Por Joaquim Gomis
La pregunta es evidente: ¿qué sabe la mayoría del personal sobre el Vaticano II? Los mayores hablamos de él simplemente como “el Concilio” y damos por supuesto que fue el acontecimiento más importante en la historia de la Iglesia contemporánea. Pero celebrar ahora el cincuentenario de su inicio equivale a reconocer que solo los ya ancianos lo vivimos y que si las generaciones mayores experimentaron aún su influencia, en cambio para una amplia mayoría que podríamos situar de los 50 años para abajo, hablar del Concilio significa hacerlo de algo que apenas se conoce. ¿No sería bueno aprovechar el cincuentenario para darlo a conocer?
Me ofrezco para hacer de maestro, pensando sobre todo en las generaciones jóvenes. Me sabe mal que algo que uno aprecia y valora sea tan poco conocido. Y se hable de él dando demasiado por supuesto mucho de lo que es esencial. Me gustaría recordar que según el libro de los Hechos de los Apóstoles (capítulo 15) ya la Iglesia naciente supo encontrar en la práctica conciliar la solución a su mayor problema: pasar de ser una secta judía a una comunión de creyentes abierta a todos. Lo curioso es que en aquel llamado concilio de Jerusalén ya se hallen las características básicas conciliares: reunión para resolver un problema grave que afecta a todos, presencia de diversas tendencias, función de Pedro como mediador, opción mayoritaria por la apertura pero con concesiones menores para la minoría conservadora (concesiones que pronto se desvanecieron).
Podría trazarse una historia de la Iglesia en paralelo con la de los concilios. Los grandes concilios del primer milenio centrados sobre todo en el cristianismo del próximo oriente, que formulan los “credos” que siguen proclamando todas las Iglesias (y que podrían ser la base de unión entre todas ellas). Tras la división entre oriente y occidente, tras el rechazo del Papa por unos y su creciente exaltación por otros, hay un bajón conciliar hasta el gran intento del Concilio de Trento (siglo xvi) como pretensión de respuesta a la reforma protestante que implica una “contra” reforma. Fracasó en su intento de someter a los considerados herejes, triunfó en implantar unas formas de creencia y comportamiento que han durado hasta el siglo xx, hasta el Vaticano II. Confirmadas por el breve Concilio Vaticano I, en 1869, al proclamar la infabilidad del Papa (una infabilidad que doctrinalmente apenas significa nada pero que fue el disparadero de una creciente inflación del centralismo romano).
Sueño para una nueva época
Me excuso por tan prolija introducción. Pero me parece el único modo de explicar la importancia del Vaticano II. Que no es tanto lo que dijo, sino el intento de pasar página. Quizá sin ser siempre consciente de ello, el propósito es terminar no solo con la etapa iniciada en el Concilio de Trento, sino incluso de volver a tiempos anteriores. Resumen en dos palabras: el ressourcement, es decir, la vuelta a las fuentes, a los orígenes cristianos, al Evangelio, y el aggiornamento, es decir, apertura, abandonar la concepción de la Iglesia como baluarte opuesto a la modernidad y renovarla para que sea como fuente de agua viva en la plaza del pueblo.
Habían ido apareciendo durante la primera mitad del siglo xx movimientos de renovación en la Iglesia. Pero también de cerrazón, de cruzada tanto antimoderna en lo intelectual como anticomunista en lo social. La gran figura del aristócrata Pío XII culminaba el creciente centralismo eclesial. Un profesor en la principal universidad romana acababa de explicar que con la proclamación de la infabilidad papal eran inútiles –habían terminado– los concilios. Pero a la muerte de Pío XII los cardenales eligieron como Papa de transición, en tiempos de espera, un cristiano anciano y sencillo, sin fama ni relieve: Juan XXIII.
No solo resultó una sorpresa porque gustaba a la gente sino porque él mismo supo llegar al fondo de la cuestión: hemos de cambiar, yo solo no sé cómo, convocaré un Concilio. Que vengan los obispos, aporten su experiencia, busquen nuevos caminos. Y que así también nos sintamos más cercanos a los cristianos de las otras Iglesias y caminemos hacia la unión. Y aún más: que la Iglesia se sienta más cercana a todos los hombres, sea más servidora, no identificada con ningún bando.
Este era el intento de Juan XXIII. Despertó expectativas, incluso entusiasmo, pero también escepticismo, oposición. La mayoría de quienes debían preparar los textos para el debate conciliar no creían en el sueño de Roncalli. Los miembros de la curia romana que dominaban la sala de máquinas, imaginaban que los obispos aprobarían sin dificultad unos textos que repetían las enseñanzas de los últimos papas. La teología anquilosada, la posición atrincherada ante todo lo que oliera a modernidad. Incluso con el añadido de alguna nueva condena (¿no era tradicional que los concilios terminaran fulminando con anatemas a los supuestos enemigos de la Iglesia?). De nueva época, nada de nada.
La rebelión de los obispos
El 11 de octubre de 1962 una larga y tediosa ceremonia inauguró el Concilio. Pero al final, cuando bastantes obispos ya bostezaban, Juan XXIII, que hasta entonces apenas había intervenido en la preparación –era un creyente de la libertad–, sorprende a todos con una rotunda afirmación de lo que debe ser el Vaticano II. Primero, una visión positiva y optimista (lejos de “los profetas de calamidades”); segundo, un paso adelante en la presentación de la fe (para repetir lo mismo no hacía falta un concilio); tercero, nada de condenas sino misericordia y bondad para todos; cuarto, unidad de todos los cristianos en favor de la unidad entre todos los hombres. Muchos apenas captaron la importancia de lo que decía aquel anciano, pero era el anuncio de un concilio distinto. Él no lo viviría ya que murió meses después, pero aún hoy sus palabras siguen siendo decisivas porque señalan el camino de una nueva época en la Iglesia.
Al discurso siguió un par de días después lo que la prensa italiana calificó de la ribellione dei vescovi o incluso il tempo del demonio al Concilio. La curia romana había preparado unas comisiones de miembros adictos para redactar los textos conciliares. Pensaban que todo estaba atado y bien atado. Pero contra todo lo previsto, el cardenal francés Liénart y el alemán Frings se levantaron en la asamblea para protestar y pedir tiempo para que los obispos pudieran elaborar libremente unas comisiones nuevas.
Fue el fin del intento del sector conservador por dominar el Concilio. Nacía lo que luego se denominó mayoría renovadora que fue determinante en el Vaticano II. Inicialmente inspirada por los episcopados centroeuropeos, incorporó luego muchos obispos de otros continentes. La curia romana, episcopados como el italiano y el español, quedaron en una minoría conservadora con escaso vigor. Y la mayor parte de los documentos que habían preparado llenaron papeleras (o como dicen que dijo Juan XXIII, fueron “Tíber abajo”). Mientras no pocos teólogos que en los años anteriores habían sido prohibidos pasaban a convertirse en redactores de los textos conciliares (Congar, Chenu, Schillebeeckx, Rahner, e incluso Ratzinger, pueden ser ejemplos).
La liturgia salva y cambia
Lo que se anunciaba como un Concilio soso se convierte en conflictivo. El Papa y la mayoría sensata deciden aparcar los temas polémicos y empezar por algo que parece inocuo: la liturgia (que además es el documento mejor preparado). Pero los días pasan y las discusiones se eternizan. Los obispos carecen de práctica parlamentaria y se repiten inútilmente. El episcopado norteamericano encarga a una empresa que calcule el futuro conciliar y el resultado es que a este ritmo el Vaticano II duraría 240 años.
Pero surge la paradoja: el empeño de la minoría conservadora por oponerse a cualquier reforma refuerza la mayoría renovadora a la que se van incorporando los episcopados latinoamericanos, africanos, asiáticos. También la liturgia resulta conflictiva y algunos defienden el latín como si fuera dogma de fe. Pero se levanta Malula, un joven obispo africano y les desafía a que vayan a celebrar en latín a su país. Se pasa a la votación y el resultado es contundente: el 97 por ciento votan a favor de la reforma litúrgica. El obispo Lefebvre se queda solo aunque cincuenta años después sus seguidores sigan defendiendo –incluso con la bendición del Papa– lo que rechazó el Concilio.
La liturgia salvó el Concilio porque quedó claro que la gran mayoría de obispos quería lo que Juan XXIII había proclamado en su discurso inaugural: acercar la Iglesia al pueblo. Y cambió la Iglesia porque fue lo que pronto, cuando empezó a aplicarse la reforma, percibió la gente: el cura dejó de darle la espalda y la misa, los sacramentos, ya se celebraban en la lengua que entendían. Hoy parece lo más normal, entonces significó el cambio. ¿Se imagina alguien volver a la práctica preconciliar?
Intento inútil de conciliación
El 3 de junio de 1963 falleció el papa Roncalli. Se ha dicho que fue el momento de máximo “crédito” de la Iglesia en la historia contemporánea. Acababa de publicar la encíclica Pacem in terris, dirigida a todos los hombres de buena voluntad sobre “la paz entre todos fundada en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”. Sin duda, el texto más leído en los veinte siglos de producción papal. Ya en el lecho de muerte llamó a sus colaboradores más cercanos y les resumió sin miedo su mensaje: “No es que cambie el Evangelio, es que nosotros empezamos a comprenderlo mejor”.
La gran incógnita es qué hará el nuevo Papa con un concilio que simplemente está en sus inicios y cuando no falta en las alturas vaticanas quien quiere aplazarlo sine die. El escogido, Pablo VI, puede considerarse el cardenal más inteligente y culto, el que mejor conoce los problemas de la Iglesia. Acaba de proclamar que “la herencia de Juan XXIII no puede quedar encerrada en su sepulcro”, pero no se parecen en nada. Montini ha trabajado casi toda su vida en la curia romana pero la curia no le quiere porque le teme. “Es un furbo (astuto), si sale me ne vado”, nos dijo un tipiquísimo monseñor romano a Joan Llopis y a mí el día antes. Salió Montini, lo primero que afirmó es que continuaría el Concilio, pero aquel monseñor no se fue y siguió su carrera en la Curia.
Se ha dicho que la gran preocupación de Pablo VI fue conseguir un Concilio de todos, sin victoria de la mayoría renovadora sobre la minoría conservadora. Intervino como no lo había hecho Juan XXIII para contener a los renovadores y contentar a los conservadores. Aunque uno lo imagina más cercano a las grandes figuras conciliares progresistas como los cardenales el jesuita alemán Bea, el belga Suenens, el holandés Alfrink, el austríaco König, incluso el italiano Lercaro, que no a los integristas Ottaviani, Siri, Rufini, todos italianos. Su intento de conciliación creo que fue un fracaso: maniobraba la derecha en las comisiones, conseguía que Pablo VI propusiera fórmulas más matizadas, pero a la hora de las votaciones la mayoría renovadora –con el asentimiento del centro– vencía casi apabulladoramente.
