sus sueños. Por esto, intentemos enfrentarnos a tan trascendental interrogante con suficiente realismo como para plantear una Europa posible, pero con suficiente idealismo como para dibujar una Europa deseada y necesaria.
¿Dónde estamos ahora mismo? Esta crisis nos ha confirmado aquello que algunos –ni muchos– ya advirtieron cuando Maastricht: que no hay moneda que dure cien años sin un gobierno que la respalde. El gobierno económico de la eurozona es una condición indispensable para la supervivencia de la moneda única y, en consecuencia, de la Unión Europea (UE) como proyecto político. No hay zona monetaria sostenible si los países que la integran articulan entre ellos una relación de competencia fiscal.
El mal llamado “pacto fiscal” hoy en proceso de ratificación –ése que Hollande quiere renegociar y que mejor habría que llamar “pacto presupuestario”– prohíbe a los Estados de la UE los déficit estructurales. Para asegurar su cumplimiento, le otorga a la Comisión Europea una función de vigilancia que, en la práctica, viene a ser un derecho de veto sobre los presupuestos estatales. Pues bien, ¿son estos nuevos poderes de la Comisión meramente “técnicos” o deberíamos reconocer que tienen un calado indiscutiblemente político? Si a un poder eminentemente técnico le ha correspondido, hasta hoy, una legitimidad indirecta, ¿un poder fundamentalmente político, no debería ir aparejado a una legitimidad directa? Y en democracia –no nos fuéramos a despistar– la legitimidad directa solo puede provenir del sufragio universal.
Para acabarlo de arreglar, las políticas fiscales siguen siendo de competencia nacional, lo cual, contra lo que parece, no es una garantía de soberanía fiscal sino todo lo contrario: una puerta abierta a que tu política fiscal dependa de la que hace tu vecino. La UE ha optado por coordinar los gastos, pero no los ingresos, al menos de momento: mala fórmula. Los gobiernos nacionales no deberían haber aceptado de ningún modo el corsé presupuestario sin avanzar simultáneamente en la armonización fiscal: solo deberían comprometerse a no gastar más de lo que ingresan si tienen un mínimo control sobre lo que ingresan.
Pero, de aceptarse una verdadera integración fiscal, ¿quién debería decidir sobre esta hipotética política fiscal común? ¿Qué institución tiene hoy en la UE suficiente legitimidad para hacerlo, si no nos olvidamos de la vieja proclama de la revolución norteamericana según la cual “no taxation without representation”?
Hoy, como la Comisión no puede ejercer de verdadero gobierno económico europeo –porque, repetimos, no dispone de suficiente legitimidad para ello– es el Consejo Europeo quien lo intenta. Pero allí unos mandan más que otros: Alemania hace las veces de “gobierno económico de todos”, aunque, lógicamente, lo hace pensando básicamente en Alemania, más que en los intereses de la UE en su conjunto.
Añadamos a todo esto que hoy la respuesta de la política ante los mercados financieros, tan dados al efecto contagio y a las dinámicas especulativas, requiere de una capacidad de reacción si no inmediata si muy veloz. Y la regla de la unanimidad que rige en muchos asuntos en el Consejo Europeo impide demasiado a menudo actuar con la diligencia requerida por parte de los gobiernos. Si poner de acuerdo a todos exige un tiempo del que, cuando arrecian las crisis financieras, no se puede disponer, entonces alguien tendría que decidir con suficiente celeridad aunque no se haya fraguado un consenso. Pero, de nuevo, acecha la misma pregunta: ¿Quién tiene hoy la legitimidad para decidir por encima de la voluntad de los Estados miembros?
Estas razones –y no son todas– justifican el título que encabeza estas líneas: el tránsito de una UE confederal como la que tenemos hoy a una UE federal ha dejado de ser ya el sueño más o menos bienintencionado de algunos europeístas, para convertirse en una necesidad perentoria si queremos que la Unión –y hasta el euro mismo– sigan adelante. Una Europa federal que, aproximadamente, quiere decir lo que sigue:
1. Que la Comisión devenga un verdadero gobierno europeo, elegido democráticamente por los ciudadanos de la Unión, ya sea por medio de un sistema presidencialista o, casi mejor, de un sistema parlamentario –como el que rige hoy en España, Italia o Alemania, por poner algunos ejemplos. Y que, por lo tanto, este órgano –una vez disponga de legitimidad democrática directa– concentre todo el poder ejecutivo, que hoy comparte con el Consejo Europeo.
