Por Pere Escorsa
A principios del pasado siglo Miguel de Unamuno lanzó esta exclamación que pronto se hizo famosa, reflejo de la impotencia española frente a la mayor capacidad científica de los países del Norte. Sin embargo, en los últimos diez años España ha realizado un esfuerzo notable de aproximación a los países líderes.
En el período 2007-2012 España se situó como el noveno país del mundo por publicaciones científicas, con 583.554 documentos, delante de Rusia, Holanda, Corea del Sur (430.438 documentos), Brasil, Suiza o Suecia. Nuestro país se acercaba al pelotón de cabeza. Se considera que el número de artículos en las 5.700 revistas punteras que aparecen en la base de datos del ISI (Institute for Scientific Information) son un buen indicador del nivel investigador de un país.
Esta posición oculta un grave defecto: con la política del “café para todos” han proliferado demasiados centros de investigación que no alcanzan una masa crítica. No hay prioridades. Todas las universidades, por ejemplo, duplican esfuerzos pretendiendo investigar en las mismas áreas. Se impone una reestructuración urgente del sistema investigador.
Un caso curioso: según la base de datos Gopubmed, Barcelona, empatada con Boston, encabeza la clasificación mundial en publicaciones sobre nanomedicina en el 2011, con 106 artículos, cuyos autores están dispersos en una multitud de centros.
Pero con la crisis llegaron los recortes. En los Presupuestos Generales para el 2012 la cantidad reservada para toda la investigación civil cae un 25 por ciento respecto al año pasado, retrocediendo al nivel de 2006. Pasa a una dotación de 5.633 millones de euros frente a 7.518 millones el año anterior. Esto significará que muchos programas se interrumpirán a medio camino, que muchos científicos se quedarán sin contrato y deberán emigrar, que no se rejuvenecerán las plantillas contratando a nuevos investigadores jóvenes.
En el 2011 la financiación de la Ciencia en España fue del 1,3 por ciento del PIB, mientras que en Alemania o Francia supera el 2,5 por ciento. El gap vuelve a crecer. Gastamos más en lotería que en I+D. Años atrás, en la agenda de Lisboa se acordó que los países de la Unión Europea deberían alcanzar el 3 por ciento del PIB.
Sin embargo, hay un hecho tan o más preocupante. El número de patentes españolas es ridículo, lo que indica que muy pocas universidades o empresas se apropian de los resultados de la investigación. En el 2008 se concedieron en España 3.636 patentes, frente a las 239.000 de Japón, las 146.871 de los Estados Unidos o las 79.652 de Corea del Sur. Este último país merece un comentario especial: tiene menos publicaciones científicas que España pero, en cambio, protege muchísimo más sus inventos. Otra referencia: IBM con 6.180 patentes en el 2011 casi dobla la cifra española.
En nuestro país el número de patentes por investigador es de 0,02, cifra muy lejana de la de los países de referencia. Para corregir estos resultados el gobierno ha implementado el Plan PI de Promoción de la Propiedad Industrial 2010-2012, demasiado reciente todavía para evaluar sus resultados.
En estas circunstancias ¿quién aprovecha la investigación española? ¿Las empresas españolas?
El vicerrector de la Universidad Politécnica de Cataluña, Xavier Gil, argumenta que aquí no hay suficientes empresas capaces de absorber los resultados de la investigación. Nuestra investigación no se orienta a resolver los problemas del tejido empresarial. Por tanto, es muy probable que las empresas e instituciones extranjeras sean las grandes beneficiarias del esfuerzo investigador español. Este hecho se refleja también en la financiación de la participación española en los Programas de Investigación europeos, en los que la financiación que obtenemos es inferior a lo que aportamos. Solo retorna en forma de proyectos el 80 por ciento de la cantidad que aportamos, mientras que la proporción de Gran Bretaña es del 140 por ciento, la de Finlandia el 170 por ciento o la de Suecia del 140 por ciento.
Estamos financiando parte de la investigación de determinados países europeos. ¿O tal vez la investigación solo sirve para aumentar las retribuciones de los profesores que publican?