Por eso un servidor discrepa del tópico que hoy muchos repiten sobre el Concilio como un sí pero no. Es decir, como un predominio de afirmaciones renovadoras pero seguidas de matizaciones conservadoras que quitan vigor a los textos y los dejan en la mediocridad propia de las opciones centristas. Es verdad que eso se da en ocasiones, pero como intento fracasado. La minoría –con el apoyo de Pablo VI– consiguió meter algún gol para salvar el honor, pero la victoria fue clara de los renovadores. Como escribió el profesor Giuseppe Alberigo, el mejor historiador del Vaticano II, fue más un acontecimiento que no una colección de textos. El acontecimiento significa el fin de una etapa y el inicio de otra. Que, pese a quien pese, se concreta en un cambio sin vuelta atrás.
Adquisiciones y fracasos
Ya hemos hablado de la renovación litúrgica. En las tres sesiones que presidió Pablo VI se podría resumir –esquemáticamente– el Vaticano II en las siguientes adquisiciones. La primera, decisiva, el retorno al Evangelio. Que implica desde la presencia de la lectura de la Biblia en toda celebración hasta la admisión de todo el esfuerzo de investigación sobre el sentido de la Escritura. Más a fondo, es priorizar la fe en Jesucristo sobre los añadidos de las diversas épocas. Lo cual, evidentemente, es el gran paso hacia el reencuentro con las otras Iglesias cristianas.
La afirmación conciliar de que “hay una jerarquía en las verdades de la fe” es fundamental en dos aspectos: abre el camino para encontrarse en el núcleo cristiano con todos los creyentes en Jesús (y relativizar lo secundario propio de cada tradición) y abre también el camino para progresar con libertad en nuevos planteamientos de un futuro cristiano. La fe no es un listado de dogmas sino la adhesión a una persona en quien Dios se comunica.
La segunda gran adquisición es que la Iglesia no es una institución, una sociedad que compite con las otras –con las políticas– sino un pueblo, una comunidad. Es lo que mostró el cambio de orden en la Constitución que el Vaticano II preparó como la más importante: la dedicada a explicar qué es la Iglesia. El proyecto empezaba hablando del Papa y los obispos. Pero fueron los mismos obispos quienes decidieron cambiar el orden: primero debía hablarse del común de los cristianos porque la Iglesia –palabra griega que significa Asamblea– es ante todo pueblo, comunidad. Papa y obispos son servidores. Probablemente es lo que menos del Concilio ha pasado a la realidad. No es fácil que quien tiene el poder renuncie a él. Todo tinglado jerárquico tiende a reproducirse. Incluso el intento del Vaticano II por reducir el centralismo romano, el poder del Papa, situándolo en una colegialidad que potenciara más el papel de los obispos en el conjunto de la Iglesia, ha quedado reducido a casi nada (unos sínodos episcopales sin poder mientras la curia romana mantiene con más pena que gloria el suyo). Es sin duda el mayor fracaso del postconcilio porque así, desde el poder, puede impedirse que muchas semillas conciliares, que han arraigado en el pueblo cristiano, puedan desarrollarse.
El Vaticano II proclamó la libertad religiosa –aunque la mayoría de obispos españoles, azuzados por el régimen franquista, se opusieran– y la mayor parte del común de los católicos se ha acostumbado a pensar y actuar libremente. Esta realidad es signo de que el Concilio causó un cambio de época en el colectivo católico. Pero se mantienen las resistencias, muchas de ellas incoherentes con las grandes afirmaciones conciliares. Basta leer el último gran documento del Vaticano II, la “Constitución sobre la Iglesia en el mundo”, para constatar la dicotomía: bastante de lo que se predica sobre el mundo y la sociedad, la autoridad eclesiástica no lo aplica en la Iglesia (por ejemplo, lo referente a la mujer). Al parecer, 50 años no han sido aún suficientes para convertir a la superioridad eclesiástica. Ya dicen los historiadores que los grandes concilios suelen tener una aplicación lenta.
25 de septiembre de 2012
19 de septiembre de 2012
La compasión judicial
Por Fernando Rey
El juez debe negarse a comprender al delincuente. No cabe la compasión. Debe aplicar la ley. Por supuesto, tendrá su opinión personal sobre el caso a decidir, que no necesariamente coincidirá con su veredicto. Es posible, por ejemplo, que piense que había razones poderosas para justificar la conducta del delincuente, o que él mismo habría hecho algo parecido en una situación similar, pero el juez se ve obligado a aplicar las reglas de sanción que le vienen dadas. Es el legislador, es decir, quien representa por antonomasia a los ciudadanos porque es elegido por ellos, el que debe establecer la política criminal. Ciertamente, esto no significa que el juez no disponga de un cierto margen de apreciación personal porque, al aplicar la ley, tiene previamente que interpretarla, y determinar el sentido de una norma no es fácil y admite diversas posibilidades. Con las normas en la mano podría justificarse, por ejemplo, tanto la excarcelación del etarra enfermo de cáncer, como su mantenimiento en prisión hasta que la enfermedad avanzara más. Se trata de decisiones ampliamente discrecionales.
Muchos ciudadanos creen que nuestro sistema penal es demasiado amable con los delincuentes. En algunos aspectos, como sabemos los juristas, esto es verdad. Pero, desde otro punto de vista, tampoco deberíamos ignorar y despreciar la corriente humanizadora que, desde la Ilustración, ha venido configurando un derecho penal más justo y equilibrado. Todo esto no tiene que ver con la compasión, sino con la ineludible necesidad de que en un Estado democrático las autoridades impartan justicia y no venganza.
El juez debe negarse a comprender al delincuente. No cabe la compasión. Debe aplicar la ley. Por supuesto, tendrá su opinión personal sobre el caso a decidir, que no necesariamente coincidirá con su veredicto. Es posible, por ejemplo, que piense que había razones poderosas para justificar la conducta del delincuente, o que él mismo habría hecho algo parecido en una situación similar, pero el juez se ve obligado a aplicar las reglas de sanción que le vienen dadas. Es el legislador, es decir, quien representa por antonomasia a los ciudadanos porque es elegido por ellos, el que debe establecer la política criminal. Ciertamente, esto no significa que el juez no disponga de un cierto margen de apreciación personal porque, al aplicar la ley, tiene previamente que interpretarla, y determinar el sentido de una norma no es fácil y admite diversas posibilidades. Con las normas en la mano podría justificarse, por ejemplo, tanto la excarcelación del etarra enfermo de cáncer, como su mantenimiento en prisión hasta que la enfermedad avanzara más. Se trata de decisiones ampliamente discrecionales.
Muchos ciudadanos creen que nuestro sistema penal es demasiado amable con los delincuentes. En algunos aspectos, como sabemos los juristas, esto es verdad. Pero, desde otro punto de vista, tampoco deberíamos ignorar y despreciar la corriente humanizadora que, desde la Ilustración, ha venido configurando un derecho penal más justo y equilibrado. Todo esto no tiene que ver con la compasión, sino con la ineludible necesidad de que en un Estado democrático las autoridades impartan justicia y no venganza.
16 de julio de 2012
Qué ha sucedido con la Democracia Cristiana
Por Günter Krings
El Papa Benedicto XVI dio el año pasado un discurso impactante en el Bundestag, durante su visita a Alemania. Empezó relatando una historia preciosa del Antiguo Testamento, la del joven rey Salomón y su ascensión al trono. Dios le concedió un deseo, y Salomón no quiso bienestar, ni una vida longeva, tampoco la muerte para sus enemigos. Deseó conocimiento, poder juzgar a su pueblo con el corazón, y liderarlos con justicia.
Esta historia tal vez contenga las ideas fundamentales que asientan los cimientos de la política demócrata-cristiana en el siglo XXI. Primero, existe la idea de la humildad, el darse cuenta de que uno no sabe todo lo que se ha de saber sobre lo que es bueno para el otro –el rechazo de todas las ideologías con visiones rígidas sobre el mundo, ideologías que quisieran superponerse a la realidad. Además, la historia manifiesta un enfoque bastante pragmático, que ha sido siempre una de las características de las políticas de la Democracia Cristiana. Una práctica política que aspira a responder a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, y que debe ser capaz de adaptarse. Los políticos no deben conformarse con las respuestas que encontraron en el pasado, más bien deben reaccionar ante los nuevos problemas y encontrar nuevas soluciones. Esto es algo que estamos viendo ahora en la crisis del euro, donde las personas buscan orientación y esperan respuestas a sus legítimas preguntas.
A su vez, la práctica política de la Democracia Cristiana está esencialmente fundamentada en una visión cristiana de la humanidad, algo cada vez más importante en un tiempo en el que pocas áreas de la vida son capaces de resistir las fuertes presiones de los mercados económicos. Estoy seguro de que las políticas demócrata-cristianas aportan respuestas importantes ante el riesgo de que todo acabe determinado por las reglas económicas. Existen valores más allá de la economía. Y lo vemos en lo que se refiere a asuntos relacionados con la bioética, los derechos humanos, la política educativa, la protección de las celebraciones religiosas, o la familia, por mencionar solo unas pocas áreas.
Mantener el equilibrio entre libertad y responsabilidad es una parte esencial de lo que la “C” de Democracia Cristiana quiere significar. Todo individuo dentro del estado debe ser, en primera estancia, responsable de su propia vida. Y cada ciudadano debe tener garantizada la mayor libertad posible a la hora de ejercer esta responsabilidad. Una esfera privada que viene complementada por la familia, los amigos, o iniciativas privadas como clubs y asociaciones. El estado debe facilitar y promover estos esfuerzos. Pero además somos seres sociales, incapaces de sobrevivir aislados, y en términos concretos esto significa que la actividad emprendedora no debe estar encadenada con un exceso de normas, tasas o gravámenes. También significa que el objetivo de un estado cimentado en la asistencia social debe de estar al lado de aquellos que requieren su ayuda para lograr que recuperen su autonomía cuanto antes.
No podemos reducir la libertad a un mero concepto. Las condiciones sociales pueden significar a menudo que la libertad que en teoría existe, en la realidad no permita a las personas vivir su vida libremente. Por eso es oportuno e importante crear oportunidades para todos los ciudadanos. Oportunidades para obtener unos buenos resultados académicos y lograr un empleo. Así todos, en el marco de seguridad ofrecido por el estado, serán capaces de perseguir y lograr la felicidad. Lo que se requiere no es una completa igualdad en los ingresos, sino las mismas oportunidades para todos. Algunas personas nacen en la cima de la montaña, otras en el valle. Algunas personas tienen facilidad para progresar, mientras que otras necesitan de un mayor esfuerzo. Pero lo importante es conseguir que no existan obstáculos injustos que bloqueen el camino de la persona.
El Papa Benedicto XVI dio el año pasado un discurso impactante en el Bundestag, durante su visita a Alemania. Empezó relatando una historia preciosa del Antiguo Testamento, la del joven rey Salomón y su ascensión al trono. Dios le concedió un deseo, y Salomón no quiso bienestar, ni una vida longeva, tampoco la muerte para sus enemigos. Deseó conocimiento, poder juzgar a su pueblo con el corazón, y liderarlos con justicia.