2. Que el Consejo Europeo renuncie a todos sus poderes ejecutivos y se convierta en una Cámara legislativa: una Cámara Alta o Senado, entendida como una cámara de representación territorial –un poco a la manera del Bundesrat alemán-. Este Senado de los Estados co-legislaría junto al Parlamento europeo.
3. Que el Parlamento adquiera plenas funciones legislativas, es decir, que su intervención sea determinante para la probación de las leyes que rigen el conjunto de la UE. Para ello, necesitamos partidos europeos, elecciones al Parlamento verdaderamente transnacionales, con listas electorales paneuropeas, lideradas por candidatos comunes, que optarían –siguiendo la lógica de los regímenes parlamentarios– a la presidencia de la Comisión.
Este es el cambio fundamental que, a nuestro parecer, Europa necesita para mucho antes del año 2051. Luego hay otros capítulos de trascendental importancia: cómo debería y podría ser la Unión en lo que concierne a la organización de su plurinacionalidad y pluriculturalidad interna: la Europa federal será plurinacional o no será; en su política exterior y de defensa: como agente de paz internacional; su papel en los organismos económicos y sociales internacionales: como agente de cooperación y de gobernanza de la economía global; y en la esfera ambiental: como vanguardia en el desarrollo de las energías renovables. Capítulos, todos ellos, sobre los que discurriremos en el futuro.
¿Qué Europa para el 2051? Si respondiésemos a esta pregunta con espíritu idealista, simplemente explicaríamos la Europa que soñamos, más allá de su viabilidad –un ejercicio probablemente encomiable, pero de un interés bastante limitado. Y si nos limitamos a contestar desde el estricto realismo, acabaremos por hacer un mero ejercicio de prospectiva, como si fuésemos meros espectadores de la historia, como si el futuro no fuese con nosotros. Pero la historia la hacen los hombres y, en parte, la hacen gracias a sus sueños. Por esto, intentemos enfrentarnos a tan trascendental interrogante con suficiente realismo como para plantear una Europa posible, pero con suficiente idealismo como para dibujar una Europa deseada y necesaria.
¿Dónde estamos ahora mismo? Esta crisis nos ha confirmado aquello que algunos –ni muchos– ya advirtieron cuando Maastricht: que no hay moneda que dure cien años sin un gobierno que la respalde. El gobierno económico de la eurozona es una condición indispensable para la supervivencia de la moneda única y, en consecuencia, de la Unión Europea (UE) como proyecto político. No hay zona monetaria sostenible si los países que la integran articulan entre ellos una relación de competencia fiscal.
El mal llamado “pacto fiscal” hoy en proceso de ratificación –ése que Hollande quiere renegociar y que mejor habría que llamar “pacto presupuestario”– prohíbe a los Estados de la UE los déficit estructurales. Para asegurar su cumplimiento, le otorga a la Comisión Europea una función de vigilancia que, en la práctica, viene a ser un derecho de veto sobre los presupuestos estatales. Pues bien, ¿son estos nuevos poderes de la Comisión meramente “técnicos” o deberíamos reconocer que tienen un calado indiscutiblemente político? Si a un poder eminentemente técnico le ha correspondido, hasta hoy, una legitimidad indirecta, ¿un poder fundamentalmente político, no debería ir aparejado a una legitimidad directa? Y en democracia –no nos fuéramos a despistar– la legitimidad directa solo puede provenir del sufragio universal.