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18 de junio de 2012
13 de marzo de 2012
Aunque la banca se vista de seda
Por Carlos Sánchez*
El negocio bancario consiste en reunir dinero de unos para prestárselo a otros. Mientras lo tengo y no lo presto trato de obtener el máximo beneficio, invirtiéndolo en productos financieros rentables y seguros. Es una actividad tan antigua como el hombre pues antes de que existiera el dinero físico ya se llevaba a cabo en especie.
Los bancos no nos caen demasiado bien. La sociedad en general los suele ver –no digo que lo sean– como una especie de usureros con corbata, que jamás pierden, ni arriesgan y que siempre ganan. La percepción de que hacen un uso desmesurado de su enorme poder y la desproporción entre sus derechos y los de un ciudadano de a pie, no ayuda a que se valore su utilidad. De hecho, sus beneficios continúan siendo una inmoralidad en el marasmo de escasez que nos rodea. Además, suelen ser fríos, calculadores, deshumanizados e implacables. Especialmente –aunque no únicamente– ante quienes no pueden devolverles sus préstamos. Ellos lo compensan con muchas sonrisas y con una imagen televisiva que trata de representarlos como algo próximo a la gente de a pie. Por lo demás, son un auténtico lobby y mandan mucho más que la mayoría de políticos de primer nivel. Hoy en día, dicha supremacía está fuera de toda duda, incluso para los más acérrimos defensores del sistema bancario.
El desastre económico en el que nos hallamos inmersos fue desencadenado por la banca. Y como la banca está por encima de la política y de los gobiernos, ha recibido ayudas vergonzosas de fondos que, a su vez, salen de los impuestos de los ciudadanos que se han quedado sin los créditos que la banca otorga. O sea, que la burla hacia la sociedad no puede ser mayor. La banca la ha humillado por este motivo y también por utilizar parte de estos fondos, en demasiadas ocasiones, enriqueciendo (de nuevo sin ningún rubor ni moral) a sus directivos, tal y como se ha ido sabiendo en decenas de ocasiones a través de la prensa.
¿Podríamos decir que todo este negocio bancario es una inmoralidad? Bueno, no sé si es la palabra exacta pero a primera vista no parece un negocio muy equilibrado y ético. Por lo menos, una parte de él. Su actividad es legal, por descontado, pero no siempre justa a los ojos de la sociedad. Ni por asomo.
Entonces, ¿qué es la “banca ética”? Pues exactamente lo mismo que se acaba de explicar.
La diferencia estriba en que esa banca se compromete a no invertir fondos en armamento, tráfico de personas, drogas, ni actividades que maltraten nuestro entorno natural. ¡Ah! ¡Bueno! ¡Menos mal! Ciertamente es una buena noticia. Y el mundo es mejor si algunos bancos se comprometen a esto (y lo cumplen).
Hablo de bancos; no de oenegés que tratan de humanizar la actividad financiera. Que las hay.
Pero yo no sé qué pinta un banco que ejerce de banco a todos los efectos, que hace el mismo negocio, que es igual de implacable y frío, que tiene las mismas regulaciones que el resto de bancos (controladas por el mismo Banco de España), que debe tomar las mismas medidas que los demás en materia de seguridad y exigencia ante sus riesgos y que debe obtener el máximo beneficio cada año; no sé qué pinta, insisto, en medio de este escenario diciendo: “¡Eh! Que yo soy diferente. Yo no invierto en armas Yo soy ético”. ¡Sólo faltaría! la ética es muchísimo más.
Para empezar, la propia definición convierte en “no éticos” al resto de bancos. Mal vamos. En realidad, tal vez lo que esté equivocado sea el nombre y a esta clase de bancos se les debería llamar “banca menos inmoral”. No se puede jugar dentro del sistema y con sus armas, argumentando que se está “un poco fuera del sistema” y dejando entrever, como argumento comercial, que el resto de los de tu sector son menos éticos que tú: seguimos yendo mal. Francamente desalentador.