Esta historia tal vez contenga las ideas fundamentales que asientan los cimientos de la política demócrata-cristiana en el siglo XXI. Primero, existe la idea de la humildad, el darse cuenta de que uno no sabe todo lo que se ha de saber sobre lo que es bueno para el otro –el rechazo de todas las ideologías con visiones rígidas sobre el mundo, ideologías que quisieran superponerse a la realidad. Además, la historia manifiesta un enfoque bastante pragmático, que ha sido siempre una de las características de las políticas de la Democracia Cristiana. Una práctica política que aspira a responder a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, y que debe ser capaz de adaptarse. Los políticos no deben conformarse con las respuestas que encontraron en el pasado, más bien deben reaccionar ante los nuevos problemas y encontrar nuevas soluciones. Esto es algo que estamos viendo ahora en la crisis del euro, donde las personas buscan orientación y esperan respuestas a sus legítimas preguntas.
A su vez, la práctica política de la Democracia Cristiana está esencialmente fundamentada en una visión cristiana de la humanidad, algo cada vez más importante en un tiempo en el que pocas áreas de la vida son capaces de resistir las fuertes presiones de los mercados económicos. Estoy seguro de que las políticas demócrata-cristianas aportan respuestas importantes ante el riesgo de que todo acabe determinado por las reglas económicas. Existen valores más allá de la economía. Y lo vemos en lo que se refiere a asuntos relacionados con la bioética, los derechos humanos, la política educativa, la protección de las celebraciones religiosas, o la familia, por mencionar solo unas pocas áreas.
Mantener el equilibrio entre libertad y responsabilidad es una parte esencial de lo que la “C” de Democracia Cristiana quiere significar. Todo individuo dentro del estado debe ser, en primera estancia, responsable de su propia vida. Y cada ciudadano debe tener garantizada la mayor libertad posible a la hora de ejercer esta responsabilidad. Una esfera privada que viene complementada por la familia, los amigos, o iniciativas privadas como clubs y asociaciones. El estado debe facilitar y promover estos esfuerzos. Pero además somos seres sociales, incapaces de sobrevivir aislados, y en términos concretos esto significa que la actividad emprendedora no debe estar encadenada con un exceso de normas, tasas o gravámenes. También significa que el objetivo de un estado cimentado en la asistencia social debe de estar al lado de aquellos que requieren su ayuda para lograr que recuperen su autonomía cuanto antes.
No podemos reducir la libertad a un mero concepto. Las condiciones sociales pueden significar a menudo que la libertad que en teoría existe, en la realidad no permita a las personas vivir su vida libremente. Por eso es oportuno e importante crear oportunidades para todos los ciudadanos. Oportunidades para obtener unos buenos resultados académicos y lograr un empleo. Así todos, en el marco de seguridad ofrecido por el estado, serán capaces de perseguir y lograr la felicidad. Lo que se requiere no es una completa igualdad en los ingresos, sino las mismas oportunidades para todos. Algunas personas nacen en la cima de la montaña, otras en el valle. Algunas personas tienen facilidad para progresar, mientras que otras necesitan de un mayor esfuerzo. Pero lo importante es conseguir que no existan obstáculos injustos que bloqueen el camino de la persona.
Etiquetas:
Antiguo Testamento,
Benedicto XVI,
bienestar,
Bundestag,
crisis,
Democracia Cristiana,
economía,
El Ciervo,
humanidad,
libertad,
Papa,
política,
progreso,
responsabilidad,
siglo XXI,
sociedad
10 de julio de 2012
¿Dónde me hubiera gustado nacer? Nueva York, 1961
Por Iñaki Esteban
Un lugar agradable donde haber nacido estaría en la parte alta y señorial de Manhattan: museos, bibliotecas y universidades de primera clase, además de Central Park a modo de jardín multiusos, para correr, asistir a conciertos o sencillamente tumbarse en la hierba. A pesar de ser un buen plan como partida de nacimiento, para mí y para todos, noto algo demasiado abstracto en ese paisaje, o demasiado ideal. Luego hay que llenar ese marco de experiencias y siento que a quien crezca de ese modo tan perfecto le faltará algo, el conflicto, más allá de los tormentos interiores a lo Proust.

Sin salir de Nueva York, parece más real y más denso lo que Martin Scorsese ha contado de sí mismo y de su barrio italiano en sus películas, dicho sea sin ánimo de postularse para entrar en la mafia. O lo que contó Spike Lee.
Luego hay lugares en los que no sé si a uno les habría gustado nacer aunque sin duda le encantaría vivir. Uno de ellos es Londres. ¿Qué Londres? No lo sé. El de una parte discreta y céntrica, quizá la de Holland Park, porque levantarse allí aunque llueva sin descanso infunde felicidad. En realidad, me gusta todo Londres. Hasta el sucio y descascarillado del East End. Debe de ser algo anormal.
Por lo demás, no entiendo a las personas que piensan que han nacido en el mejor sitio del mundo. No les entendería si incluso me dijeran que lo hicieron en una casa al lado del mar en la isla Martinica. No soporto ese grado de conformismo.
(Iñaki Esteban nació en Amurrio, Álava)
Un lugar agradable donde haber nacido estaría en la parte alta y señorial de Manhattan: museos, bibliotecas y universidades de primera clase, además de Central Park a modo de jardín multiusos, para correr, asistir a conciertos o sencillamente tumbarse en la hierba. A pesar de ser un buen plan como partida de nacimiento, para mí y para todos, noto algo demasiado abstracto en ese paisaje, o demasiado ideal. Luego hay que llenar ese marco de experiencias y siento que a quien crezca de ese modo tan perfecto le faltará algo, el conflicto, más allá de los tormentos interiores a lo Proust.

Sin salir de Nueva York, parece más real y más denso lo que Martin Scorsese ha contado de sí mismo y de su barrio italiano en sus películas, dicho sea sin ánimo de postularse para entrar en la mafia. O lo que contó Spike Lee.
Luego hay lugares en los que no sé si a uno les habría gustado nacer aunque sin duda le encantaría vivir. Uno de ellos es Londres. ¿Qué Londres? No lo sé. El de una parte discreta y céntrica, quizá la de Holland Park, porque levantarse allí aunque llueva sin descanso infunde felicidad. En realidad, me gusta todo Londres. Hasta el sucio y descascarillado del East End. Debe de ser algo anormal.
Por lo demás, no entiendo a las personas que piensan que han nacido en el mejor sitio del mundo. No les entendería si incluso me dijeran que lo hicieron en una casa al lado del mar en la isla Martinica. No soporto ese grado de conformismo.
(Iñaki Esteban nació en Amurrio, Álava)
2 de julio de 2012
En defensa de la política
Por Jordi Pérez Colomé
La penúltima etapa de la crisis económica de España ha sido el rescate bancario. El dinero europeo ha ido en el caso español –de momento– a los bancos. Después de los rescates de los gobiernos de Grecia, Irlanda y Portugal, en España la administración ya había hecho algunos deberes e impuesto medidas –más o menos acertadas– para paliar daños futuros. Es difícil saber ahora qué pasará. Cuando escribo no lo parece, pero la situación por supuesto puede aún empeorar y que todo esto no sirva para nada. Por ahora es indudable que los directivos de varios bancos gestionaron mal sus empresas y ahora necesitan más ayuda que el gobierno. Los bancos son más importantes para un país que sus fabricantes de coches, por ejemplo. Algunos banqueros creyeron que jugaban con red y sus errores deben ahora arreglarlos otros.
No sé qué responsabilidad deben asumir los directivos de las entidades que arriesgaron más de la cuenta. Pero sí me parece que el trabajo de los políticos está peor pagado y es más difícil. Políticos y banqueros coinciden en algo: ninguno de los dos gestiona su dinero. Los descalabros son así menos dolorosos. Pero el político debe salir a menudo a explicar por qué ha hecho algo. Como es lógico, intentará disimular y decir medias verdades para que creamos sus argumentos y demos menos importancia a sus errores. Pero podrá disimular solo un rato. Al final los hechos se imponen.
No todos los políticos son honestos, pero su labor de representación política es indispensable en una democracia. Como en otros oficios, para ser político hay que tener un carácter particular. Así que es de agradecer que se dediquen a esto quienes tienen capacidad de servicio público, ganas de notoriedad y convicción fuerte para defender unas ideas. Ya he contado aquí otras veces que el modo de seleccionar políticos que tienen los partidos no es el mejor. Cuenta aún demasiado el trabajo y las amistades en pasillos para subir. Los partidos españoles no son plataformas para que los individuos que quieran entren en la vida pública, son más bien empresas públicas que escogen a sus jefes con criterios confusos. Pero la apertura de los partidos es otro debate.
Los ciudadanos tienen todo el derecho a criticar a los políticos porque les pagan; son sus jefes. Pero los políticos merecen el respeto de alguien que hace un trabajo que todos podrían escoger, pero por lo que sea han preferido otro camino. En mi caso, el periodismo se adapta mejor a mi manera de ser. He sentido pocas veces la pasión necesaria por una idea como para debatir en público en su favor. Hace años charlaba sobre un conocido que empezaba a meterse en política con Lorenzo Gomis, fundador y director de esta revista durante medio siglo. Hablábamos de sus méritos y motivos. Había algo que hizo concluir a Lorenzo que “ni tú ni yo nos dedicaremos nunca a la política”. Él cumplió y yo voy por el camino.
La política es el arte necesario para mantener el poder. Cuando no hay política, el poder se reparte con otros medios: la violencia es el más común. Algunos dictadores defienden su labor como los que han acabado con la “lacra” de los políticos y sus trampas y corruptelas. Estoy ahora unos días en Egipto para ver de cerca la transición. No hay mejor laboratorio para ver la rudeza de la política que un país que debe ensuciarse en los pasillos de la política tras una revolución llena de pureza. Tras la salida de Hosni Mubarak, los pilares del antiguo régimen se han recolocado para mantener el poder. Pero ya no están solos: el islam político y los jóvenes revolucionarios tratan de comerles el terreno. Es el turno de la política y es mejor que lo que había antes. En Egipto la democracia es endeble porque la tradición es débil y el modo de lograr votos roza lo ilegal. En España en la transición hubo momentos similares.
He hablado estos días con un joven egipcio metido en un partido político. Lamentaba lo difícil que es cambiar una sociedad como la egipcia. Tenía prisa por mejorar el país: eliminar subsidios, mejorar la educación, montar una base fiscal sólida, castigar el acoso a las mujeres. Todas sus medidas eran razonables. Me preguntó por qué había surgido un movimiento como el 15M en España. Le dije que hay mucha gente descontenta con el modo de hacer política, aunque no luchaban por una petición única como en la revolución egipcia contra Mubarak. “¿Entonces cambiar las cosas en democracia también es tan lento y difícil, solo puedes votar cada cuatro años?” Parece que sí.