Para acabarlo de arreglar, las políticas fiscales siguen siendo de competencia nacional, lo cual, contra lo que parece, no es una garantía de soberanía fiscal sino todo lo contrario: una puerta abierta a que tu política fiscal dependa de la que hace tu vecino. La UE ha optado por coordinar los gastos, pero no los ingresos, al menos de momento: mala fórmula. Los gobiernos nacionales no deberían haber aceptado de ningún modo el corsé presupuestario sin avanzar simultáneamente en la armonización fiscal: solo deberían comprometerse a no gastar más de lo que ingresan si tienen un mínimo control sobre lo que ingresan.
Pero, de aceptarse una verdadera integración fiscal, ¿quién debería decidir sobre esta hipotética política fiscal común? ¿Qué institución tiene hoy en la UE suficiente legitimidad para hacerlo, si no nos olvidamos de la vieja proclama de la revolución norteamericana según la cual “no taxation without representation”?
Hoy, como la Comisión no puede ejercer de verdadero gobierno económico europeo –porque, repetimos, no dispone de suficiente legitimidad para ello– es el Consejo Europeo quien lo intenta. Pero allí unos mandan más que otros: Alemania hace las veces de “gobierno económico de todos”, aunque, lógicamente, lo hace pensando básicamente en Alemania, más que en los intereses de la UE en su conjunto.
Añadamos a todo esto que hoy la respuesta de la política ante los mercados financieros, tan dados al efecto contagio y a las dinámicas especulativas, requiere de una capacidad de reacción si no inmediata si muy veloz. Y la regla de la unanimidad que rige en muchos asuntos en el Consejo Europeo impide demasiado a menudo actuar con la diligencia requerida por parte de los gobiernos. Si poner de acuerdo a todos exige un tiempo del que, cuando arrecian las crisis financieras, no se puede disponer, entonces alguien tendría que decidir con suficiente celeridad aunque no se haya fraguado un consenso. Pero, de nuevo, acecha la misma pregunta: ¿Quién tiene hoy la legitimidad para decidir por encima de la voluntad de los Estados miembros?
Estas razones –y no son todas– justifican el título que encabeza estas líneas: el tránsito de una UE confederal como la que tenemos hoy a una UE federal ha dejado de ser ya el sueño más o menos bienintencionado de algunos europeístas, para convertirse en una necesidad perentoria si queremos que la Unión –y hasta el euro mismo– sigan adelante. Una Europa federal que, aproximadamente, quiere decir lo que sigue:
1. Que la Comisión devenga un verdadero gobierno europeo, elegido democráticamente por los ciudadanos de la Unión, ya sea por medio de un sistema presidencialista o, casi mejor, de un sistema parlamentario –como el que rige hoy en España, Italia o Alemania, por poner algunos ejemplos. Y que, por lo tanto, este órgano –una vez disponga de legitimidad democrática directa– concentre todo el poder ejecutivo, que hoy comparte con el Consejo Europeo.
2. Que el Consejo Europeo renuncie a todos sus poderes ejecutivos y se convierta en una Cámara legislativa: una Cámara Alta o Senado, entendida como una cámara de representación territorial –un poco a la manera del Bundesrat alemán-. Este Senado de los Estados co-legislaría junto al Parlamento europeo.
3. Que el Parlamento adquiera plenas funciones legislativas, es decir, que su intervención sea determinante para la probación de las leyes que rigen el conjunto de la UE. Para ello, necesitamos partidos europeos, elecciones al Parlamento verdaderamente transnacionales, con listas electorales paneuropeas, lideradas por candidatos comunes, que optarían –siguiendo la lógica de los regímenes parlamentarios– a la presidencia de la Comisión.
Este es el cambio fundamental que, a nuestro parecer, Europa necesita para mucho antes del año 2051. Luego hay otros capítulos de trascendental importancia: cómo debería y podría ser la Unión en lo que concierne a la organización de su plurinacionalidad y pluriculturalidad interna: la Europa federal será plurinacional o no será; en su política exterior y de defensa: como agente de paz internacional; su papel en los organismos económicos y sociales internacionales: como agente de cooperación y de gobernanza de la economía global; y en la esfera ambiental: como vanguardia en el desarrollo de las energías renovables. Capítulos, todos ellos, sobre los que discurriremos en el futuro.
