Por Santiago Niño Becerra
Tal y como lo hemos conocido sí. La razón es simple: ya no es necesario. De entrada una puntualización: entiendo por Modelo de Protección Social (MPS) lo que coloquialmente se conoce como “Estado de bienestar”, ya que es un estado en el que la economía mundial entró tras la Depresión siendo aquel uno de los ingredientes y consecuencias de éste. Bien, decía que ya no es necesario: el MPS se puso en marcha por tres razones: 1) porque brindaba soportes a una clase obrera miserizada tras un siglo de revolución industrial, dos crisis sistémicas y tres guerras terribles a fin de evitar que escuchase propagandas que llegaban del otro lado; 2) porque si esa clase obrera se sentía protegida rendiría más y consumiría más en un entorno de productividad y producción creciente (el MPS ha ido asociado a la eclosión de la clase media y a su razón de ser: el pleno empleo), y; 3) porque el MPS ayudaba a generar PIB y por sí mismo lo generaba.
Hoy ya no llegan propagandas del otro lado, fundamentalmente porque solo hay un lado. El objetivo ya no es producir más, sino lo que haga falta recurriendo a una tecnología que cada vez es más sofisticada, más barata y más fácil de utilizar lo que hace que la productividad sea el objetivo a lograr, una productividad que ahorra factores, entre ellos el trabajo, con lo que el desempleo estructural crece y la clase media pierde su razón de ser. Y, además, generar PIB por generarlo ya no tiene sentido: el PIB tiene que ser eficiente y conveniente.
Si el motivo de ser del MPS ya no es y sus consecuencias ya han dejado de ser, el MPS deja de ser necesario así como sus corolarios, por ejemplo la redistribución. Y claro, como el MPS se encuadra en el Estado de bienestar en el que el mundo entró, ello se ve reflejado en la situación de escasez en el que ahora y, pienso, durante mucho tiempo el planeta va a estar instalado. Lo que se halla vinculado con el balance entre población y recursos; pero eso es otra historia.
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7 de noviembre de 2012
1 de marzo de 2012
¿La reforma laboral? Un mar de dudas
Por Lucía Montobbio
Leo todo lo posible sobre la nueva reforma laboral y sobre las anteriores. Al fin topo con un cuadernillo de Cristianismo y Justicia de 2010. Subrayo esta frase: “Las diversas reformas laborales han servido para oprimir más al mundo obrero y privilegiar al capital pero no para mejorar la economía española cuyos males radican en otros campos distintos del de las relaciones laborales”.
Desde 1984 hasta 2012 se han sucediendo diferentes reformas laborales. Todas con un mismo fin: reducir el paro y acabar con el desempleo. Los políticos modifican variables como la temporalidad, el despido o la contratación sin éxito alguno. Tal vez es cierto que lo legislativo poco tiene que ver. Quizás, como también se afirma en el cuaderno: “La evolución del empleo, el paro y la temporalidad en España, responde a ciclos económicos”.
En esta reforma se abarata el despido, se generaliza la indemnización de 20 días, se reduce el despido improcedente de 45 a 33 días y las empresas podrán borrarse del convenio de su sector de ser conveniente. Todo esto, en medio de una crisis, imagino que provocará más despidos. Por ejemplo, si bien las empresas se animarán a contratar a jóvenes –podrán deducir hasta 3.000 euros–, también se animarán a despedirlos pasados el periodo de prueba de un año –despido libre. La pregunta que me queda es si después de más de tres décadas de reformas laborales, caemos en los mismos errores porque somos tontos, o porque nos lo hacemos.
Leo todo lo posible sobre la nueva reforma laboral y sobre las anteriores. Al fin topo con un cuadernillo de Cristianismo y Justicia de 2010. Subrayo esta frase: “Las diversas reformas laborales han servido para oprimir más al mundo obrero y privilegiar al capital pero no para mejorar la economía española cuyos males radican en otros campos distintos del de las relaciones laborales”.
Desde 1984 hasta 2012 se han sucediendo diferentes reformas laborales. Todas con un mismo fin: reducir el paro y acabar con el desempleo. Los políticos modifican variables como la temporalidad, el despido o la contratación sin éxito alguno. Tal vez es cierto que lo legislativo poco tiene que ver. Quizás, como también se afirma en el cuaderno: “La evolución del empleo, el paro y la temporalidad en España, responde a ciclos económicos”.
En esta reforma se abarata el despido, se generaliza la indemnización de 20 días, se reduce el despido improcedente de 45 a 33 días y las empresas podrán borrarse del convenio de su sector de ser conveniente. Todo esto, en medio de una crisis, imagino que provocará más despidos. Por ejemplo, si bien las empresas se animarán a contratar a jóvenes –podrán deducir hasta 3.000 euros–, también se animarán a despedirlos pasados el periodo de prueba de un año –despido libre. La pregunta que me queda es si después de más de tres décadas de reformas laborales, caemos en los mismos errores porque somos tontos, o porque nos lo hacemos.
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