A pesar de todo esto, la política y sus fallos es la mejor alternativa que tenemos. Es el modo más eficaz de ver que una sociedad está formada por gente distinta y que todos tienen en algún momento sus opciones de mandar. Habrá mejores alternativas quizá en el futuro, pero mejor no soñar mucho. Las mejores democracias del mundo –Reino Unido, Estados Unidos, Escandinavia, Suiza– no son lugares ideales. Es bonito esforzarse en mejorar el sistema que nos gobierna, pero es útil no olvidar que es lo más delicado que hemos creado.
La penúltima etapa de la crisis económica de España ha sido el rescate bancario. El dinero europeo ha ido en el caso español –de momento– a los bancos. Después de los rescates de los gobiernos de Grecia, Irlanda y Portugal, en España la administración ya había hecho algunos deberes e impuesto medidas –más o menos acertadas– para paliar daños futuros. Es difícil saber ahora qué pasará. Cuando escribo no lo parece, pero la situación por supuesto puede aún empeorar y que todo esto no sirva para nada. Por ahora es indudable que los directivos de varios bancos gestionaron mal sus empresas y ahora necesitan más ayuda que el gobierno. Los bancos son más importantes para un país que sus fabricantes de coches, por ejemplo. Algunos banqueros creyeron que jugaban con red y sus errores deben ahora arreglarlos otros.
No sé qué responsabilidad deben asumir los directivos de las entidades que arriesgaron más de la cuenta. Pero sí me parece que el trabajo de los políticos está peor pagado y es más difícil. Políticos y banqueros coinciden en algo: ninguno de los dos gestiona su dinero. Los descalabros son así menos dolorosos. Pero el político debe salir a menudo a explicar por qué ha hecho algo. Como es lógico, intentará disimular y decir medias verdades para que creamos sus argumentos y demos menos importancia a sus errores. Pero podrá disimular solo un rato. Al final los hechos se imponen.
No todos los políticos son honestos, pero su labor de representación política es indispensable en una democracia. Como en otros oficios, para ser político hay que tener un carácter particular. Así que es de agradecer que se dediquen a esto quienes tienen capacidad de servicio público, ganas de notoriedad y convicción fuerte para defender unas ideas. Ya he contado aquí otras veces que el modo de seleccionar políticos que tienen los partidos no es el mejor. Cuenta aún demasiado el trabajo y las amistades en pasillos para subir. Los partidos españoles no son plataformas para que los individuos que quieran entren en la vida pública, son más bien empresas públicas que escogen a sus jefes con criterios confusos. Pero la apertura de los partidos es otro debate.
Los ciudadanos tienen todo el derecho a criticar a los políticos porque les pagan; son sus jefes. Pero los políticos merecen el respeto de alguien que hace un trabajo que todos podrían escoger, pero por lo que sea han preferido otro camino. En mi caso, el periodismo se adapta mejor a mi manera de ser. He sentido pocas veces la pasión necesaria por una idea como para debatir en público en su favor. Hace años charlaba sobre un conocido que empezaba a meterse en política con Lorenzo Gomis, fundador y director de esta revista durante medio siglo. Hablábamos de sus méritos y motivos. Había algo que hizo concluir a Lorenzo que “ni tú ni yo nos dedicaremos nunca a la política”. Él cumplió y yo voy por el camino.
La política es el arte necesario para mantener el poder. Cuando no hay política, el poder se reparte con otros medios: la violencia es el más común. Algunos dictadores defienden su labor como los que han acabado con la “lacra” de los políticos y sus trampas y corruptelas. Estoy ahora unos días en Egipto para ver de cerca la transición. No hay mejor laboratorio para ver la rudeza de la política que un país que debe ensuciarse en los pasillos de la política tras una revolución llena de pureza. Tras la salida de Hosni Mubarak, los pilares del antiguo régimen se han recolocado para mantener el poder. Pero ya no están solos: el islam político y los jóvenes revolucionarios tratan de comerles el terreno. Es el turno de la política y es mejor que lo que había antes. En Egipto la democracia es endeble porque la tradición es débil y el modo de lograr votos roza lo ilegal. En España en la transición hubo momentos similares.
He hablado estos días con un joven egipcio metido en un partido político. Lamentaba lo difícil que es cambiar una sociedad como la egipcia. Tenía prisa por mejorar el país: eliminar subsidios, mejorar la educación, montar una base fiscal sólida, castigar el acoso a las mujeres. Todas sus medidas eran razonables. Me preguntó por qué había surgido un movimiento como el 15M en España. Le dije que hay mucha gente descontenta con el modo de hacer política, aunque no luchaban por una petición única como en la revolución egipcia contra Mubarak. “¿Entonces cambiar las cosas en democracia también es tan lento y difícil, solo puedes votar cada cuatro años?” Parece que sí.
A pesar de todo esto, la política y sus fallos es la mejor alternativa que tenemos. Es el modo más eficaz de ver que una sociedad está formada por gente distinta y que todos tienen en algún momento sus opciones de mandar. Habrá mejores alternativas quizá en el futuro, pero mejor no soñar mucho. Las mejores democracias del mundo –Reino Unido, Estados Unidos, Escandinavia, Suiza– no son lugares ideales. Es bonito esforzarse en mejorar el sistema que nos gobierna, pero es útil no olvidar que es lo más delicado que hemos creado.
26 de junio de 2012
El polar y los bandidos
Por Manuel Quinto
La novela y el cine negro franceses, ambos conocidos como polar, surgen después de la Segunda Guerra Mundial por la influencia del hard boiled americano de Hammett y Chandler, del ambiente de la música de jazz y del cine hollywoodiense realista de los 40. Sin embargo, la cultura francesa tenía ya sus propias raíces en los folletines de Dumas, Sue y Féval, las famosas Memorias de Vidocq, el Monsieur Lecocq de Emile Gaboriau y, en cuanto al cine, el realismo lírico de Carné-Prévert-Gabin y films como Pépé, le Moko de Duvivier o El crimen de monsieur Lange, de Jean Renoir. La nouvelle vague, heredera de la política de autores y de las reivindicaciones de la revista Cahiers du Cinéma, demostró una gran pasión por el género, palpable en algunas destacadas realizaciones de sus jefes de fila Godard, Truffaut y, sobre todo, Claude Chabrol, mientras que se popularizaban las cintas diríamos de serie B protagonizadas por Eddie Constantine. A partir de los años 60, con el estrellato rutilante de Delon, Ventura, Belmondo y Montand, el cine francés nos ofrece obras que hoy en día son clásicos incontestables de la mano de Jean Pierre Melville, Jean Pierre Mocky, Jacques Becker o Bertrand Tavernier.
Si la crónica gangsteril americana se fundamenta en la época de la Ley Seca, luego en la Depresión y finalmente en el auge del narcotráfico, la correspondiente a Francia tiene sus raíces en el anarquismo de principios de siglo, las consecuencias de la colaboración con el régimen nazi y más tarde con la deriva de los pied-noirs y los harkis tras la guerra de Argelia. Películas que se han basado en la biografía de famosos fuera de la ley en el país galo han sido, a guisa de ejemplos, La bande a Bonnot (1968), de Philippe Fourastié, sobre Jules Bonnot, atracador anarquista muerto por la policía en Choisy-le-Roi en abril de 1912; la pareja de bandidos formada por Abel Danos y Raymond Naldi, que sirvieron de modelo en A todo riesgo (1960), primer film de Claude Sautet, con Lino Ventura y Jean Paul Belmondo; los elegantes Paul Carbone y François Spirito ilustraron la demasiado mitificadota Borsalino (1970), de Jacques Deray, que volvió para cuidar, esta vez con descarnado realismo, de las andanzas criminales de Emile Buisson, acusado de 30 asesinatos y 100 atracos y guillotinado en 1956, en Flic Story (1975), según el libro de Roger Borniche, el joven inspector de la Sureté que logró detenerlo.
Siguiendo esta elección de materiales, se ha estrenado ahora Les Lyonnais de Oliver Marchal, un director que fue él mismo policía, que se desligó del cuerpo para ser actor y guionista de la televisión y que luego se ha dedicado abiertamente a fundir sus experiencias en el campo del “polar”. Sus películas anteriores vistas en España fueron Asuntos pendientes (2004), nueva versión de Quai des Orfèvres, que Henri Georges Cluzot rodó en 1947, y MR 73 (2008), historia de un policía marsellés traumatizado por la muerte de su esposa e hija, que debe enfrentarse a un asesino en serie, además de a sus propios demonios.
Les Lyonnais cuenta en dos tiempos, pasado y presente, la historia del gitano Edmond Vidal, conocido por Momon, que junto con su inseparable compañero Serge Suttel lideraron una banda que perpetró numerosos atracos en la región lionesa a principios de los 70. El presente de Momon es el de un hombre en la sesentena, padre y abuelo, que se ha retirado de los affaires y pretende vivir una existencia tranquila con su familia y fieles amigos. La irrupción de Serge en sus planes despierta su sentido de la amistad y la solidaridad, lo que le lleva a preparar la fuga de su antiguo compañero de fechorías, que ha seguido fuera de la ley y que ha mantenido nuevos lazos con peligrosos individuos con los que tiene deudas que pagar. El pasado, servido en rápidos flash-backs con textura fotográfica diferente, nos permite ver la trayectoria juvenil de Vidal y Suttel, desde que fueron a la cárcel por un robo de cerezas, hasta sus más osados golpes en establecimientos bancarios. La combinación de estas dos intersecciones temporales traza las líneas maestras de la evolución de uno y otro, hasta propiciar un desenlace de fuerza shakesperiana.
Marchal logra una buena película, porque no olvida las enseñanzas de los clásicos. Es trágico como Coppola, crepuscular como Peckimpah, otorga primacía al destino como Lang y, bajando un escalón, se ambienta en los ecos de José Giovanni, novelista y director, que fue condenado a muerte y amnistiado y del que podemos señalar un precedente en su Le Gitan (1975), protagonizado por Alain Delon.
La novela y el cine negro franceses, ambos conocidos como polar, surgen después de la Segunda Guerra Mundial por la influencia del hard boiled americano de Hammett y Chandler, del ambiente de la música de jazz y del cine hollywoodiense realista de los 40. Sin embargo, la cultura francesa tenía ya sus propias raíces en los folletines de Dumas, Sue y Féval, las famosas Memorias de Vidocq, el Monsieur Lecocq de Emile Gaboriau y, en cuanto al cine, el realismo lírico de Carné-Prévert-Gabin y films como Pépé, le Moko de Duvivier o El crimen de monsieur Lange, de Jean Renoir. La nouvelle vague, heredera de la política de autores y de las reivindicaciones de la revista Cahiers du Cinéma, demostró una gran pasión por el género, palpable en algunas destacadas realizaciones de sus jefes de fila Godard, Truffaut y, sobre todo, Claude Chabrol, mientras que se popularizaban las cintas diríamos de serie B protagonizadas por Eddie Constantine. A partir de los años 60, con el estrellato rutilante de Delon, Ventura, Belmondo y Montand, el cine francés nos ofrece obras que hoy en día son clásicos incontestables de la mano de Jean Pierre Melville, Jean Pierre Mocky, Jacques Becker o Bertrand Tavernier.