1 de junio de 2012
Ha llegado el momento de alzarse
Por Federico Mayor Zaragoza
Mucho antes de 2051 la Europa que anhelamos será realidad.
Estamos en 2012, en el inicio de una década que cambiará a Europa, que cambiará al mundo entero, este mundo que hasta ahora ha pertenecido siempre a unos cuantos, un mundo que ha vivido una historia ensangrentada donde sus habitantes, en su inmensa mayoría, nacían, vivían y morían temerosos, anónimos, confinados en un espacio territorial e intelectual limitado. Siglos y siglos de poder absoluto de unos pocos hombres que han seguido sin excepción el perverso adagio de “si quieres la paz, prepara la guerra”. Siglos y siglos de guerras, de confrontaciones en las que millones de víctimas no contaban más que como parte de la fuerza en la que se basaba la gobernación de los pueblos.
De vez en cuando, sobre todo en Europa, salían voces de conciliación, de consideración de las características distintivas de la especie humana, voces de concordia, de armonía: Cristo, que echó a los mercaderes del Templo y ofreció su propia vida; Buda, Confucio. Todos ellos pretendían poner de manifiesto las cualidades inverosímiles que caracterizan a cada ser humano.
Pero pronto la voz de los más poderosos establecía el “orden” basado en el temor.
Europa cambiará radicalmente en los próximos años. Iniciará el cambio, como corresponde, por la justicia. Por la igual consideración de la dignidad de todos los seres humanos. Por la apreciación y respeto generalizado de los “principios democráticos” que tan bien estableció la Constitución de la Unesco. No hay paz sin justicia. La transición a la cultura de paz –“Nosotros, los pueblos hemos resuelto evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras”– implica situar en el centro de nuestro comportamiento cotidiano los “ideales democráticos” que de manera tan clarividente estableció la Unesco en momentos de tanta tensión humana al término de la segunda gran guerra.
Se promovió el desarrollo, compartir, respetar a cualquier persona, sea cual fuera su género, etnia, creencia, ideología. Pero luego, la codicia, las ambiciones sin fin, unidas a la irresponsabilidad de muchos líderes, en su mayoría mediocres, no permitió aprovechar la gran oportunidad que representaba, a finales de la década de los 80, el término de la “guerra fría”. Era una oportunidad excepcional. Todos esperábamos los “dividendos de la paz”. Circunstancias tan favorables como el hundimiento, sin una sola gota de sangre, del Imperio soviético, y la finalización del apartheid racial en Sudáfrica; y el fin de la guerra civil de Mozambique, y de El Salvador; y el inicio del proceso de paz en Guatemala no fueron debidamente aprovechadas. Una vez más, las ambiciones hegemónicas no supieron reconocer lo que hubiera podido ser una auténtica inflexión histórica.
Con gran rapidez, como si el resto del mundo no existiera, los líderes de Estados Unidos y el Reino Unido sustituyeron los valores éticos por los valores del mercado, y a las Naciones Unidas por pequeños grupos de los países más ricos. Sustituyeron la democracia por la plutocracia y desoyeron las recomendaciones que seguían emitiendo la Asamblea General de Naciones Unidas y otras instituciones del sistema: la imperiosa necesidad de educación para todos a lo largo de toda la vida (1990); el medio ambiente (1992); los compromisos para el desarrollo social, el papel central de la mujer, y la tolerancia (1995); la Declaración y Plan de Acción sobre una Cultura de Paz (1999); los objetivos del milenio (año 2000), la Carta de la Tierra, etc.
El dinero lo invadió todo, lo ocultó todo, hasta las responsabilidades intergeneracionales. ¡La debacle occidental ha llegado a tal grado que en la Unión Europea el acoso de los mercados no solo ha hecho cambiar los programas de gobiernos democráticos sino que ha designado sin urnas ni comicios electorales a los gobiernos de Grecia, cuna de la democracia, y de Italia!