*Pseudónimo de un director de ong. Pidió el anonimato para no perjudicar a su entidad.
El negocio bancario consiste en reunir dinero de unos para prestárselo a otros. Mientras lo tengo y no lo presto trato de obtener el máximo beneficio, invirtiéndolo en productos financieros rentables y seguros. Es una actividad tan antigua como el hombre pues antes de que existiera el dinero físico ya se llevaba a cabo en especie.
Los bancos no nos caen demasiado bien. La sociedad en general los suele ver –no digo que lo sean– como una especie de usureros con corbata, que jamás pierden, ni arriesgan y que siempre ganan. La percepción de que hacen un uso desmesurado de su enorme poder y la desproporción entre sus derechos y los de un ciudadano de a pie, no ayuda a que se valore su utilidad. De hecho, sus beneficios continúan siendo una inmoralidad en el marasmo de escasez que nos rodea. Además, suelen ser fríos, calculadores, deshumanizados e implacables. Especialmente –aunque no únicamente– ante quienes no pueden devolverles sus préstamos. Ellos lo compensan con muchas sonrisas y con una imagen televisiva que trata de representarlos como algo próximo a la gente de a pie. Por lo demás, son un auténtico lobby y mandan mucho más que la mayoría de políticos de primer nivel. Hoy en día, dicha supremacía está fuera de toda duda, incluso para los más acérrimos defensores del sistema bancario.El desastre económico en el que nos hallamos inmersos fue desencadenado por la banca. Y como la banca está por encima de la política y de los gobiernos, ha recibido ayudas vergonzosas de fondos que, a su vez, salen de los impuestos de los ciudadanos que se han quedado sin los créditos que la banca otorga. O sea, que la burla hacia la sociedad no puede ser mayor. La banca la ha humillado por este motivo y también por utilizar parte de estos fondos, en demasiadas ocasiones, enriqueciendo (de nuevo sin ningún rubor ni moral) a sus directivos, tal y como se ha ido sabiendo en decenas de ocasiones a través de la prensa.
¿Podríamos decir que todo este negocio bancario es una inmoralidad? Bueno, no sé si es la palabra exacta pero a primera vista no parece un negocio muy equilibrado y ético. Por lo menos, una parte de él. Su actividad es legal, por descontado, pero no siempre justa a los ojos de la sociedad. Ni por asomo.
Entonces, ¿qué es la “banca ética”? Pues exactamente lo mismo que se acaba de explicar.
La diferencia estriba en que esa banca se compromete a no invertir fondos en armamento, tráfico de personas, drogas, ni actividades que maltraten nuestro entorno natural. ¡Ah! ¡Bueno! ¡Menos mal! Ciertamente es una buena noticia. Y el mundo es mejor si algunos bancos se comprometen a esto (y lo cumplen).
Hablo de bancos; no de oenegés que tratan de humanizar la actividad financiera. Que las hay.
Pero yo no sé qué pinta un banco que ejerce de banco a todos los efectos, que hace el mismo negocio, que es igual de implacable y frío, que tiene las mismas regulaciones que el resto de bancos (controladas por el mismo Banco de España), que debe tomar las mismas medidas que los demás en materia de seguridad y exigencia ante sus riesgos y que debe obtener el máximo beneficio cada año; no sé qué pinta, insisto, en medio de este escenario diciendo: “¡Eh! Que yo soy diferente. Yo no invierto en armas Yo soy ético”. ¡Sólo faltaría! la ética es muchísimo más.
Para empezar, la propia definición convierte en “no éticos” al resto de bancos. Mal vamos. En realidad, tal vez lo que esté equivocado sea el nombre y a esta clase de bancos se les debería llamar “banca menos inmoral”. No se puede jugar dentro del sistema y con sus armas, argumentando que se está “un poco fuera del sistema” y dejando entrever, como argumento comercial, que el resto de los de tu sector son menos éticos que tú: seguimos yendo mal. Francamente desalentador.
*Pseudónimo de un director de ong. Pidió el anonimato para no perjudicar a su entidad.
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