Si la crónica gangsteril americana se fundamenta en la época de la Ley Seca, luego en la Depresión y finalmente en el auge del narcotráfico, la correspondiente a Francia tiene sus raíces en el anarquismo de principios de siglo, las consecuencias de la colaboración con el régimen nazi y más tarde con la deriva de los pied-noirs y los harkis tras la guerra de Argelia. Películas que se han basado en la biografía de famosos fuera de la ley en el país galo han sido, a guisa de ejemplos, La bande a Bonnot (1968), de Philippe Fourastié, sobre Jules Bonnot, atracador anarquista muerto por la policía en Choisy-le-Roi en abril de 1912; la pareja de bandidos formada por Abel Danos y Raymond Naldi, que sirvieron de modelo en A todo riesgo (1960), primer film de Claude Sautet, con Lino Ventura y Jean Paul Belmondo; los elegantes Paul Carbone y François Spirito ilustraron la demasiado mitificadota Borsalino (1970), de Jacques Deray, que volvió para cuidar, esta vez con descarnado realismo, de las andanzas criminales de Emile Buisson, acusado de 30 asesinatos y 100 atracos y guillotinado en 1956, en Flic Story (1975), según el libro de Roger Borniche, el joven inspector de la Sureté que logró detenerlo.
Siguiendo esta elección de materiales, se ha estrenado ahora Les Lyonnais de Oliver Marchal, un director que fue él mismo policía, que se desligó del cuerpo para ser actor y guionista de la televisión y que luego se ha dedicado abiertamente a fundir sus experiencias en el campo del “polar”. Sus películas anteriores vistas en España fueron Asuntos pendientes (2004), nueva versión de Quai des Orfèvres, que Henri Georges Cluzot rodó en 1947, y MR 73 (2008), historia de un policía marsellés traumatizado por la muerte de su esposa e hija, que debe enfrentarse a un asesino en serie, además de a sus propios demonios.
Les Lyonnais cuenta en dos tiempos, pasado y presente, la historia del gitano Edmond Vidal, conocido por Momon, que junto con su inseparable compañero Serge Suttel lideraron una banda que perpetró numerosos atracos en la región lionesa a principios de los 70. El presente de Momon es el de un hombre en la sesentena, padre y abuelo, que se ha retirado de los affaires y pretende vivir una existencia tranquila con su familia y fieles amigos. La irrupción de Serge en sus planes despierta su sentido de la amistad y la solidaridad, lo que le lleva a preparar la fuga de su antiguo compañero de fechorías, que ha seguido fuera de la ley y que ha mantenido nuevos lazos con peligrosos individuos con los que tiene deudas que pagar. El pasado, servido en rápidos flash-backs con textura fotográfica diferente, nos permite ver la trayectoria juvenil de Vidal y Suttel, desde que fueron a la cárcel por un robo de cerezas, hasta sus más osados golpes en establecimientos bancarios. La combinación de estas dos intersecciones temporales traza las líneas maestras de la evolución de uno y otro, hasta propiciar un desenlace de fuerza shakesperiana.
Marchal logra una buena película, porque no olvida las enseñanzas de los clásicos. Es trágico como Coppola, crepuscular como Peckimpah, otorga primacía al destino como Lang y, bajando un escalón, se ambienta en los ecos de José Giovanni, novelista y director, que fue condenado a muerte y amnistiado y del que podemos señalar un precedente en su Le Gitan (1975), protagonizado por Alain Delon.
18 de junio de 2012
¡Que inventen ellos!
Por Pere Escorsa
A principios del pasado siglo Miguel de Unamuno lanzó esta exclamación que pronto se hizo famosa, reflejo de la impotencia española frente a la mayor capacidad científica de los países del Norte. Sin embargo, en los últimos diez años España ha realizado un esfuerzo notable de aproximación a los países líderes.
En el período 2007-2012 España se situó como el noveno país del mundo por publicaciones científicas, con 583.554 documentos, delante de Rusia, Holanda, Corea del Sur (430.438 documentos), Brasil, Suiza o Suecia. Nuestro país se acercaba al pelotón de cabeza. Se considera que el número de artículos en las 5.700 revistas punteras que aparecen en la base de datos del ISI (Institute for Scientific Information) son un buen indicador del nivel investigador de un país.
Esta posición oculta un grave defecto: con la política del “café para todos” han proliferado demasiados centros de investigación que no alcanzan una masa crítica. No hay prioridades. Todas las universidades, por ejemplo, duplican esfuerzos pretendiendo investigar en las mismas áreas. Se impone una reestructuración urgente del sistema investigador.
Un caso curioso: según la base de datos Gopubmed, Barcelona, empatada con Boston, encabeza la clasificación mundial en publicaciones sobre nanomedicina en el 2011, con 106 artículos, cuyos autores están dispersos en una multitud de centros.
Pero con la crisis llegaron los recortes. En los Presupuestos Generales para el 2012 la cantidad reservada para toda la investigación civil cae un 25 por ciento respecto al año pasado, retrocediendo al nivel de 2006. Pasa a una dotación de 5.633 millones de euros frente a 7.518 millones el año anterior. Esto significará que muchos programas se interrumpirán a medio camino, que muchos científicos se quedarán sin contrato y deberán emigrar, que no se rejuvenecerán las plantillas contratando a nuevos investigadores jóvenes.
En el 2011 la financiación de la Ciencia en España fue del 1,3 por ciento del PIB, mientras que en Alemania o Francia supera el 2,5 por ciento. El gap vuelve a crecer. Gastamos más en lotería que en I+D. Años atrás, en la agenda de Lisboa se acordó que los países de la Unión Europea deberían alcanzar el 3 por ciento del PIB.
Sin embargo, hay un hecho tan o más preocupante. El número de patentes españolas es ridículo, lo que indica que muy pocas universidades o empresas se apropian de los resultados de la investigación. En el 2008 se concedieron en España 3.636 patentes, frente a las 239.000 de Japón, las 146.871 de los Estados Unidos o las 79.652 de Corea del Sur. Este último país merece un comentario especial: tiene menos publicaciones científicas que España pero, en cambio, protege muchísimo más sus inventos. Otra referencia: IBM con 6.180 patentes en el 2011 casi dobla la cifra española.
En nuestro país el número de patentes por investigador es de 0,02, cifra muy lejana de la de los países de referencia. Para corregir estos resultados el gobierno ha implementado el Plan PI de Promoción de la Propiedad Industrial 2010-2012, demasiado reciente todavía para evaluar sus resultados.
En estas circunstancias ¿quién aprovecha la investigación española? ¿Las empresas españolas?
El vicerrector de la Universidad Politécnica de Cataluña, Xavier Gil, argumenta que aquí no hay suficientes empresas capaces de absorber los resultados de la investigación. Nuestra investigación no se orienta a resolver los problemas del tejido empresarial. Por tanto, es muy probable que las empresas e instituciones extranjeras sean las grandes beneficiarias del esfuerzo investigador español. Este hecho se refleja también en la financiación de la participación española en los Programas de Investigación europeos, en los que la financiación que obtenemos es inferior a lo que aportamos. Solo retorna en forma de proyectos el 80 por ciento de la cantidad que aportamos, mientras que la proporción de Gran Bretaña es del 140 por ciento, la de Finlandia el 170 por ciento o la de Suecia del 140 por ciento.
Estamos financiando parte de la investigación de determinados países europeos. ¿O tal vez la investigación solo sirve para aumentar las retribuciones de los profesores que publican?
A principios del pasado siglo Miguel de Unamuno lanzó esta exclamación que pronto se hizo famosa, reflejo de la impotencia española frente a la mayor capacidad científica de los países del Norte. Sin embargo, en los últimos diez años España ha realizado un esfuerzo notable de aproximación a los países líderes.
En el período 2007-2012 España se situó como el noveno país del mundo por publicaciones científicas, con 583.554 documentos, delante de Rusia, Holanda, Corea del Sur (430.438 documentos), Brasil, Suiza o Suecia. Nuestro país se acercaba al pelotón de cabeza. Se considera que el número de artículos en las 5.700 revistas punteras que aparecen en la base de datos del ISI (Institute for Scientific Information) son un buen indicador del nivel investigador de un país.
Esta posición oculta un grave defecto: con la política del “café para todos” han proliferado demasiados centros de investigación que no alcanzan una masa crítica. No hay prioridades. Todas las universidades, por ejemplo, duplican esfuerzos pretendiendo investigar en las mismas áreas. Se impone una reestructuración urgente del sistema investigador.
Un caso curioso: según la base de datos Gopubmed, Barcelona, empatada con Boston, encabeza la clasificación mundial en publicaciones sobre nanomedicina en el 2011, con 106 artículos, cuyos autores están dispersos en una multitud de centros.
Pero con la crisis llegaron los recortes. En los Presupuestos Generales para el 2012 la cantidad reservada para toda la investigación civil cae un 25 por ciento respecto al año pasado, retrocediendo al nivel de 2006. Pasa a una dotación de 5.633 millones de euros frente a 7.518 millones el año anterior. Esto significará que muchos programas se interrumpirán a medio camino, que muchos científicos se quedarán sin contrato y deberán emigrar, que no se rejuvenecerán las plantillas contratando a nuevos investigadores jóvenes.
En el 2011 la financiación de la Ciencia en España fue del 1,3 por ciento del PIB, mientras que en Alemania o Francia supera el 2,5 por ciento. El gap vuelve a crecer. Gastamos más en lotería que en I+D. Años atrás, en la agenda de Lisboa se acordó que los países de la Unión Europea deberían alcanzar el 3 por ciento del PIB.
Sin embargo, hay un hecho tan o más preocupante. El número de patentes españolas es ridículo, lo que indica que muy pocas universidades o empresas se apropian de los resultados de la investigación. En el 2008 se concedieron en España 3.636 patentes, frente a las 239.000 de Japón, las 146.871 de los Estados Unidos o las 79.652 de Corea del Sur. Este último país merece un comentario especial: tiene menos publicaciones científicas que España pero, en cambio, protege muchísimo más sus inventos. Otra referencia: IBM con 6.180 patentes en el 2011 casi dobla la cifra española.
En nuestro país el número de patentes por investigador es de 0,02, cifra muy lejana de la de los países de referencia. Para corregir estos resultados el gobierno ha implementado el Plan PI de Promoción de la Propiedad Industrial 2010-2012, demasiado reciente todavía para evaluar sus resultados.
En estas circunstancias ¿quién aprovecha la investigación española? ¿Las empresas españolas?