Sin orden ni concierto, de rodillas ante “el gran dominio” del otro lado del Atlántico, la Europa de hoy solo ha aprendido a recortar sin crecer, a fijarse fechas límites para reducir sus déficits y ajustar sus cuentas mientras siguen sin disponer de un sistema de seguridad autónomo, sin poner a la OTAN en el sitio que le corresponde, evitando los inmensos gastos militares que la Alianza conlleva; sin ser capaz de establecer una federación fiscal y económica; y una justicia que sea capaz de resolver con rapidez las cuestiones que le correspondan, y eliminando de un plumazo la antidemocrática necesidad de unanimidad para la adopción de acuerdos de la Unión.
Los ultras –los extremistas del Estado-nación– se multiplican y muestran siniestros rasgos de xenofobia. Europa será pronto símbolo de convivencia y de progreso. Porque, y esto es lo importante, por primera vez son ahora los pueblos los que participan, los que dejan de ser súbditos y pasan a ser ciudadanos plenos.
En muy pocos años, Europa presentará a la aprobación de la Asamblea General de unas Naciones Unidas refundadas un nuevo diseño institucional. Y Europa, la Europa a la deriva actual, superará los problemas que hoy padece gracias a más y mejor democracia y se convertirá en el gran defensor del pluralismo y de la justicia social.
En pocos años, en lugar de explotar, Europa cooperará con los países “vecinos”; Turquía, Rusia y el Magreb serán grandes aliados y mantendrá unas relaciones cordiales y efectivas con América Latina y África. Será un mundo muy distinto del actual en el cual las asociaciones regionales tendrán un singular relieve. Los Estados-paraísos fiscales desaparecerán. Sin estridencias, la vergüenza que hoy representan llegará a su fin.
Sí, después de siglos de poder absoluto masculino y de habitantes de la Tierra atemorizados, se ha iniciado ya un tiempo nuevo en que todos participarán, se expresarán, se conocerán, respetarán a las instituciones de gobernación que habrán puesto en pie.
Europa será ya una gran democracia dentro de pocos años. Elaborará la Declaración Universal de la Democracia y constituirá una de las piezas angulares de la nueva era de “ciudadanos conscientes”. En diez años, Europa figurará en la vanguardia de los grandes protagonistas del “nuevo comienzo”. El mundo irá pasando progresivamente, sencillamente, de la fuerza a la palabra.
Mucho antes de 2051 la Europa que anhelamos será realidad.
Estamos en 2012, en el inicio de una década que cambiará a Europa, que cambiará al mundo entero, este mundo que hasta ahora ha pertenecido siempre a unos cuantos, un mundo que ha vivido una historia ensangrentada donde sus habitantes, en su inmensa mayoría, nacían, vivían y morían temerosos, anónimos, confinados en un espacio territorial e intelectual limitado. Siglos y siglos de poder absoluto de unos pocos hombres que han seguido sin excepción el perverso adagio de “si quieres la paz, prepara la guerra”. Siglos y siglos de guerras, de confrontaciones en las que millones de víctimas no contaban más que como parte de la fuerza en la que se basaba la gobernación de los pueblos.
De vez en cuando, sobre todo en Europa, salían voces de conciliación, de consideración de las características distintivas de la especie humana, voces de concordia, de armonía: Cristo, que echó a los mercaderes del Templo y ofreció su propia vida; Buda, Confucio. Todos ellos pretendían poner de manifiesto las cualidades inverosímiles que caracterizan a cada ser humano.
Pero pronto la voz de los más poderosos establecía el “orden” basado en el temor.
Europa cambiará radicalmente en los próximos años. Iniciará el cambio, como corresponde, por la justicia. Por la igual consideración de la dignidad de todos los seres humanos. Por la apreciación y respeto generalizado de los “principios democráticos” que tan bien estableció la Constitución de la Unesco. No hay paz sin justicia. La transición a la cultura de paz –“Nosotros, los pueblos hemos resuelto evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras”– implica situar en el centro de nuestro comportamiento cotidiano los “ideales democráticos” que de manera tan clarividente estableció la Unesco en momentos de tanta tensión humana al término de la segunda gran guerra.