El vicerrector de la Universidad Politécnica de Cataluña, Xavier Gil, argumenta que aquí no hay suficientes empresas capaces de absorber los resultados de la investigación. Nuestra investigación no se orienta a resolver los problemas del tejido empresarial. Por tanto, es muy probable que las empresas e instituciones extranjeras sean las grandes beneficiarias del esfuerzo investigador español. Este hecho se refleja también en la financiación de la participación española en los Programas de Investigación europeos, en los que la financiación que obtenemos es inferior a lo que aportamos. Solo retorna en forma de proyectos el 80 por ciento de la cantidad que aportamos, mientras que la proporción de Gran Bretaña es del 140 por ciento, la de Finlandia el 170 por ciento o la de Suecia del 140 por ciento.
Estamos financiando parte de la investigación de determinados países europeos. ¿O tal vez la investigación solo sirve para aumentar las retribuciones de los profesores que publican?
12 de junio de 2012
Culturas
Por Luis Suñén
Acabo de pasar casi un día en Viena. Un viaje de trabajo, de la noche del domingo a la tarde del lunes. Toda Europa hacía el puente del Primero de Mayo y por lo menos media estaba en la capital austriaca, a treinta grados, demostrando antes de tiempo –sandalia descalza, pantalón corto, michelín al aire– ese axioma que la suegra de un amigo mío despliega en cuanto llegan los calores: “Qué ordinario es el verano”. Tenía una cita a las doce en el Hotel Imperial con Gustavo Dudamel, el joven director de orquesta venezolano, el mejor de los alumnos de José Antonio Abreu y su maravilloso Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela que ha sacado de la calle, de la marginalidad y de la ignorancia a miles de chavales de allá.
Dudamel no fue un marginal pero sí se integró en el Sistema con ganas y ahora es uno de los grandes de la música, uno de los que tiene en sus manos desatascar la clásica de formalidades sin sentido. Me admiró su conciencia de que es un ejemplo para muchos y, sobre todo, su falta de miedo ante esa realidad, su asunción inteligente de algo que ni puede ni quiere evitar, la responsabilidad social que posee a sus 31 años, querido y mimado por el marketing pero bien consciente de dónde está la esencia de su trabajo, de su manera de ser, de su vida como artista y como ser humano.
Como digo, habíamos quedado a mediodía, así que me daba tiempo de sobra a bajar desde el Graben dando un paseo lento y tranquilo, incluso de tomar, como lo hice, y aunque fuera un poco pronto, una cervecita bien fresca en la Karlsplatz.
La primera parada fue en la Peterskirche, esa especie de milagro barroco, de puro exceso, que se salva siempre porque conserva un equilibrio imposible, porque no recibió jamás esa voluta final que hubiera hecho que el asombro se desplomara como se desplomó cuando uno que iba haciendo fotografías se me puso delante. Claro, lo que cuenta no es vivir el instante sino creer que se le hace perdurar con una foto. ¿Perdurar qué, si nada hubo?
Qué distinto el ambiente en la Annenkirche, la iglesia de las oblatas de San Francisco de Sales, en la calle que lleva su nombre, que tiene expuesto el Santísimo y donde no había nadie, supongo que no porque sus bancos sean de una incomodidad penitencial sino porque, a Dios gracias, es menos lucida. Porque lo de la exposición no creo que le cortara un pelo al turismo.
Me acordé de Vargas Llosa, de su cruzada a favor de esa gran cultura que se pierde irremisiblemente en el marasmo de una opinión universal e indocumentada.
¿Cómo juzgar una novela si no se han leído Los miserables o El idiota? ¿Cómo hablar de música sin conocer las sinfonías de Beethoven?
En internet, todos los días, se opina, se juzga así. No es la necesidad del crítico que nos ilumine sino la pérdida de la formación crítica en el ciudadano que se enfrenta a la cultura, al placer estético, a la imagen de la vida. Es admirable la pelea del maestro. Y probablemente inútil, la de quien morirá con las botas puestas. Visto desde la orilla de los que creemos que la modernidad no es intrínsecamente perversa –aunque a veces lo dudemos– el trabajo del gran escritor es un ejemplo de creencia en eso que Edward Morgan Forster llamaba la vida de los valores y que creía imprescindibles en las novelas.
Y, hablando de cultura, alguna vez ha quedado claro en estas páginas que me gusta el fútbol y soy del Real Madrid. Debo sufrir, pues, una cierta esquizofrenia respecto a los modos de José Mourinho comparados permanentemente con los de su tocayo Guardiola. Como se trata de una confrontación que me aburre terriblemente, déjenme que les cite solamente la frase del malvado Mou tras ganar la Liga: “Para esto trabajas, para dar alegría”. Qué cosas: es exactamente lo que le pedimos a los políticos. ¿Y quién de ellos trabaja para eso?
Acabo de pasar casi un día en Viena. Un viaje de trabajo, de la noche del domingo a la tarde del lunes. Toda Europa hacía el puente del Primero de Mayo y por lo menos media estaba en la capital austriaca, a treinta grados, demostrando antes de tiempo –sandalia descalza, pantalón corto, michelín al aire– ese axioma que la suegra de un amigo mío despliega en cuanto llegan los calores: “Qué ordinario es el verano”. Tenía una cita a las doce en el Hotel Imperial con Gustavo Dudamel, el joven director de orquesta venezolano, el mejor de los alumnos de José Antonio Abreu y su maravilloso Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela que ha sacado de la calle, de la marginalidad y de la ignorancia a miles de chavales de allá.
Dudamel no fue un marginal pero sí se integró en el Sistema con ganas y ahora es uno de los grandes de la música, uno de los que tiene en sus manos desatascar la clásica de formalidades sin sentido. Me admiró su conciencia de que es un ejemplo para muchos y, sobre todo, su falta de miedo ante esa realidad, su asunción inteligente de algo que ni puede ni quiere evitar, la responsabilidad social que posee a sus 31 años, querido y mimado por el marketing pero bien consciente de dónde está la esencia de su trabajo, de su manera de ser, de su vida como artista y como ser humano.
Como digo, habíamos quedado a mediodía, así que me daba tiempo de sobra a bajar desde el Graben dando un paseo lento y tranquilo, incluso de tomar, como lo hice, y aunque fuera un poco pronto, una cervecita bien fresca en la Karlsplatz.
La primera parada fue en la Peterskirche, esa especie de milagro barroco, de puro exceso, que se salva siempre porque conserva un equilibrio imposible, porque no recibió jamás esa voluta final que hubiera hecho que el asombro se desplomara como se desplomó cuando uno que iba haciendo fotografías se me puso delante. Claro, lo que cuenta no es vivir el instante sino creer que se le hace perdurar con una foto. ¿Perdurar qué, si nada hubo?
Qué distinto el ambiente en la Annenkirche, la iglesia de las oblatas de San Francisco de Sales, en la calle que lleva su nombre, que tiene expuesto el Santísimo y donde no había nadie, supongo que no porque sus bancos sean de una incomodidad penitencial sino porque, a Dios gracias, es menos lucida. Porque lo de la exposición no creo que le cortara un pelo al turismo.
Me acordé de Vargas Llosa, de su cruzada a favor de esa gran cultura que se pierde irremisiblemente en el marasmo de una opinión universal e indocumentada.
¿Cómo juzgar una novela si no se han leído Los miserables o El idiota? ¿Cómo hablar de música sin conocer las sinfonías de Beethoven?
En internet, todos los días, se opina, se juzga así. No es la necesidad del crítico que nos ilumine sino la pérdida de la formación crítica en el ciudadano que se enfrenta a la cultura, al placer estético, a la imagen de la vida. Es admirable la pelea del maestro. Y probablemente inútil, la de quien morirá con las botas puestas. Visto desde la orilla de los que creemos que la modernidad no es intrínsecamente perversa –aunque a veces lo dudemos– el trabajo del gran escritor es un ejemplo de creencia en eso que Edward Morgan Forster llamaba la vida de los valores y que creía imprescindibles en las novelas.
Y, hablando de cultura, alguna vez ha quedado claro en estas páginas que me gusta el fútbol y soy del Real Madrid. Debo sufrir, pues, una cierta esquizofrenia respecto a los modos de José Mourinho comparados permanentemente con los de su tocayo Guardiola. Como se trata de una confrontación que me aburre terriblemente, déjenme que les cite solamente la frase del malvado Mou tras ganar la Liga: “Para esto trabajas, para dar alegría”. Qué cosas: es exactamente lo que le pedimos a los políticos. ¿Y quién de ellos trabaja para eso?
5 de junio de 2012
La Europa federal, una necesidad
Por Toni Comín
¿Qué Europa para el 2051? Si respondiésemos a esta pregunta con espíritu idealista, simplemente explicaríamos la Europa que soñamos, más allá de su viabilidad –un ejercicio probablemente encomiable, pero de un interés bastante limitado. Y si nos limitamos a contestar desde el estricto realismo, acabaremos por hacer un mero ejercicio de prospectiva, como si fuésemos meros espectadores de la historia, como si el futuro no fuese con nosotros. Pero la historia la hacen los hombres y, en parte, la hacen gracias a sus sueños. Por esto, intentemos enfrentarnos a tan trascendental interrogante con suficiente realismo como para plantear una Europa posible, pero con suficiente idealismo como para dibujar una Europa deseada y necesaria.
¿Dónde estamos ahora mismo? Esta crisis nos ha confirmado aquello que algunos –ni muchos– ya advirtieron cuando Maastricht: que no hay moneda que dure cien años sin un gobierno que la respalde. El gobierno económico de la eurozona es una condición indispensable para la supervivencia de la moneda única y, en consecuencia, de la Unión Europea (UE) como proyecto político. No hay zona monetaria sostenible si los países que la integran articulan entre ellos una relación de competencia fiscal.
El mal llamado “pacto fiscal” hoy en proceso de ratificación –ése que Hollande quiere renegociar y que mejor habría que llamar “pacto presupuestario”– prohíbe a los Estados de la UE los déficit estructurales. Para asegurar su cumplimiento, le otorga a la Comisión Europea una función de vigilancia que, en la práctica, viene a ser un derecho de veto sobre los presupuestos estatales. Pues bien, ¿son estos nuevos poderes de la Comisión meramente “técnicos” o deberíamos reconocer que tienen un calado indiscutiblemente político? Si a un poder eminentemente técnico le ha correspondido, hasta hoy, una legitimidad indirecta, ¿un poder fundamentalmente político, no debería ir aparejado a una legitimidad directa? Y en democracia –no nos fuéramos a despistar– la legitimidad directa solo puede provenir del sufragio universal.
Para acabarlo de arreglar, las políticas fiscales siguen siendo de competencia nacional, lo cual, contra lo que parece, no es una garantía de soberanía fiscal sino todo lo contrario: una puerta abierta a que tu política fiscal dependa de la que hace tu vecino. La UE ha optado por coordinar los gastos, pero no los ingresos, al menos de momento: mala fórmula. Los gobiernos nacionales no deberían haber aceptado de ningún modo el corsé presupuestario sin avanzar simultáneamente en la armonización fiscal: solo deberían comprometerse a no gastar más de lo que ingresan si tienen un mínimo control sobre lo que ingresan.
Pero, de aceptarse una verdadera integración fiscal, ¿quién debería decidir sobre esta hipotética política fiscal común? ¿Qué institución tiene hoy en la UE suficiente legitimidad para hacerlo, si no nos olvidamos de la vieja proclama de la revolución norteamericana según la cual “no taxation without representation”?
Hoy, como la Comisión no puede ejercer de verdadero gobierno económico europeo –porque, repetimos, no dispone de suficiente legitimidad para ello– es el Consejo Europeo quien lo intenta. Pero allí unos mandan más que otros: Alemania hace las veces de “gobierno económico de todos”, aunque, lógicamente, lo hace pensando básicamente en Alemania, más que en los intereses de la UE en su conjunto.
Añadamos a todo esto que hoy la respuesta de la política ante los mercados financieros, tan dados al efecto contagio y a las dinámicas especulativas, requiere de una capacidad de reacción si no inmediata si muy veloz. Y la regla de la unanimidad que rige en muchos asuntos en el Consejo Europeo impide demasiado a menudo actuar con la diligencia requerida por parte de los gobiernos. Si poner de acuerdo a todos exige un tiempo del que, cuando arrecian las crisis financieras, no se puede disponer, entonces alguien tendría que decidir con suficiente celeridad aunque no se haya fraguado un consenso. Pero, de nuevo, acecha la misma pregunta: ¿Quién tiene hoy la legitimidad para decidir por encima de la voluntad de los Estados miembros?
Estas razones –y no son todas– justifican el título que encabeza estas líneas: el tránsito de una UE confederal como la que tenemos hoy a una UE federal ha dejado de ser ya el sueño más o menos bienintencionado de algunos europeístas, para convertirse en una necesidad perentoria si queremos que la Unión –y hasta el euro mismo– sigan adelante. Una Europa federal que, aproximadamente, quiere decir lo que sigue:
1. Que la Comisión devenga un verdadero gobierno europeo, elegido democráticamente por los ciudadanos de la Unión, ya sea por medio de un sistema presidencialista o, casi mejor, de un sistema parlamentario –como el que rige hoy en España, Italia o Alemania, por poner algunos ejemplos. Y que, por lo tanto, este órgano –una vez disponga de legitimidad democrática directa– concentre todo el poder ejecutivo, que hoy comparte con el Consejo Europeo.
2. Que el Consejo Europeo renuncie a todos sus poderes ejecutivos y se convierta en una Cámara legislativa: una Cámara Alta o Senado, entendida como una cámara de representación territorial –un poco a la manera del Bundesrat alemán-. Este Senado de los Estados co-legislaría junto al Parlamento europeo.
3. Que el Parlamento adquiera plenas funciones legislativas, es decir, que su intervención sea determinante para la probación de las leyes que rigen el conjunto de la UE. Para ello, necesitamos partidos europeos, elecciones al Parlamento verdaderamente transnacionales, con listas electorales paneuropeas, lideradas por candidatos comunes, que optarían –siguiendo la lógica de los regímenes parlamentarios– a la presidencia de la Comisión.
Este es el cambio fundamental que, a nuestro parecer, Europa necesita para mucho antes del año 2051. Luego hay otros capítulos de trascendental importancia: cómo debería y podría ser la Unión en lo que concierne a la organización de su plurinacionalidad y pluriculturalidad interna: la Europa federal será plurinacional o no será; en su política exterior y de defensa: como agente de paz internacional; su papel en los organismos económicos y sociales internacionales: como agente de cooperación y de gobernanza de la economía global; y en la esfera ambiental: como vanguardia en el desarrollo de las energías renovables. Capítulos, todos ellos, sobre los que discurriremos en el futuro.
¿Qué Europa para el 2051? Si respondiésemos a esta pregunta con espíritu idealista, simplemente explicaríamos la Europa que soñamos, más allá de su viabilidad –un ejercicio probablemente encomiable, pero de un interés bastante limitado. Y si nos limitamos a contestar desde el estricto realismo, acabaremos por hacer un mero ejercicio de prospectiva, como si fuésemos meros espectadores de la historia, como si el futuro no fuese con nosotros. Pero la historia la hacen los hombres y, en parte, la hacen gracias a sus sueños. Por esto, intentemos enfrentarnos a tan trascendental interrogante con suficiente realismo como para plantear una Europa posible, pero con suficiente idealismo como para dibujar una Europa deseada y necesaria.
¿Dónde estamos ahora mismo? Esta crisis nos ha confirmado aquello que algunos –ni muchos– ya advirtieron cuando Maastricht: que no hay moneda que dure cien años sin un gobierno que la respalde. El gobierno económico de la eurozona es una condición indispensable para la supervivencia de la moneda única y, en consecuencia, de la Unión Europea (UE) como proyecto político. No hay zona monetaria sostenible si los países que la integran articulan entre ellos una relación de competencia fiscal.
El mal llamado “pacto fiscal” hoy en proceso de ratificación –ése que Hollande quiere renegociar y que mejor habría que llamar “pacto presupuestario”– prohíbe a los Estados de la UE los déficit estructurales. Para asegurar su cumplimiento, le otorga a la Comisión Europea una función de vigilancia que, en la práctica, viene a ser un derecho de veto sobre los presupuestos estatales. Pues bien, ¿son estos nuevos poderes de la Comisión meramente “técnicos” o deberíamos reconocer que tienen un calado indiscutiblemente político? Si a un poder eminentemente técnico le ha correspondido, hasta hoy, una legitimidad indirecta, ¿un poder fundamentalmente político, no debería ir aparejado a una legitimidad directa? Y en democracia –no nos fuéramos a despistar– la legitimidad directa solo puede provenir del sufragio universal.
Para acabarlo de arreglar, las políticas fiscales siguen siendo de competencia nacional, lo cual, contra lo que parece, no es una garantía de soberanía fiscal sino todo lo contrario: una puerta abierta a que tu política fiscal dependa de la que hace tu vecino. La UE ha optado por coordinar los gastos, pero no los ingresos, al menos de momento: mala fórmula. Los gobiernos nacionales no deberían haber aceptado de ningún modo el corsé presupuestario sin avanzar simultáneamente en la armonización fiscal: solo deberían comprometerse a no gastar más de lo que ingresan si tienen un mínimo control sobre lo que ingresan.
Pero, de aceptarse una verdadera integración fiscal, ¿quién debería decidir sobre esta hipotética política fiscal común? ¿Qué institución tiene hoy en la UE suficiente legitimidad para hacerlo, si no nos olvidamos de la vieja proclama de la revolución norteamericana según la cual “no taxation without representation”?
Hoy, como la Comisión no puede ejercer de verdadero gobierno económico europeo –porque, repetimos, no dispone de suficiente legitimidad para ello– es el Consejo Europeo quien lo intenta. Pero allí unos mandan más que otros: Alemania hace las veces de “gobierno económico de todos”, aunque, lógicamente, lo hace pensando básicamente en Alemania, más que en los intereses de la UE en su conjunto.
Añadamos a todo esto que hoy la respuesta de la política ante los mercados financieros, tan dados al efecto contagio y a las dinámicas especulativas, requiere de una capacidad de reacción si no inmediata si muy veloz. Y la regla de la unanimidad que rige en muchos asuntos en el Consejo Europeo impide demasiado a menudo actuar con la diligencia requerida por parte de los gobiernos. Si poner de acuerdo a todos exige un tiempo del que, cuando arrecian las crisis financieras, no se puede disponer, entonces alguien tendría que decidir con suficiente celeridad aunque no se haya fraguado un consenso. Pero, de nuevo, acecha la misma pregunta: ¿Quién tiene hoy la legitimidad para decidir por encima de la voluntad de los Estados miembros?
Estas razones –y no son todas– justifican el título que encabeza estas líneas: el tránsito de una UE confederal como la que tenemos hoy a una UE federal ha dejado de ser ya el sueño más o menos bienintencionado de algunos europeístas, para convertirse en una necesidad perentoria si queremos que la Unión –y hasta el euro mismo– sigan adelante. Una Europa federal que, aproximadamente, quiere decir lo que sigue:
1. Que la Comisión devenga un verdadero gobierno europeo, elegido democráticamente por los ciudadanos de la Unión, ya sea por medio de un sistema presidencialista o, casi mejor, de un sistema parlamentario –como el que rige hoy en España, Italia o Alemania, por poner algunos ejemplos. Y que, por lo tanto, este órgano –una vez disponga de legitimidad democrática directa– concentre todo el poder ejecutivo, que hoy comparte con el Consejo Europeo.
2. Que el Consejo Europeo renuncie a todos sus poderes ejecutivos y se convierta en una Cámara legislativa: una Cámara Alta o Senado, entendida como una cámara de representación territorial –un poco a la manera del Bundesrat alemán-. Este Senado de los Estados co-legislaría junto al Parlamento europeo.
3. Que el Parlamento adquiera plenas funciones legislativas, es decir, que su intervención sea determinante para la probación de las leyes que rigen el conjunto de la UE. Para ello, necesitamos partidos europeos, elecciones al Parlamento verdaderamente transnacionales, con listas electorales paneuropeas, lideradas por candidatos comunes, que optarían –siguiendo la lógica de los regímenes parlamentarios– a la presidencia de la Comisión.
Este es el cambio fundamental que, a nuestro parecer, Europa necesita para mucho antes del año 2051. Luego hay otros capítulos de trascendental importancia: cómo debería y podría ser la Unión en lo que concierne a la organización de su plurinacionalidad y pluriculturalidad interna: la Europa federal será plurinacional o no será; en su política exterior y de defensa: como agente de paz internacional; su papel en los organismos económicos y sociales internacionales: como agente de cooperación y de gobernanza de la economía global; y en la esfera ambiental: como vanguardia en el desarrollo de las energías renovables. Capítulos, todos ellos, sobre los que discurriremos en el futuro.
1 de junio de 2012
Ha llegado el momento de alzarse
Por Federico Mayor Zaragoza
Mucho antes de 2051 la Europa que anhelamos será realidad.
Estamos en 2012, en el inicio de una década que cambiará a Europa, que cambiará al mundo entero, este mundo que hasta ahora ha pertenecido siempre a unos cuantos, un mundo que ha vivido una historia ensangrentada donde sus habitantes, en su inmensa mayoría, nacían, vivían y morían temerosos, anónimos, confinados en un espacio territorial e intelectual limitado. Siglos y siglos de poder absoluto de unos pocos hombres que han seguido sin excepción el perverso adagio de “si quieres la paz, prepara la guerra”. Siglos y siglos de guerras, de confrontaciones en las que millones de víctimas no contaban más que como parte de la fuerza en la que se basaba la gobernación de los pueblos.
De vez en cuando, sobre todo en Europa, salían voces de conciliación, de consideración de las características distintivas de la especie humana, voces de concordia, de armonía: Cristo, que echó a los mercaderes del Templo y ofreció su propia vida; Buda, Confucio. Todos ellos pretendían poner de manifiesto las cualidades inverosímiles que caracterizan a cada ser humano.
Pero pronto la voz de los más poderosos establecía el “orden” basado en el temor.