Se promovió el desarrollo, compartir, respetar a cualquier persona, sea cual fuera su género, etnia, creencia, ideología. Pero luego, la codicia, las ambiciones sin fin, unidas a la irresponsabilidad de muchos líderes, en su mayoría mediocres, no permitió aprovechar la gran oportunidad que representaba, a finales de la década de los 80, el término de la “guerra fría”. Era una oportunidad excepcional. Todos esperábamos los “dividendos de la paz”. Circunstancias tan favorables como el hundimiento, sin una sola gota de sangre, del Imperio soviético, y la finalización del apartheid racial en Sudáfrica; y el fin de la guerra civil de Mozambique, y de El Salvador; y el inicio del proceso de paz en Guatemala no fueron debidamente aprovechadas. Una vez más, las ambiciones hegemónicas no supieron reconocer lo que hubiera podido ser una auténtica inflexión histórica.
Con gran rapidez, como si el resto del mundo no existiera, los líderes de Estados Unidos y el Reino Unido sustituyeron los valores éticos por los valores del mercado, y a las Naciones Unidas por pequeños grupos de los países más ricos. Sustituyeron la democracia por la plutocracia y desoyeron las recomendaciones que seguían emitiendo la Asamblea General de Naciones Unidas y otras instituciones del sistema: la imperiosa necesidad de educación para todos a lo largo de toda la vida (1990); el medio ambiente (1992); los compromisos para el desarrollo social, el papel central de la mujer, y la tolerancia (1995); la Declaración y Plan de Acción sobre una Cultura de Paz (1999); los objetivos del milenio (año 2000), la Carta de la Tierra, etc.
El dinero lo invadió todo, lo ocultó todo, hasta las responsabilidades intergeneracionales. ¡La debacle occidental ha llegado a tal grado que en la Unión Europea el acoso de los mercados no solo ha hecho cambiar los programas de gobiernos democráticos sino que ha designado sin urnas ni comicios electorales a los gobiernos de Grecia, cuna de la democracia, y de Italia!
Sin orden ni concierto, de rodillas ante “el gran dominio” del otro lado del Atlántico, la Europa de hoy solo ha aprendido a recortar sin crecer, a fijarse fechas límites para reducir sus déficits y ajustar sus cuentas mientras siguen sin disponer de un sistema de seguridad autónomo, sin poner a la OTAN en el sitio que le corresponde, evitando los inmensos gastos militares que la Alianza conlleva; sin ser capaz de establecer una federación fiscal y económica; y una justicia que sea capaz de resolver con rapidez las cuestiones que le correspondan, y eliminando de un plumazo la antidemocrática necesidad de unanimidad para la adopción de acuerdos de la Unión.
Los ultras –los extremistas del Estado-nación– se multiplican y muestran siniestros rasgos de xenofobia. Europa será pronto símbolo de convivencia y de progreso. Porque, y esto es lo importante, por primera vez son ahora los pueblos los que participan, los que dejan de ser súbditos y pasan a ser ciudadanos plenos.
En muy pocos años, Europa presentará a la aprobación de la Asamblea General de unas Naciones Unidas refundadas un nuevo diseño institucional. Y Europa, la Europa a la deriva actual, superará los problemas que hoy padece gracias a más y mejor democracia y se convertirá en el gran defensor del pluralismo y de la justicia social.
En pocos años, en lugar de explotar, Europa cooperará con los países “vecinos”; Turquía, Rusia y el Magreb serán grandes aliados y mantendrá unas relaciones cordiales y efectivas con América Latina y África. Será un mundo muy distinto del actual en el cual las asociaciones regionales tendrán un singular relieve. Los Estados-paraísos fiscales desaparecerán. Sin estridencias, la vergüenza que hoy representan llegará a su fin.
Sí, después de siglos de poder absoluto masculino y de habitantes de la Tierra atemorizados, se ha iniciado ya un tiempo nuevo en que todos participarán, se expresarán, se conocerán, respetarán a las instituciones de gobernación que habrán puesto en pie.
Europa será ya una gran democracia dentro de pocos años. Elaborará la Declaración Universal de la Democracia y constituirá una de las piezas angulares de la nueva era de “ciudadanos conscientes”. En diez años, Europa figurará en la vanguardia de los grandes protagonistas del “nuevo comienzo”. El mundo irá pasando progresivamente, sencillamente, de la fuerza a la palabra.
21 de marzo de 2012
Acerca del genocidio armenio
Por Carlos Eymar
“Moi je suis de ce peuple
qui dort sans sépulture
que a choisi de mourir
sans abdiquer sa foi”
(Charles Aznavour, Ils sont tombés)
Muchos franceses de origen armenio, como Aznavour, han venido empujando en la misma dirección. Pero la reciente aprobación por el Senado francés de un proyecto de ley que penaliza la negación del genocidio armenio en 1915, a manos del imperio otomano, ha desencadenado un verdadero conflicto diplomático. Turquía ha calificado el hecho de irresponsable y racista, ha negado su autorización para el sobrevuelo de aviones militares franceses en su espacio aéreo, y ha amenazado con retirar a su embajador en París y romper acuerdos comerciales y de cooperación con Francia. Muchos turcos se ejercitan en una especie de videojuego, colgado en la red, consistente en abofetear la imagen de Sarkozy. Los armenios, de Armenia o de la diáspora, que han visto reconocida una vieja aspiración, están eufóricos y han comenzado a bautizar a sus hijos con el nombre del presidente francés.
A las críticas de los turcos hay que añadir las de algunos historiadores que han rechazado la posibilidad de que un Estado democrático pueda proclamar verdades oficiales en cuestiones históricas que se consideran problemáticas. Por otra parte, algunos han puesto de manifiesto que Francia no puede dar lecciones a nadie en materia de genocidio y, en este sentido, hablan de un genocidio en Argelia o resucitan las masacres cometidas por los revolucionarios franceses en La Vendée, en 1794.
Por lo que yo sé, confiando en algunos historiadores como Yves Ternon, lo visto en algunos documentales y el testimonio verosímil de algunos armenios de la diáspora, no tengo duda de que los hechos ocurridos en la península de Anatolia, a partir del 24 de abril de 1915, se ajustan perfectamente a lo definido en la Convención de 1948 sobre la represión del delito de genocidio. Las notas diplomáticas de embajadores y cónsules están ahí para dar cuenta de aquella situación de masacres y de sometimiento de los armenios a condiciones extremas de existencia orientadas a su exterminio. Tan solo, debido a la ausencia o inexactitud de los censos, hay divergencias en cuanto a la cuantía de las víctimas, oscilando desde las 300.000, reconocidas por los propios turcos, hasta los dos millones.
Más preocupante que la ley francesa es la ley turca que condena a quien afirme la existencia del genocidio armenio y ahí está la figura de Orhan Pamuk para testimoniar que esa ley es algo más que papel mojado.
La negación del genocidio implica, en el fondo, un sentimiento de continuidad, de herencia espiritual, con respecto a aquellos Jóvenes Turcos que, a partir de 1910, adoptaron una actitud nacionalista e islámica que se cebó en los armenios. Pues, la principal seña de identidad de éstos era la de ser portadores de uno de los más viejos cristianismos del mundo, que algunos hacen remontar a San Bartolomé y que cuenta con una valiosa tradición espiritual en la que se incluyen místicos universalmente reconocidos como Gregorio de Nareck, en el siglo x. El actual recrudecimiento de la persecución a cristianos en países islámicos, como Nigeria o Pakistán, suele acompañarse de la complaciente banalización de conductas atribuidas a “grupos incontrolados”, que es, por otra parte, uno de los argumentos utilizados para negar el genocidio armenio. Por eso, reconocer su existencia, aunque sea en la islámicamente moderada Turquía, es no solo un acto de respeto a los muertos, sino una forma de reivindicar la tradición del racionalismo musulmán capaz de integrarse en Europa.
En cuanto al valor de la ley francesa comparto el criterio de Bernard-Henry Lévy acerca de que no se puede mezclar todo y de que se trata de legislar solo sobre genocidio y de sancionar a quienes, negándolo, amplifican y perpetúan el gesto genocida. Porque genocidios (macrogenocidios) solo ha habido cuatro en el siglo xx: el de los armenios, el de los judíos, el de los camboyanos y el de los tutsis.