Europa cambiará radicalmente en los próximos años. Iniciará el cambio, como corresponde, por la justicia. Por la igual consideración de la dignidad de todos los seres humanos. Por la apreciación y respeto generalizado de los “principios democráticos” que tan bien estableció la Constitución de la Unesco. No hay paz sin justicia. La transición a la cultura de paz –“Nosotros, los pueblos hemos resuelto evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras”– implica situar en el centro de nuestro comportamiento cotidiano los “ideales democráticos” que de manera tan clarividente estableció la Unesco en momentos de tanta tensión humana al término de la segunda gran guerra.
Se promovió el desarrollo, compartir, respetar a cualquier persona, sea cual fuera su género, etnia, creencia, ideología. Pero luego, la codicia, las ambiciones sin fin, unidas a la irresponsabilidad de muchos líderes, en su mayoría mediocres, no permitió aprovechar la gran oportunidad que representaba, a finales de la década de los 80, el término de la “guerra fría”. Era una oportunidad excepcional. Todos esperábamos los “dividendos de la paz”. Circunstancias tan favorables como el hundimiento, sin una sola gota de sangre, del Imperio soviético, y la finalización del apartheid racial en Sudáfrica; y el fin de la guerra civil de Mozambique, y de El Salvador; y el inicio del proceso de paz en Guatemala no fueron debidamente aprovechadas. Una vez más, las ambiciones hegemónicas no supieron reconocer lo que hubiera podido ser una auténtica inflexión histórica.
Con gran rapidez, como si el resto del mundo no existiera, los líderes de Estados Unidos y el Reino Unido sustituyeron los valores éticos por los valores del mercado, y a las Naciones Unidas por pequeños grupos de los países más ricos. Sustituyeron la democracia por la plutocracia y desoyeron las recomendaciones que seguían emitiendo la Asamblea General de Naciones Unidas y otras instituciones del sistema: la imperiosa necesidad de educación para todos a lo largo de toda la vida (1990); el medio ambiente (1992); los compromisos para el desarrollo social, el papel central de la mujer, y la tolerancia (1995); la Declaración y Plan de Acción sobre una Cultura de Paz (1999); los objetivos del milenio (año 2000), la Carta de la Tierra, etc.
El dinero lo invadió todo, lo ocultó todo, hasta las responsabilidades intergeneracionales. ¡La debacle occidental ha llegado a tal grado que en la Unión Europea el acoso de los mercados no solo ha hecho cambiar los programas de gobiernos democráticos sino que ha designado sin urnas ni comicios electorales a los gobiernos de Grecia, cuna de la democracia, y de Italia!
Sin orden ni concierto, de rodillas ante “el gran dominio” del otro lado del Atlántico, la Europa de hoy solo ha aprendido a recortar sin crecer, a fijarse fechas límites para reducir sus déficits y ajustar sus cuentas mientras siguen sin disponer de un sistema de seguridad autónomo, sin poner a la OTAN en el sitio que le corresponde, evitando los inmensos gastos militares que la Alianza conlleva; sin ser capaz de establecer una federación fiscal y económica; y una justicia que sea capaz de resolver con rapidez las cuestiones que le correspondan, y eliminando de un plumazo la antidemocrática necesidad de unanimidad para la adopción de acuerdos de la Unión.
Los ultras –los extremistas del Estado-nación– se multiplican y muestran siniestros rasgos de xenofobia. Europa será pronto símbolo de convivencia y de progreso. Porque, y esto es lo importante, por primera vez son ahora los pueblos los que participan, los que dejan de ser súbditos y pasan a ser ciudadanos plenos.
En muy pocos años, Europa presentará a la aprobación de la Asamblea General de unas Naciones Unidas refundadas un nuevo diseño institucional. Y Europa, la Europa a la deriva actual, superará los problemas que hoy padece gracias a más y mejor democracia y se convertirá en el gran defensor del pluralismo y de la justicia social.
En pocos años, en lugar de explotar, Europa cooperará con los países “vecinos”; Turquía, Rusia y el Magreb serán grandes aliados y mantendrá unas relaciones cordiales y efectivas con América Latina y África. Será un mundo muy distinto del actual en el cual las asociaciones regionales tendrán un singular relieve. Los Estados-paraísos fiscales desaparecerán. Sin estridencias, la vergüenza que hoy representan llegará a su fin.
Sí, después de siglos de poder absoluto masculino y de habitantes de la Tierra atemorizados, se ha iniciado ya un tiempo nuevo en que todos participarán, se expresarán, se conocerán, respetarán a las instituciones de gobernación que habrán puesto en pie.
Europa será ya una gran democracia dentro de pocos años. Elaborará la Declaración Universal de la Democracia y constituirá una de las piezas angulares de la nueva era de “ciudadanos conscientes”. En diez años, Europa figurará en la vanguardia de los grandes protagonistas del “nuevo comienzo”. El mundo irá pasando progresivamente, sencillamente, de la fuerza a la palabra.
Mucho antes de 2051 la Europa que anhelamos será realidad.
Estamos en 2012, en el inicio de una década que cambiará a Europa, que cambiará al mundo entero, este mundo que hasta ahora ha pertenecido siempre a unos cuantos, un mundo que ha vivido una historia ensangrentada donde sus habitantes, en su inmensa mayoría, nacían, vivían y morían temerosos, anónimos, confinados en un espacio territorial e intelectual limitado. Siglos y siglos de poder absoluto de unos pocos hombres que han seguido sin excepción el perverso adagio de “si quieres la paz, prepara la guerra”. Siglos y siglos de guerras, de confrontaciones en las que millones de víctimas no contaban más que como parte de la fuerza en la que se basaba la gobernación de los pueblos.
De vez en cuando, sobre todo en Europa, salían voces de conciliación, de consideración de las características distintivas de la especie humana, voces de concordia, de armonía: Cristo, que echó a los mercaderes del Templo y ofreció su propia vida; Buda, Confucio. Todos ellos pretendían poner de manifiesto las cualidades inverosímiles que caracterizan a cada ser humano.
Pero pronto la voz de los más poderosos establecía el “orden” basado en el temor.
Europa cambiará radicalmente en los próximos años. Iniciará el cambio, como corresponde, por la justicia. Por la igual consideración de la dignidad de todos los seres humanos. Por la apreciación y respeto generalizado de los “principios democráticos” que tan bien estableció la Constitución de la Unesco. No hay paz sin justicia. La transición a la cultura de paz –“Nosotros, los pueblos hemos resuelto evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras”– implica situar en el centro de nuestro comportamiento cotidiano los “ideales democráticos” que de manera tan clarividente estableció la Unesco en momentos de tanta tensión humana al término de la segunda gran guerra.
Se promovió el desarrollo, compartir, respetar a cualquier persona, sea cual fuera su género, etnia, creencia, ideología. Pero luego, la codicia, las ambiciones sin fin, unidas a la irresponsabilidad de muchos líderes, en su mayoría mediocres, no permitió aprovechar la gran oportunidad que representaba, a finales de la década de los 80, el término de la “guerra fría”. Era una oportunidad excepcional. Todos esperábamos los “dividendos de la paz”. Circunstancias tan favorables como el hundimiento, sin una sola gota de sangre, del Imperio soviético, y la finalización del apartheid racial en Sudáfrica; y el fin de la guerra civil de Mozambique, y de El Salvador; y el inicio del proceso de paz en Guatemala no fueron debidamente aprovechadas. Una vez más, las ambiciones hegemónicas no supieron reconocer lo que hubiera podido ser una auténtica inflexión histórica.
Con gran rapidez, como si el resto del mundo no existiera, los líderes de Estados Unidos y el Reino Unido sustituyeron los valores éticos por los valores del mercado, y a las Naciones Unidas por pequeños grupos de los países más ricos. Sustituyeron la democracia por la plutocracia y desoyeron las recomendaciones que seguían emitiendo la Asamblea General de Naciones Unidas y otras instituciones del sistema: la imperiosa necesidad de educación para todos a lo largo de toda la vida (1990); el medio ambiente (1992); los compromisos para el desarrollo social, el papel central de la mujer, y la tolerancia (1995); la Declaración y Plan de Acción sobre una Cultura de Paz (1999); los objetivos del milenio (año 2000), la Carta de la Tierra, etc.
El dinero lo invadió todo, lo ocultó todo, hasta las responsabilidades intergeneracionales. ¡La debacle occidental ha llegado a tal grado que en la Unión Europea el acoso de los mercados no solo ha hecho cambiar los programas de gobiernos democráticos sino que ha designado sin urnas ni comicios electorales a los gobiernos de Grecia, cuna de la democracia, y de Italia!
Sin orden ni concierto, de rodillas ante “el gran dominio” del otro lado del Atlántico, la Europa de hoy solo ha aprendido a recortar sin crecer, a fijarse fechas límites para reducir sus déficits y ajustar sus cuentas mientras siguen sin disponer de un sistema de seguridad autónomo, sin poner a la OTAN en el sitio que le corresponde, evitando los inmensos gastos militares que la Alianza conlleva; sin ser capaz de establecer una federación fiscal y económica; y una justicia que sea capaz de resolver con rapidez las cuestiones que le correspondan, y eliminando de un plumazo la antidemocrática necesidad de unanimidad para la adopción de acuerdos de la Unión.
Los ultras –los extremistas del Estado-nación– se multiplican y muestran siniestros rasgos de xenofobia. Europa será pronto símbolo de convivencia y de progreso. Porque, y esto es lo importante, por primera vez son ahora los pueblos los que participan, los que dejan de ser súbditos y pasan a ser ciudadanos plenos.
En muy pocos años, Europa presentará a la aprobación de la Asamblea General de unas Naciones Unidas refundadas un nuevo diseño institucional. Y Europa, la Europa a la deriva actual, superará los problemas que hoy padece gracias a más y mejor democracia y se convertirá en el gran defensor del pluralismo y de la justicia social.
En pocos años, en lugar de explotar, Europa cooperará con los países “vecinos”; Turquía, Rusia y el Magreb serán grandes aliados y mantendrá unas relaciones cordiales y efectivas con América Latina y África. Será un mundo muy distinto del actual en el cual las asociaciones regionales tendrán un singular relieve. Los Estados-paraísos fiscales desaparecerán. Sin estridencias, la vergüenza que hoy representan llegará a su fin.
Sí, después de siglos de poder absoluto masculino y de habitantes de la Tierra atemorizados, se ha iniciado ya un tiempo nuevo en que todos participarán, se expresarán, se conocerán, respetarán a las instituciones de gobernación que habrán puesto en pie.
Europa será ya una gran democracia dentro de pocos años. Elaborará la Declaración Universal de la Democracia y constituirá una de las piezas angulares de la nueva era de “ciudadanos conscientes”. En diez años, Europa figurará en la vanguardia de los grandes protagonistas del “nuevo comienzo”. El mundo irá pasando progresivamente, sencillamente, de la fuerza a la palabra.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