“Moi je suis de ce peuple
qui dort sans sépulture
que a choisi de mourir
sans abdiquer sa foi”
(Charles Aznavour, Ils sont tombés)
Muchos franceses de origen armenio, como Aznavour, han venido empujando en la misma dirección. Pero la reciente aprobación por el Senado francés de un proyecto de ley que penaliza la negación del genocidio armenio en 1915, a manos del imperio otomano, ha desencadenado un verdadero conflicto diplomático. Turquía ha calificado el hecho de irresponsable y racista, ha negado su autorización para el sobrevuelo de aviones militares franceses en su espacio aéreo, y ha amenazado con retirar a su embajador en París y romper acuerdos comerciales y de cooperación con Francia. Muchos turcos se ejercitan en una especie de videojuego, colgado en la red, consistente en abofetear la imagen de Sarkozy. Los armenios, de Armenia o de la diáspora, que han visto reconocida una vieja aspiración, están eufóricos y han comenzado a bautizar a sus hijos con el nombre del presidente francés. A las críticas de los turcos hay que añadir las de algunos historiadores que han rechazado la posibilidad de que un Estado democrático pueda proclamar verdades oficiales en cuestiones históricas que se consideran problemáticas. Por otra parte, algunos han puesto de manifiesto que Francia no puede dar lecciones a nadie en materia de genocidio y, en este sentido, hablan de un genocidio en Argelia o resucitan las masacres cometidas por los revolucionarios franceses en La Vendée, en 1794.
Por lo que yo sé, confiando en algunos historiadores como Yves Ternon, lo visto en algunos documentales y el testimonio verosímil de algunos armenios de la diáspora, no tengo duda de que los hechos ocurridos en la península de Anatolia, a partir del 24 de abril de 1915, se ajustan perfectamente a lo definido en la Convención de 1948 sobre la represión del delito de genocidio. Las notas diplomáticas de embajadores y cónsules están ahí para dar cuenta de aquella situación de masacres y de sometimiento de los armenios a condiciones extremas de existencia orientadas a su exterminio. Tan solo, debido a la ausencia o inexactitud de los censos, hay divergencias en cuanto a la cuantía de las víctimas, oscilando desde las 300.000, reconocidas por los propios turcos, hasta los dos millones.
Más preocupante que la ley francesa es la ley turca que condena a quien afirme la existencia del genocidio armenio y ahí está la figura de Orhan Pamuk para testimoniar que esa ley es algo más que papel mojado.
La negación del genocidio implica, en el fondo, un sentimiento de continuidad, de herencia espiritual, con respecto a aquellos Jóvenes Turcos que, a partir de 1910, adoptaron una actitud nacionalista e islámica que se cebó en los armenios. Pues, la principal seña de identidad de éstos era la de ser portadores de uno de los más viejos cristianismos del mundo, que algunos hacen remontar a San Bartolomé y que cuenta con una valiosa tradición espiritual en la que se incluyen místicos universalmente reconocidos como Gregorio de Nareck, en el siglo x. El actual recrudecimiento de la persecución a cristianos en países islámicos, como Nigeria o Pakistán, suele acompañarse de la complaciente banalización de conductas atribuidas a “grupos incontrolados”, que es, por otra parte, uno de los argumentos utilizados para negar el genocidio armenio. Por eso, reconocer su existencia, aunque sea en la islámicamente moderada Turquía, es no solo un acto de respeto a los muertos, sino una forma de reivindicar la tradición del racionalismo musulmán capaz de integrarse en Europa.
En cuanto al valor de la ley francesa comparto el criterio de Bernard-Henry Lévy acerca de que no se puede mezclar todo y de que se trata de legislar solo sobre genocidio y de sancionar a quienes, negándolo, amplifican y perpetúan el gesto genocida. Porque genocidios (macrogenocidios) solo ha habido cuatro en el siglo xx: el de los armenios, el de los judíos, el de los camboyanos y el de los tutsis.
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